El primer libro de Francisco Manuel Luque

"El largo Domingo Santo" es una historia que toca el corazón

lunes, 13 de mayo de 2019 · 20:50

Por Fernando Mesquida Garrido

(Especial para El Diario)

 

            En la mejor tradición de la literatura en que la voz de un niño se alza sobre las demás para  desvelarnos aspectos de una realidad que de otra manera iban a pasarnos inadvertidos, hay que situar “El largo Domingo Santo” de Francisco Manuel Luque. Su primer libro publicado, aunque no el único escrito por un prolífico autor que descubrió su vocación, alentado, como él mismo confiesa, por el sentimiento contenido en una frase de Meryl Streep, “Cuando tienes el corazón roto conviértelo en arte”. Y esta sentencia puede dar también sentido a las confesiones, narradas en primera persona, en un estilo ágil y envolvente,  de un niño interno en un hospicio de la España de los años cincuenta del pasado siglo.

            Como decía antes, la obra de Luque se inserta en una tradición de la que los lectores más avezados recordarán títulos como “AMDG” de Pérez de Ayala o “Bajo las ruedas” de Herman Hesse, cuyo denominador común son las peripecias del alma infantil privada de libertad – no olvidemos algunos títulos de Delibes en lo que respecta a los personajes infantiles-. Pero si en éstas late la concepción de la literatura según es entendida por el reciente nobel Le Clezio, un ejercicio, un llamamiento a la indignación. Lo que sucede en “El largo Domingo Santo” (título que quizás sea una metáfora de la lentitud con que es percibido el transcurrir del tiempo cuando éste no se vive como se debiera), tiene, en cierta manera, la virtud de la flor de loto, capaz de crecer y alimentarse de los fondos más cenagosos.

            Huyendo de un sensacionalismo que sería estéril para hacer buena literatura, el autor nos ofrece aspectos de una realidad, que a pesar de su crudeza consiguen ofrecernos una lección de supervivencia, anclada en los valores más humanos, como pueden ser la amistad y la alegría de vivir -a pesar de todo-. No hace falta ser un escritor consagrado -aunque el talento que demuestra F.M. Luque apunta a que pueda serlo en un día no muy lejano- para narrar una historia que llegue al corazón de los lectores y les haga reflexionar sobre una época muy reciente de la historia de España, en la que cualquier posicionamiento existencial, por muy humanista que fuera, si no comulgaba con el régimen establecido, podría ser considerado un anatema, una heterodoxia en la que las mentalidades más pacatas iban a ver al mismo diablo detrás de ella. Afortunadamente ya todo cambio y nos queda la literatura para recordarnos que no hay que dar marcha atrás, y hacernos ver que Lucifer no habitaba en los sometidos sino en los sojuzgadores. Baste echar una mirada a la actualidad para ver como la institución católica está afrontado uno de los peores momentos de su historia, como consecuencia de los abusos a menores. Abusos que en la novela de Luque son de maltrato físico y psicológico y que llegan a tener muy trágicas consecuencias para uno de los protagonistas.

            La vida en el Hospicio de Santo Domingo, situado en el corazón del barrio de la Magdalena de la ciudad de Jaén, es retratada como solo un niño y buen escritor podían hacerlo. De manera muy perspicaz y liberado de la tendencia, la tentación inconsciente a hablar bien de un régimen que tendrían  escritores o periodistas coetáneos a aquel tiempo, para ofrecernos, a cambio, una estampa lúcida y veraz. A través de la mirada de Carlos, el personaje principal, nos adentramos en una historia que nos conmueve profundamente en algunos de sus pasajes más descarnados, aunque el autor haya evitado de manera consciente el recurso a la lágrima fácil. A los nueve años la infancia es todavía el refugio de los sueños y buenos sentimientos, aunque también puede serlo de las más atroces crueldades, encarnadas en la figura de Pedro el personaje antagonista, con el que Carlos mantiene una relación ambivalente en la que finalmente se abre paso una entrañable amistad.

            Aunque la mayor crueldad no es la que se origina en los instintos primarios de un niño sino aquella que está sustentada en la moral de una época, es ahí, en la forma en que ésta es descrita, donde la obra de Luque alcanza uno de sus mayores aciertos. La descripción de la atmósfera opresora del internado, la forma en que las conciencias de los representantes del clero justifican las injusticias perpetradas a los niños, son un fiel reflejo de lo que sucedía en el tiempo que es retratado con tanta veracidad. También hay que destacar el desarrollo de las voces infantiles a través de unos diálogos que son fiel reflejo de lo que siente un niño, considerando las dificultades que para un narrador entraña este ejercicio de desdoblamiento, que con tanto acierto ya consiguió Miguel Delibes en novelas como “El camino” o “Las ratas”, y del que ahora FM Luque sale airoso.

            Pero en el trasfondo de grisura y desolación que predominan en el relato e impregnan la subjetividad de los personajes, el autor ha tenido la habilidad de intercalar momentos, escenas en que la hilaridad, como mecanismo de supervivencia, sorprende al lector, como contrapunto perfecto de la descarnada realidad, consiguiendo con ello cotas que a nuestro juicio sitúan a la narración en la corriente realista y de denuncia social de la literatura. En este sentido el capítulo “La dama fantasma” es el máximo exponente de lo que acabamos de decir, y a nuestro juicio introduce en la narración aires de tragicomedia.

           

            Tras la lectura de “El largo Domingo Santo” nos queda el poso de una historia que ha tocado nuestro corazón. A lo largo de los seis capítulos y un epílogo en el que surge la música, se nos ofrece la perspectiva del tiempo pasado. El autor ha sabido llevarnos con su buen oficio literario por la rememoración de las vivencias infantiles de su padre. La magia de las palabras ha cerrado el círculo haciendo que sea el hijo quien cuenta la historia de su progenitor, y que lo literario esté encarnado en su figura, también para esto sirve la escritura, para dejar testimonio indeleble de una vida ejemplar que supo levantarse por encima de la adversidad.

 

 

 

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