La realidad lo supera todo

La muerte en tu pantalla

El autor recomienda leer "El señor de la luz" de Maurice Renard, publicada en 1933 y anticipa la cámara de seguridad y su uso en la resolución de misterios.
sábado, 21 de noviembre de 2020 · 00:00

Por Alejandro Frias

(Escritor y periodista)

 

Bien sabido es que, por lejos, la realidad supera la ficción. Pero en esta época de pandemia y cuarentena, debemos asumir que la antigua sentencia ha ido un poco más allá, ya que la Covid 19 llevó a que la realidad superara la ciencia ficción.

Hace algunos años ya, diez, para ser más exacto, aunque la exactitud en este caso no sería tan necesaria, me obsesioné con una pregunta: ¿por qué la ciencia ficción, tanto literaria como cinematográfica, no había anticipado el teléfono celular tal como lo conocemos hoy?

Ni en la ciencia ficción, en esas novelas de un futuro en extremo tecnológico, ni en las distopías, había nada que se pareciera al teléfono celular. Sí había, por supuesto, teléfonos móviles, llamadas audiovisuales en tiempo real (ahora les decimos videollamadas), computadoras que orientaban a los protagonistas respecto de un camino que tomar, bibliotecas digitalizadas, etc., etc., etc. Pero no había nada parecido a eso que ahora llevamos tan cerca todos los días.

Nadie anticipó el celular, es decir, un aparato desde el cual tuviéramos acceso al mundo y con el que pudiéramos filmar, jugar, leer, traducir, además de todas las aplicaciones que sería muy extenso detallar en este espacio.

Esta pregunta me llevó a revisar novelas, cuentos y películas de ciencia ficción y a preguntarles a varias personas, especialistas o no en el género, si tenían conocimiento de alguna obra que incluyera algo siquiera parecido a nuestros celulares y, en todo caso, si no la había, que me explicaran por qué esto era posible, siendo que la ciencia ficción se adelantó tanto y tan bien a muchas cosas.

Fue Angélica Gorodischer quien, en una entrevista que le hice para el diario en el que trabajaba en ese momento, quien me dio una respuesta.

“Es que nadie pensó que la revolución iba a venir por el lado de las comunicaciones”, me dijo, y eso me convenció.

Claro que en obras como “1984” (George Orwell), “2001: Odisea en el espacio” (Arthur C. Clarke) y “Mundo anillo” (Larry Niven), por mencionar sólo algunas, las comunicaciones están presentes, pero, claro, siempre al servicio de otra cosa, siempre como medio, no como un fin en sí mismas, que es lo que creo que ha consolidado el teléfono celular.

 

Una cámara al alcance de la mano

 

Podríamos seguir al infinito analizando la cuestión del teléfono celular en sí, pero, por el momento, concentrémonos en algo que este ha puesto a nuestro alcance y de lo que hacemos uso y abuso: la cámara, tanto para tomar fotos como para filmar, así como para también transmitir sincrónicamente cualquier hecho.

Ninguna de las obras mencionadas anteriormente ponía en manos de los seres humanos una cámara con la facilidad de acceso que tenemos ahora. Por supuesto, hubo novelas, cuentos y películas en donde las cámaras estaban al alcance inmediato y eran tan manejables como estas de las que disponemos ahora, pero nunca esas cámaras estaban asociadas a un sistema que permitía, además, hablar, transmitir en vivo, conocer el estado del tiempo con una semana de anticipación, enviar un mensaje a cientos de personas a la vez y abrir el portón de nuestras casas.

(Y ya que hablamos de cámaras y literatura, me permito un paréntesis para recomendarles que lean “El señor de la luz”, de Maurice Renard, una obra publicada por primera vez en 1933 y en la que se anticipa la cámara de seguridad y su uso en la resolución de misterios.)

Tener cámaras al alcance inmediato nos da inmensas posibilidades, a la vez que nos idiotiza. Es decir, nada nuevo si hablamos de lo que nos ha sucedido como sociedad y como cultura en un contexto en el que una foto puede reproducirse a velocidades impensadas en las redes sociales, tan impensada como, para peor, pueden ser sus consecuencias.

Con una cámara en mano y con las redes sociales a disposición podemos viralizar la foto de una mujer desaparecida así como el ridículo de alguien que se cae en la calle, podemos pretender mostrarle al mundo la belleza de las margaritas que acaban de florecer en nuestro jardín así como publicar lo que estamos desayunando, y todo de manera acrítica y muchas veces en pos de una imagen personal que es muy distante de lo que realmente somos, y en este sentido merecería hablar un buen rato de esas personas que retocan sus fotos de manera de que lo que resulta es alguien absolutamente distinto.

Pero el fácil acceso a las cámaras y a las redes sociales también nos permitió, en este año de aislamiento, estar en contacto de otra manera con la gente a la que extrañábamos, por ejemplo, aunque también hizo del teletrabajo una forma de mantener en actividad las empresas o la educación, además de que permitió las reuniones familiares o sociales y la realización de espectáculos como conciertos, teatro y cine, y todo a través de plataformas como Zoom o Google Meet o redes sociales como Instagram, Facebook o Whatsapp.

Lo ya detallado alcanzaría para sostener aquella conclusión inicial, la de que la realidad ha superado la ciencia ficción, pero esta semana me enteré de algo que no hubiera imaginado: una persona me dijo que tenía un compromiso a determinada hora del día, y ese compromiso no era ni más ni menos que un velorio vía Zoom.

 

El duelo y el dolor, en vivo

 

La pandemia ha impedido que nos despidamos de los seres queridos que hayan fallecido este año y con quienes no hayamos tenido una estrecha relación sanguínea, con lo que al dolor de la pérdida se suma la imposibilidad del necesario y curador duelo.

Pensando en esto, la transmisión de un velorio a través de una plataforma digital podría resultar una solución, pero de inmediato salta la pregunta acerca del morbo que se pone en juego en la situación.

Me pregunto, por ejemplo, qué imágenes se transmiten en un caso como este. ¿Las de los deudos en actitud estoica, las de los deudos en llanto inconsolable? Peor aún: ¿las del cadáver, las del ataúd cerrado, las de los arreglos florales?

Y yendo más allá, ¿quién filma? Las personas que están presentes en el velorio, ¿participan desde sus teléfonos celulares en la reunión de Zoom? ¿De qué se habla en un espacio multitudinario donde lo que se dice es escuchado por cualquiera de los participantes?

Lo que creo es que la situación da para hacer mucho humor, como se ha hecho con los velorios desde siempre, pero a la vez para plantearnos cuánto puede calmar el dolor y ayudar al duelo.

Como suelo pensar cuando aparecen estos planteos, no creo que podamos acceder a una respuesta. Serán, en todo caso, otras personas, en treinta, cincuenta o setenta años, quienes podrán esbozar una conclusión.

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