En homenaje a Aldo Parfeniuk; por Leopoldo "Teuco" Castilla

martes, 05 de noviembre de 2019 · 21:27

Por Leopoldo "Teuco" Castilla

 (Escritor, poeta y ensayista.)

Fotografías: Luis Hernán López

 

El universo, en su incesante combustión, en su vertiginosa inminencia, no pudo eternizar ninguna de sus creaciones. Todas sus criaturas, padecen como él, la desventura de nacer desapareciendo. Los humanos formamos parte de ese triste prodigio.

Pero una organización de esa magnitud, capaz de crear sistemas tan complejos, necesariamente, aventuro yo, debe haber urdido una manera de prolongarse o reengendrarse en una dimensión en la cual sobrevivir a salvo del suicidio de la energía. Una manera de prolongarse como en el perfume se prolonga, viva, la flor, después de consumirse.

Yo creo que tiene dos placentas para perpetuarse: la música y la poesía. Ambas actúan con una libertad que viola la causología, el pasado y el futuro y flotan libres del destino de la materia. Quizás, quiero imaginar, serán como arcas del mundo que sembrarán su memoria cuando después de un nuevo estallido el mundo vuelva.

Y qué es lo que hace el universo: crea un poeta. Y para qué se preguntaran ustedes: pues, para que haga un universo. Y cómo lo hace? Buscando un niño de esa edad en que no se termina de ser todavía enteramente del planeta y lo suelta a que mire un árbol, un río, un pájaro, un caballo que serán toda su realidad hasta que ese niño crezca.

Cuando eso suceda ya no habrá caso que vuelva a ser persona del todo. Porque irá fuera de él tratando entrar en el ánima de los pájaros, en el deseo de los árboles, en el tiempo sin tiempo del agua. Gente que mire la volverá recuerdo, tarde que contemple no se irá nunca. Lo que dije : andará juntando universo.

Revisando polvorientos infolios di con el nombre de un tal Aldo Parfeniuk, caso que leí en las memorias de un antiguo cronista y poeta trashumante de allá por el año 2100 llamado Pedro Solans, quien relataba los raros sucesos de  una ciudad llamada Carlos Paz, crecida a la vera de un espejo de agua.

Era extraño, decía el cronista, porque en ella todo parecía eternizarse: los difuntos seguían alegres, bebiendo en los bares, las campesinas en sus tareas de antaño y florecían todas las primaveras, simultáneas en los árboles. Inquirí- refiere Solans- a los pobladores a que se debía la causa de ese fenómeno.

“Es culpa de Parfeniuk que no deja que termine de nacer este lugar. Cree que todo es como él, que no se acaba nunca. Como que ya es profesor de doce generaciones, como que hace décadas y décadas que no hace otra cosa que poemas a Carlos Paz y con sus amigos cantores ( algunos de ellos célebres y distinguidos tabernícolas)  darle serenatas a  Silvia, su amada”.

“ Por él es que estas sierras crecen sin tregua brotando pájaros y miel y peperina. Como si hubieran perdido la razón, igual que Parfeniuk.

 

“Pero gracias a él no se acabará nunca Carlos Paz”., concluyeron, secretamente felices, los

naturales del lugar”.

Hasta aquí la crónica de Solans, el vate trashumante. quien concluyó que quien canta con hondura , pasión y dignidad a su tierra, la funda incesantemente y  para siempre.

Yo que nací décadas después de aquel cronista, qué no hubiera dado por conocerlo al tal Parfeniuk. Pero nunca pude llegar a Carlos Paz.

Para brindar con él.

Y darle un gran abrazo.

Ahí, en el corazón.

                                  Donde tiene su mejor medalla.

 

LEOPOLDO CASTILLA

Carlos Paz, 20 de octubre de 2019

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