En el principio fue la música, (a propósito de "Música griega" de María Casiraghi)

jueves, 05 de septiembre de 2019 · 18:11

Ediciones En Danza, 2019)

 

Por Aldo Parfeniuk

(Poeta, ensayista y periodista)

 

Recientemente presentado en Buenos Aires, el nuevo libro de poemas de María Casiraghi (poeta, narradora y periodista, con una decena de libros publicados) es un libro de los orígenes. De los orígenes de las cosas y también de esos otros orígenes de lo humano:  las pariciones, tema clave de su poética, al igual que -y curiosamente- la muerte.

La poeta tuvo que desandar, con paciencia de crujiente barca y lentitud de dócil jumento, las míticas islas griegas -entre las cuales quizás se diera a la deriva su propio origen- , para oír (y sentir) dentro suyo  el llamado de la especie: ese canto del deseo y del amor  que el vientre materno milagreará en sangre trascendente y perdurable . Esa música (y la música fue uno de los asuntos más serios  para los helenos) que atravesando los tiempos mantuvo a salvo la armonía de los humanos: entre sí,  con la madre naturaleza, y con el mismísimo cosmos. Música griega, música universal, que  es consigna rectora y nombre de este último trabajo de nuestra poeta. Música que una y otra vez vuelve en opus polifónico (el poemario se divide en partituras que presuponen diversidad de registros y de movimientos)   donde la palabra dice sabiamente lo que el pensamiento late y lo que el corazón piensa en profundidad.   María fue y anduvo. María, en su libro, anda por ahí, rastreando las lecciones de ese gran “paridor de almas” -como decía Platón de Sócrates-,  retomando los antiguos (eternos) caminos de lo femenino: la Diosa Luna en primer lugar, y las restantes musas genitoras de los diversos nacimientos que la inspirada poeta, apasionadamente, alumbra en y con su poesía.

Un poema de Música griega:

ILUMINACIÓN

 

Una tarde

a mis veinte años

en un libro Allen Ginsberg

contaba visiones.

Hablábamos de lo mismo

de esos instantes fugaces en los que comprendemos todo,

nada nos hace falta, nada pendiente en la batalla.

 

Ese año, lo recuerdo

era tan chica y sin embargo

pude tocar el infinito.

 

¿Qué es lo que distingue al que vive del que muere,

al que sólo respira, sin moverse casi,

del que agota sus caminos andando?

 

Allen Ginsberg lo sabía

dictó mi sentencia,

me dijo: “ya estás lista”

y yo

que volvía del Asia

donde había visto tantos dioses

le creí.

 

Prendí unas velas

estiré mi cuerpo en la sábana

y cerré mis ojos

para siempre.

 

Así debió ser quizás

mi último día

(así quiero que sea

cuando despierte).

 

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