Aldo Parfeniuk

"En este lago andan navegando y soñando las cenizas de mi hija"

lunes, 04 de noviembre de 2019 · 21:13

Por Aldo Parfeniuk

(En ocasión de recibir la Medalla del Centenario)

Fotografías: Luis Hernán López

                                         

En ocasiones como esta me pongo a pensar qué significa ser del lugar en el cual nací y pasé toda mi vida.

Aquí nací y aquí están enterrados mis mejores huesos: los de mi madre, mi padre, mis hermana/os y amigos más queridos… En este río y este lago deben andar navegando y soñando las cenizas de mi hija, que tanto lo amaba.

Por más que uno ande dando vueltas por distintos lugares, sé que terminaré mis días al pie del cerro donde también pasé mis mejores días infantiles, jugando entre la basura del viejo basural que trocó en cementerio:  en esa otra manera, humanizada, de ser un destino final. Hoy, entre ustedes, recuerdo cómo de ahí, sin embargo, salía vida nueva, sabrosa y nutritiva: las más fragantes uvitas del campo, los mejores tomates, los más perfumados melones y sandías los encontré con mis compañeros de entonces en aquél basural que con el tiempo Don Juan García convirtió en el cementerio que se inauguró con un finado que hubo que pedir prestado a Tanti…

Pero lo que quiero decirles es que yo fui un chico silvestre, raza viento, adherido a la tierra del monte y de la montaña, al barro de la lagunita del Barrio Obrero: uno y el mismo con las piedras del  San Antonio de las mejores aventuras en las siestas de iguanas y de chelcos, y de ardientes piquillinales… 

Quiero decirles, entonces, que sé muy bien lo que es ser arbolito del lugar, planta de aquí,  yuyo nativo, de la zona: de esos que nos bancamos las sequías, las peores heladas, los vientos cruzados, los largos ayunos… A veces casi como que desaparecemos de la superficie, y muchos creen que  no estamos más. Pero resulta que después volvemos, siempre volvemos: no nos vamos –por ejemplo- si una temporada vino floja, si la situación se pone fea, si merma el turismo, o si ya no conviene invertir en Carlos Paz  y se está mejor en otro lado.  Somos de aquí: en temporada y fuera de temporada. De aquí son nuestros hijos y nietos.  Y cuando salimos, andamos llevando el pueblo, el lugar, al pie de nuestra firma en lo que escribimos, y en cualquier anécdota o recuerdo de lo que decimos, cuando andamos lejos. Busco en la memoria y cuando salgo, sé esto, que ahora les voy contando.

En mi origen intelectual y poético creo que todos saben que está  la generosa sombra de las pocas personas abiertas y con cultura que había aquí en mi adolescencia: el Maestro pastelero García, en cuya cuadra fragante de medialunas aprendí política, escuchando a los Conde, García, Illia, Marton, Porto,  Mancebo… Y después  Domenella, Grassi, Barsky, Figueroa Guemes, Ibañez, Perico Murúa, Canevari, mi hermano mayor Miguelito “El ruso”… Y como periodista vocacional, el incansable asedio a personalidades reconocidas que aparecieran por la Villa: Borges, Petit de Murat, Di Benedeto, Barleta, Dávalos, Fontanarosa, Burnichon… Y desde los libros y la poesía: Withman, Almafuerte, Hernández, Martínez Estrada, Castilla… Y a continuación, claro, la educación universitaria y la formación en filosofía.  Y con todos ellos, más las lecciones de la pobreza solidaria de la infancia, el ejercicio de esa ética de pensar en el otro sin la cual -no lo olvidemos-  no existiría Carlos Paz: si hacía falta una biblioteca,  un puente, el agua corriente, un hospital, un grupo cultural, una escuela o una Dirección de Turismo municipal eficiente, ahí  estaban trabajando codo a codo radicales, comunistas, socialistas, peronistas:  que en el plano de las ideologías y los partidismos eran fieles a las directivas nacionales o internacionales y podían pelearse a muerte pero (como en el film Don Camilo)  en las causas vecinales se juntaban sin diferencias, intuyendo o quizás sabiendo que -como decía Porchia- “La verdad de lo pequeño es casi toda verdad, mientras que la verdad de lo grande es casi toda duda”

Por eso yo también trabajé una punta de años tratando de rescatar la historia local sin ninguneos: con peronistas o radicales y sin ser ni una ni otra cosa, como bien saben ustedes. Con los años que tengo, sé que yo solo, individualmente, puedo pensar, escribir y quizás publicar, pero jamás, solo, voy a lograr una Feria del Libro digna de un epicentro regional como es Carlos Paz, o un centro cultural dedicado a nuestros ilustres vecinos temporarios, como Manuel de Falla, Ernesto Sábato o Martín Furt,  por mencionar algunas de las  realizaciones necesarias para dibujar el perfil cultural que nos merecemos y que podemos ofrecer a nuevos visitantes.

Finalmente: los escritores -como todos los creadores- queremos llegar con lo que hacemos a la gente, a los distintos públicos que espera o que merece cada obra. Al agradecer el gesto del ejecutivo municipal, de otorgarme este honroso reconocimiento, me permito pedirles, en nombre propio y en el de todos los escritores y creadores locales, que no dejen de generar las condiciones necesarias para que la ciudad, la región, el país mismo reciba de distintas maneras nuestra palabra: ofreciendo las paredes de la ciudad, los transportes públicos, las plazas, las ferias, las salas, gestionando que nos inviten a participar dignamente -si es posible con un stand propio de Carlos Paz- a las Ferias del Libro de Córdoba, Buenos Aires o cualquier otra provincia.

A mis amigas y amigos poetas un abrazo fraterno, y saben que cuentan conmigo para lo que sea.

                                                                                              

 

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