Conflictos inesperados y un problema global cierran una década compleja

martes, 31 de diciembre de 2019 · 13:27

 

Por Mario José Pino

Diplomático y abogado

 

Una sucesión inesperada de conflictos que se desatan en el mundo ha dado lugar a una pregunta:  cómo nadie los vio venir. Las explicaciones se han orientado principalmente a los detonantes particulares de cada revuelta, en muchos casos, sesgadas por intencionalidades políticas no exentas de argumentaciones conspirativas. Los sucesos de Chile y los de Hong Kong, los de Francia y el Líbano, los de Bolivia e Irak y los de Colombia e Irán, por mencionar a algunos, indudablemente muestran fracasos particulares en la implementación de políticas públicas y registran disparadores específicos. Hay, en todo caso, un panorama global al que es preciso prestar atención en el que se encuentran otras razones de la crisis.

Al desorden geopolítico mundial creciente, ya de características crónicas, en un marco de desconfianza generalizada entre los estados, se agrega una sensación de la insensatez de algunos líderes de quienes se espera que debieran orientar y llevar tranquilidad a los pueblos. Por su parte, impera en el globo el desboque neoliberal que implica un sistema que se advierte poco capaz de contención frente a los dramas del hombre actual. Identificar algunos de sus rasgos estructurales trae luz a la situación.

El sistema neoliberal, quizás por primera vez en la historia de la humanidad, ha separado el poder de la política, dejando el primero en manos externas y extrañas a los estados, a los que se les reserva el juego de la política sin poder. Una democracia formal de la que los poderes reales se han autoexcluido por la conveniencia de ejercer sus decisiones desde la informalidad no regulada y anónima. La ventaja de jugar y decidir desde afuera. Los activos financieros, que implican un valor de al menos doce veces el PBI mundial, conforma el poder determinante de un sistema que es capaz de incidir y presionar de manera insoportable, inclusive a la prensa libre, y desplegar e imponer su cultura y opiniones. Así, la economía ha sido puesta al servicio de las finanzas y el hombre, al servicio ambos como mero eslabón instrumental.

En los estados desempoderados y frágiles, el ejercicio democrático –cuando cabe- ha quedado reducido a una exhibición vacía en el que los ciudadanos son invitados a elegir algunos representantes de tiempo en tiempo e invitado de piedra en el resto del banquete.  Estos representantes, con manos atadas, serán desprestigiados si pretenden salirse de línea y los jueces, el  tercer poder republicano, cuando no adscriban a los nuevos paradigmas jurídicos de lo privado y de la teoría o análisis económico del derecho, son defenestrados a como dé lugar.

El ejercicio de la política en un espacio reducido, casi de espectáculo, que lejos de articular la sociedad en el marco y la procura del bien común, queda al cuidado de lo no rentable, para lo cual, se le sustraen todas las riquezas naturales e intelectuales. Lo(s) excluído(s) y lo(s) descartable(s) que conforman la periferia indeseable deben ser atendidos con los recursos que puedan quedar por los estados cada vez más famélicos e insuficientes, al igual que la salud y la educación públicas, los jubilados. Como si todo fuera poco, adicionalomente, se esgrimen las dudosas teorías de la insustentabilidad de políticas del estado cuando no de los estados mismos cuando se los ha convertido en fallidos.

Al desorden geoestratégico global y al desquicio de organización política de los estados, se suma la alteración antropológica del hombre provocada provocada por los efectos del relativismo y la 4ª. Revolución Industrial. Ensimismado en sus relaciones sociales el hombre del neoliberalismo es lanzado al emprendedurismo, el egocentrismo y la voracidad. La horizontalidad laboral lo ha convertido en su propio patrón y obrero, presionado por la urgencia del resultado; explotado por sí mismo sin nadie a quien reclamar su fracaso de no poder acceder a las ofertas del consumo, la persona carece, o ha sido privado, de una verdad en la que descansar su existencia o un fuego al que acercar sus manos, drama al que, para superarlo, el sistema le ofrece diferentes alternativas que van desde el bingo y los tragamonedas –los sórdidos pachingos en el Japón- hasta las pantallas digitales con su universo de soledad y el fitness y su entorno de narcisismo y autocomplacencia.

Este es el campo global en el que se despliega el neoliberalismo financiero. Aunque ficticia, la libertad formal del ser humano en que se sustenta este post capitalismo no está dando los resultados de paz y serenidad esperables, porque de una u otra manera aparece la engañifa y la psiquis –y el físico, diría Baumann- acusan la prisión. En el paraíso neoliberal, el conflicto de Hong Kong encontrará una insuficiente e interesada explicación política, pero Chile no se comprende y la única explicación posible ha sido la de Cecilia Morel, experta sociocultural y esposa del Presidente Piñera, con su célebre “nos están invadiendo los aliens”. A la subversión al orden neoliberal y la anarquía convulsiva que pareciera contagiarse, particularmente en América Latina, la única solución que termina implementándose, desde Chile a Hong Kong, es un eficiente esquema represivo que, además de cruento, viene mostrándose ineficiente.

Es la insatisfacción por la falta de participación, no solamente económica, sino estructural en un mundo que se intuye, además de peligroso, ajeno. Es la percepción de sentirse excluído, ajeno, “alien”. La naturaleza de protesta y contradicción que según Nietzsche es natural en el hombre parece que no puede ser vencida tan fácilmente por la propuesta neoliberal, que parte de supuestos falsos. El “hagan lio” proclamado por el más formidable enemigo del sistema, el papa Francisco, se advierte hoy, no fue una frase para congraciarse con los jóvenes sino una respuesta de profundas connotaciones. Claro, el papa siguió su frase: “pero prepárense para reparar lo que quede roto”.

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