¿Camino a la Santidad?

El Gauchito Gil, el más venerado y menos conocido

domingo, 06 de enero de 2019 · 10:39

Por Pedro Jorge Solans

(Extracto del libro "Los milagros del Gauchito Gil. Editorial Corprens)

 

Todos los días 8 de enero, una multitud peregrina hacia el santuario del Gauchito Gil ubicado en la ciudad correntina de Mercedes. Se estima que  más de tres millones de argentinos veneran  al gaucho Antonio Gil; y en casi todas las rutas del país flamean las banderas rojas en ermitas que lucen todos los aditamentos de la simbología de la fe popular. Sin embargo, pocos conocen la historia de quien fuera Antonio Mamerto “Curuzú” Gil Núñez. 

 

Una cumbia infernal se propagaba por la Ruta Nacional 123 y envolvía a los camiones confundiéndose con sus bocinazos. Apenas ingresé al santuario me atajó el Carau (pájaro de una leyenda guaranítica).  

El chamamé “maseta” sonaba tan profundamente que parecía salir de algún corazón promesero. Allí quedé suspendido en el aire; entregado a la emoción.

 ¡Era increíble! Si me movía para un lado, la cumbia erizaba mi piel; y si me iba para el otro lado,  bailaba y lloraba abrazado al carau. Era muy fuerte la presencia de la cruz Gil.

Anochecía en la ciudad de Mercedes, en plena provincia de Corrientes, y un “rojo gaucho”  iluminaba el camino desde un cielo protector.

Ya no estaba el sol que durante todo el santo día 8 de enero  había abrazado la fe, había acalorado a miles y miles de promeseros, devotos,  incrédulos y oportunistas desafiantes. Sólo estaba él, extendido en rojo justicia, en rojo amor, con su piel cobriza y mirada penetrante. ¡Estaba presente! Yo lo vi en una cinta; y también lo vieron en una estampita, y bailando, y comiendo, y caminando al lado de sus hermanos para ayudarlos y protegerlos.

El rojo sangre, el rojo federal, el rojo fuego había salido del vientre de Encarnación Núñez, junto a él en un parto normal. Fue el lunes 6 de Enero de 1845, pero recién el jueves 12 de Agosto de 1847, el Espíritu Santo, lo encontró en el paraje Pay Ubré.

Ya era Antonio Mamerto Gil Núñez cuando en el rancho de su padre, Antonio Blas Gil, se bailó hasta el amanecer.

Desde temprano fue seducido por las enseñanzas del monte y de los animales, y siempre intuyó el significado que tenía la mujer que le había dado vida. Tenía 7 años, y jugaba cerca de su madre cuando amamantaba a uno de sus hermanos. De pronto vio como un puma se lanzaba al ataque. Antonio no dudó. Corrió hasta el brasero, sacó un palo encendido y enfrentó al animal cebado, salvando la vida de su madre y de los niños.  Antonio pasó su niñez y su adolescencia entre Paso de los Libres, Mercedes y Goya.

A los 18 años empezó a foguearse como miliciano y cuando su jefe, el Coronel Juan de la Cruz Salazar se asimiló al Ejército Nacional organizado por Bartolomé Mitre para pelear en la guerra de la Triple Alianza, el miliciano Antonio, apodado Curuzú por el crucifijo que llevaba, desertó junto al brasilero Xico Goncalves y Ramón Pedernera por sentirse contrariado en su espíritu al tener que pelear contra sus hermanos. Le había aparecido Ñandeyara, dios guaraní, y le había dicho mientras dormía que no había razones para pelear ni agravio que vengar, tras lo cual decidió tomar sus cosas (y no otras) y salir al monte caminando, acompañado por Goncalvez y Pedernera que al escuchar lo que él decía del mensaje divino decidieron seguirlo.

Apenas acamparon las tropas de Zalazar en Los Palmares, los tres ganaron el monte y desconocieron los alambrados, pensaban como los pueblos originarios. A los animales había que matarlos sólo para comer, como lo hacían en otros tiempos, con los guazunchos, las martinetas, las perdices. Ahora era época del ganado. No entendían el delito de abigeato, y menos, que lo llamaran cuatrero.

Sus andanzas dieron riendas sueltas a su fama de santón. El Curuzú Gil era un gaucho alzado que aparecía para curar a quién necesitara.

Una mañana Goncalvez decidió marcharse para Uruguayana y Pedernera quiso probar suerte cruzando el río Paraná, entonces Antonio Gil no miró para atrás y al trote salió hacia elcampamento de su ex jefe militar. No iba triste ni resignado, se enfilaba como hacia su destino. Miraba el horizonte en silencio, y al llegar, preguntó por el coronel.   Zalazar no esperó al soldado que lo anoticie que lo buscaba un gaucho. Lo conoció desde lejos, se levantó y fue hacia él:

-¿Qué ande pasando?

-Tengo experiencia. Respondió Antonio

Zalazar sabía de su coraje. Lo había distinguido por su arrojo y su valentía, antes que desertara en Los Palmares.

-¿Por qué desertaste Gil en Los Palmares? Preguntó el coronel mirándolo de costado.

-Para que te voy a peleá y derramá sangre de hermano, si no tengo ningún agravio que vengar…

Zalazar se vio desobedecido y no le gustó la rebeldía del gaucho, y le dijo:

-So un cobarde, malhechor.

E inmediatamente ordenó a cuatro soldados que lo maniataran y lo lleven preso por desertor a Mercedes, y que en Mercedes dispongan su traslado a Goya para ser enjuiciado.

Los cuatro soldados encargados de la detención y traslado de Antonio eran ex compañeros y amigos de la zona.

La llegada de Curuzú Gil  a Mercedes en calidad de detenido sorprendió a los vecinos, y los comentarios en los almacenes no eran halagüeños para el gaucho. La mayoría de los presos que eran trasladados a Goya terminaban muertos en el camino, y sus custodios alegaban que “al intentar escapar el preso, se había producido un tiroteo en donde caía muerto el cautivo.”

La noticia corrió como reguero de pólvora en Pay Ubre. La joven Encarnación Peñalba contó en la casa del respetado veterano Eleodoro Velázquez, quien nunca pudo tener grado de coronel por no saber hablar español. Velázquez tenía un aprecio profundo por Antonio, y creyó que un hombre probo sin malos antecedentes y con condiciones extraordinarias no debía estar preso y mucho menos enviado a Goya. Se apersonó en el campamento de Zalazar, y pidió por su libertad:

-Coronel Zalazar, cheraá, Antonio Gil eh persona de Bien, y jamá se le conoció delincuencia.

Zalazar respetaba a Velázquez, y le respondió:

-Que si era cierto todo lo que decí;  traéme 20 firmas de personas conocidas en el pago de Mercedes que pidan por la libertad de Antonio Gil, y te doy mi palabra, che coronel, que lo dejo en libertad junto con el perdón.

-Te voy a traé Zalazar quedate tranquilo nomá.

Se saludaron y Velázquez salió a juntar  las firmas que respaldasen sus palabras y lograran la libertad del gaucho.

El Coronel sin grado, en persona, pidió la firma a cada uno de los vecinos de Pay Ubre, y al tercer día, volvió al campamento con 30 firmas. Zalazar, leyó cada una, y se sorprendía de  los vecinos que pedían por la libertad de Gil. Bajó la cabeza, se dio vuelta, ordenó que le traigan un papel y redactó una nota en donde da la orden de dejar en libertad a Antonio Gil.

La orden de Zalazar fue remitida a Mercedes, pero ya había partido el pelotón que trasladaba a Goya al gaucho cautivo.

 

El primer milagro 

 

Habían recorrido cerca de 8 kilómetros, al Norte de Mercedes, ese 8 de enero de 1878, cuando el jefe del pelotón, el sargento José Reckaman ordenó hacer un alto para descansar los caballos. Los soldados que acompañaban al sargento enfilaron hacia el Cruce de las Picadas que era un descampado bastante conocido por los gauchos.

Antonio Gil sabía de su suerte, y se adelantó a Reckaman:

-No me maten porque la orden de mi perdón está en camino.

El sargento se dio vuelta, lo miró, y le respondió:

-¿Vo te creé que te va a salvá..? De esta no te salva nadie.

-No… vo me está por degollá, sargento, pero te digo nomá, cuando vuelté y llegué esta noche misma a Mercede, te va a encontrar con la orden de mi perdón y te va a informar que tu hijo se está muriendo de una mala enfermedad. Así nomá te digo sargento. Pero como está por derramá sangre inocente invocame nomá, sargento, para que yo interceda ante Nuestro Señor, Dios che ra´a (mi amigopor la vida de tu hijo; porque sabido eh, sabido eh, que la sangre de un inocente suele servir para los milagros.

El sargento se burló de Antonio Gil, y se reía junto a los soldados que esperaban sentados bajo un ñandubay.

-¡Callate gaucho cobarde. Te asusta la muerte, desacatado!  Está hablando para no temblar, y te queré salvar; aunque sea hablando de Dió.

Se alejó el sargento del gaucho y miró el ñandubay que hería el cielo. Le pareció ver una grieta roja como si fuera un pañuelo suspendido.

-Che, habrá que degollarlo a éste. Le dijo a los tres soldados que seguían sentados.

Se levantó uno que estaba nervioso y le respondió a Reckaman:

-Bueno, si hay que hacerlo, lo hagamos ya, para volver temprano sargento.

Sorprendido Reckamann no contestó dando libre acción. El decidido se acercó al gaucho maniatado y le sacó el facón.

-Con éste, -le mostró su propio facón- te voy a degollá por desacatado.

El gaucho lo miró misericordiosamente, pero se mantuvo serio. Y le dijo:

-Para vo, nada va a hacé igual.

-Así que vo so curandero y me queré asustá, viborón sin veneno. Le gritó el soldado que sintió la sentencia de Gil.

El griterío llamó a los otros soldados que de un salto se levantaron y casi corrieron hasta el gaucho. Ahí nomá lo dieron vuelta, y lo arrastraron cara al suelo. El gaucho tragó su tierra pero no mordió el polvo. Lo arrastraron con furia hasta el ñandubay. Lo alzaron y colgaron de una rama, y el soldado nervioso, fuera de sí, lo degolló sin más palabras y con los ojos cerrados.

El sargento se hacía el distraído y acomodaba su caballo. Después del asesinato del gaucho hubo un silencio enrarecido. Los soldados acomodaron sus pertenencias y sin mirarse emprendieron el regreso como si hubieran escuchado la orden de regresar. El sargento lideraba la vuelta que no era como otras. Ésta parecía cargar una pesada pena.

El calor aflojaba. Quisieron tomar unas huellas, -que la llamaban huellas de Baltasar, -referido al rey mago- pero los caballos se asustaron y debieron regresar por la aguada.

El negro Baltasar no quiso que usaran sus huellas porque no eran dignos de su magia y el cielo les hizo saber.

Llegaron de noche a Mercedes. Fue un 8 de enero distinto. Reckaman fue recibido por la noticia que le anticipara Antonio Gil. E inmediatamente, lo anoticiaron que su hijo se estaba muriendo. Pidió permiso a su superior, y las 8 leguas que separaban su rancho del cuartel las cabalgó en llamas, con el corazón en la boca, sudando frío y sintiendo en carne propia elinfierno.

Desde la tranquera del vecino empezó a percibir lo que se vivía en su casa. Desolador. Su mujer entre lágrimas y con rostro de resignación, le dijo:

- La muerte ronda por tu hijo José, la fiebre no le afloja.

Él entró y lo vio en posición fetal. La mujer le explicó que el médico de Mercedes había dicho entre los presentes que había que esperar lo peor. Estuvo anoche, vino con la comadre.

El sargento cerró los ojos, salió de la casa, y se le apareció la imagen: El gaucho Antonio Gil diciéndole lo que estaba viviendo. Con lágrimas en los ojos, se arrodilló y le pidió al gaucho que interceda ante Dios:

-Te pido gaucho che ra´a que hable con Dio por mi hijo.

 La mujer que salió detrás de él no entendía nada, y quedó helada al ver a su marido tan creyente, arrodillado, en posición de rezo. Creía que se había vuelto loco por ver a su hijo agonizando. Y escuchó:

-Gaucho, Antonio Gil, te pido perdón, che ra´a por no saber lo que estaba haciendo en ese momento, sólo yo hice lo que acostumbraba un buen soldado. Yo no te condené Antonio Gil y hoy no me canso de pedirte perdón.

Hubo un silencio luminoso.

Se levantó despacio Reckaman y entró de nuevo a la casa, se agarró de su mujer, y toda la noche estuvieron al lado de José.

Cuando empezó a clarear, el alba se anticipó con varios rayos rojos, y Josecito amagó con abrir los ojos. No había tanta sed, y la temperatura  aflojaba. El milagro estaba en el hijo del sargento.

A media mañana, Josecito estaba recuperado y quería levantarse, y su padre volvió a ver un pañuelo rojo suspendido de una nube. El gaucho se estaba yendo.

La familia Reckaman sentía la alegría redentora que había surgido un día antes, el 8 de enero, con la muerte injusta de Antonio Gil.

En un estado de emoción que no cabía en su geografía humana, y con lágrimas en su rostro, Reckaman decidió caminar hasta donde mataron al gaucho. Llevaba dos machetes. Llegó sin cansarse, arrancó unas ramas del ñandubay donde lo habían colgado  y se puso a construir con sus propias manos una cruz.

Al tercer día del degüelllo de Gil, el 11 de enero, el sargento clavó su cruz, la primera cruz del gaucho Gil, Curuzú Gil, y le volvió a pedir perdón y a darle nuevamente las gracias por haber salvado a su hijo.     

En ese mismo lugar empezaron a suceder los milagros atribuidos al Gaucho vestido de rojo, amante de la libertad y de la vida, orgulloso de su estirpe y su tierra, estandarte del gauchaje, asesinado injustamente, rebelde pero misericordioso, pluricultural que encarnó la la máxima expresión de la fe.

Los pedidos se acumularon y las bendiciones y milagros comenzaron a llegar, y sus promeseros fueron sus predicadores y quienes llevaron su Buena Nueva por los caminos del país.

No hay ninguna ruta argentina que carezca de un tributo al gauchito Gil como se lo conoce.

Desde su cuna mercedina hasta la ciudad de Córdoba se contaron más de trescientas ermitas populares rojas profundas, y Su Mercedes natal ha dejado de ser su único lugar de reunión, porque él está donde se lo recuerda, donde se le agradece o se le pide, y donde figure su nombre y flameen atuendos rojos será su casa y desde cada sitio su fe seguirá hermanando un culto sin fronteras.
Cuando Reckaman clavó su cruz en el lugar donde murió, comenzó la “Santificación Popular” del Gaucho Antonio Gil, y fue por voluntad y decisión del pueblo, el elegido para depositar la confianza que lo redimió y lo hizo intercesor de las almas ante el Altísimo.

La devoción al Gauchito perdura  y sus milagros crecen en forma exponencial. Tras un agradecimiento, hubo un favor concedido, tras un agradecimiento, se renueva un pedido.

 

 

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