Terminó una nueva edición del Festival Nacional del Folclore

Un escenario para disfrutar, pensar y celebrar
lunes, 04 de febrero de 2019 · 08:42

Por Pao De Senzi

(Especial para El Diario)

Fotos: Paul Amiune

Cosquín.- Se va otro festival de Cosquín y como siempre, deja una estela de opiniones encontradas, que seguramente se irán diluyendo durante la semana posterior al final de fiesta. Sin embargo, Cosquín siempre nos deja un sabor dulce. Es imposible decir que el festival no arrojó momentos inolvidables y también hay que aceptar que hubo otros que no lo fueron por la gran cantidad de cosas que pasan sobre su escenario.

Cosquín siempre deja huella. Es por eso, que vale la pena hoy, a horas del cierre de la novena luna, mencionar algunos momentos destacados del encuentro folclórico más importante, que en un año cumplirá seis décadas.

A nueve días de la primera luna, parece lejana la emoción que se dio con el homenaje a Mercedes Sosa, con un desfile de artistas que fueron cercanos a La Negra, y otros que hoy estarían cerca de su figura. Es el caso de La Bruja Salguero, Nadia Larcher, Nahuel Pennisi y José Luis Aguirre. Otro momento destacado de aquella primera luna, fue la expectativa que generó la delegación de Santa Fe con La Trova Rosarina que integraron Jorge Fandermole, Rubén Goldín, Fabián Gallardo, Adrián Abonizio, Silvina Garré y Juan Carlos Baglietto.

El dúo Miguens - Barboza en la tercera luna, dejó un entrañable recuerdo y también dio cuenta de la poca participación de esa región en el festival, más allá de las delegaciones; Nahuel Pennisi, nuevamente emocionó con su presentación y esa voz que sale de su interior, y llega a lo más profundo de cada persona que lo escucha. En su paso por el escenario, recorrió la obra de Yupanqui, que le dio pie y seguridad para cantar sus propias canciones y dejar a la plaza de pie, ovacionándolo.

La renovación del folklore viene con fundamento

José Luis Aguirre, La Bruja Salguero, Milena Salamanca, Flor Castro, Josho González, Nano Stern, Raly, Nadia Larcher (este año en su participación en el homenaje a Mercedes, aunque merecía su propio espacio en la grilla), cantores con compromiso, talentosos, que este año fueron menos en Cosquín, pero que llegaron con la misma fuerza artística y claridad en sus discursos, para refutar aquello de que “el folklore está en baja”. Así, el canto y la palabra llegaron de la mano de ellos, quienes sugirieron, anunciaron, reclamaron y hablaron del momento del país, de las cuestiones de género sobre un escenario que, por su esencia (y fundamentalmente por quien le da nombre) debería cobijar cada uno de esos reclamos de manera natural en boca de todos los artistas que lo pisan.

En las palabras de Raly Barrionuevo, se vislumbró el origen y esencia del festival. “Esto es el encuentro, esto es Cosquin”. Lo anunció en una comunión no sólo musical, sino también humana, de cuerpos abrazados y voces que se unieron en su noche.

Los homenajes, a Zitto Segovia y Jorge Marziali, tan necesarios como sus figuras, fueron parte de la necesidad del festival de saldar deudas pero también, de plantear algo que Cosquín debería tener en cuenta siempre: los artistas que alimentan el festival están más allá de la taquilla y las grandiosas

puestas en escena. Esto también incluye a los poetas que se cantaron cada noche: las obras de Ramiro González, por caso, ausente este año en la grilla, pero presente en las voces de sus colegas. Y hablando de repertorios, algo que sólo se vivió de la mano de artistas como Chango Spasiuk, José Luis Aguirre, o Coplanacu y Los Carabajal, que demostraron que entregando sus nuevas obras y no repitiendo fórmulas efectivas, el público también responde.

Cabe destacar una decisión de los programadores de poner en el cierre a un artista fuerte para dejar la plaza en alto hasta entrada la madrugada. Es notable como Soledad, Peteco Carabajal, Orellana Lucca, Raly Barrionuevo, Sergio Galleguillo, Abel Pintos, el Indio Lucio Rojas, y el Chaqueño Palavecino, tuvieron la compañía de gran cantidad de público en una plaza que – recordamos- hace años que no se ve completa entrada la madrugada.

Una vez, más Cosquín se destacó por la prolijidad y el orden de sus grillas, y ya parece lejana aquella época en que se terminaba de cantar a las 7 de mañana, Eso es un gran punto a favor de una comisión que si bien en esta edición dejó de lado un abanico de artistas independientes que merecían estar sobre el escenario apostando a lo seguro, juega perfectamente con los tiempos para que tanto público como artistas tengan el espacio necesario para mostrar lo suyo

El escenario en donde se plantea todo

Es indiscutible que las cuestiones de género y las cuestiones políticas en mayor o menor medida atravesaron las nueve lunas. Es inútil afirmar que un escenario que lleva el nombre de Atahualpa Yupanqui debe evitar plantear cuestiones latentes, como por ejemplo, la situación económica del país que repercute inmediatamente en la cultura, el número de artistas femeninas, o los casos de violencia de género que involucra a músicos que están sobre el escenario. Casi todas las mujeres que subieron al escenario plantearon el tema del bajo porcentaje de cantoras y músicas que tuvo el festival. Sin embargo, falta muchísimo para que el debate quede instalado. Toda una generación de músicos aún cree que hay pocas damas sobre el escenario, porque “hay escasez de cantoras”, y “porque están más abocadas a los quehaceres domésticos”, (según declaró un músico cordobés)

Pasó otra edición de Cosquín, sobre el filo de los 60 años del festival. Ahora será tiempo de hacer balance, y esperar conocer el destino de una comisión que estará atenta a los cambios políticos que ocurrirán en el mes de abril con las elecciones a intendente. En el 2020, el festival cumplirá seis décadas, y ahí sabremos si durante los últimos años se logró acomodar las fichas para que el próximo año Cosquín cante nuevamente, pero un poco más fuerte.

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