A 45 años de su fallecimiento

Agustín Tosco, nuestro hermano mayor

Por Rafael Flores Montenegro
jueves, 5 de noviembre de 2020 · 20:59

Por Rafael Flores Montenegro

(Poeta y escritor)

Revista Haroldo

 

Haroldo publica un homenaje al dirigente sindical a través del recuerdo del autor, ex Secretario General del Sindicato del Caucho y Afines (SITRACAF) de Córdoba e integrante de la Mesa de Gremios en Lucha.

 

En las imágenes que tenemos de Agustín Tosco, siempre se nos representa hablando a un público que le escucha y, por lo que sea, a la vez a cada uno de nosotros. Tenemos esa sensación, nos hace pensar, nos interpela, nos conmueve.

Creó un lenguaje que se hizo marca suya. Lo asumía una importante franja del movimiento obrero, pero por más que estuviéramos de acuerdo con sus postulados, nadie pudo plantear las cosas como él. Decir, por ejemplo: “Unidad de trabajadores y estudiantes… de peronistas, radicales, comunistas, cristianos, etc.” o “Todos los trabajadores, piensen como piensen, tengan el color partidario que tengan, profesen la religión que profesen…”, eran el emblema de unidad en sus intervenciones. Más todavía puede señalarse que, con mirada avizora, supo en los comienzos de 1970 que la defensa de los derechos humanos en Argentina provocaría la adhesión cada vez mayor de distintos sectores de la población.

La gente de Luz y Fuerza componía el grupo mejor situado en el panorama laboral de la Provincia de Córdoba. Tenían excelente obra social, planes de vivienda, colonia de vacaciones propias, buenos sueldos y control de las actividades importantes de la empresa pública de energía. Era obra del tesón de los compañeros orientados por Agustín Tosco. El día y la noche se habían hecho para compartir anhelos de redención social, para indagar cómo lograrlos, para ser felices de estar juntos y mirar hacia adelante.

 

 

Quizá resulte extemporáneo buscar en el día de hoy modelos que puedan ajustar sus ideas a esa fuerza incontenible de la naturaleza que él significaba. No hay ejemplos que lo repitan. Ni siquiera que lo reflejen. Pero que no nos agarre el desaliento y merezcamos acompañar su recuerdo lleno de rebeldía y deseos de unir fuerzas contra la explotación y la indolencia.

Era la sede del Sindicato un edificio construido con el aporte extra de los trabajadores, bajo el escrupuloso control de gastos supervisados por Tosco. Un lugar lleno de vida, siempre desbordado de obreros y estudiantes. Allí se caldeaban las inquietudes por renovar ideas, estéticas, disciplinas de lucha, sueños de transformación de la sociedad. Conviene apuntar que, en esa época, el diez por ciento de los setenta mil estudiantes en las Universidades de Córdoba, eran trabajadores en el sector industrial y afines. En el Salón de Actos, conferenciantes de distintos sitios del país llenaban el recinto de jóvenes ávidos de pensamientos modernos y rebeldía. Tosco alentaba esos encuentros masivos y participaba en circunstancias excepcionales como en una que recuerdo ahora. Iba a dar su conferencia un afamado periodista cuyo vuelo desde Buenos Aires no llegaba a tiempo. Los organizadores, estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Información, subieron a la cuarta planta al despacho de Tosco donde estábamos reunidos. Le plantearon la situación de la sala llena sin la presencia del ponente:

 

- ¡Por favor, Agustín, decí unas palabras para que la gente no se vaya sin nada!

- ¿Cuál es el tema?, preguntó. Se lo dijeron. Tosco pidió diez minutos de preparación. Transcurrido ese tiempo, bajó para dar una vibrante charla sobre la función de los periodistas en pos de informar la verdad ante la gente.

 

En efecto, su voracidad de conocimientos era extraordinaria. Autodidacta, como todos los grandes pensadores históricos del movimiento obrero, tenía el secundario y la formación técnica, pero estaba bien preparado en Economía Política, Historia, Derecho y cultura general. Todo adquirido en las horas que le dejaran los turnos laborales a los que no faltaba, y las horas robadas al sueño. El gusto por informarse y saber, al parecer lo recibió primero en la humildad lectora de su padre. Cuando adolescente, se destacó en los estudios, indagaba en cuanto libro cayó en sus manos, escribía poemas. Después, ya empleado, intervino en los hechos sindicales del segundo gobierno del peronismo, a la vez que conectaba con antiguos luchadores que le recordaron los arduos caminos andados por la clase trabajadora desde finales del siglo XIX. Ya dotado de experiencia y formación, se relacionó con Pedro Milesi, maestro indiscutido de las generaciones de la Izquierda de las décadas de 1960 y 1970. Enfáticamente, se declaró marxista en el análisis de la historia, e independiente en las líneas partidarias. Si tensamos su semblanza hacia una fórmula, diríamos que Tosco abogaba por la construcción de un gran Frente de la clase trabajadora encolumnando a los sectores progresistas de la sociedad.

Había desarrollado el arte de la palabra en el discurso, con la capacidad para enlazar temas aparentemente dispares, en un lenguaje sostenido en entonación y vocablos que no se repetían. Tosco hablaba y transmitía énfasis con las posturas, los movimientos de las manos, el timbre de la voz; daba confianza, hacía reflexionar a la audiencia.  La asamblea, que era siempre tenida como el organismo máximo de decisión, vibraba con sus discursos. Recuerdo que, en las reuniones reducidas, de equipo, a los que teníamos entonces entre los 20 y 25 años de edad, su mirada nos hacía llevar la vista a otro lado o bajarla. Él nos doblaba en edad, en experiencia gremial y política. Nos protegía porque, seguramente, le gustaba colaborar con los pibes que trabajábamos en las fábricas y andábamos vestidos de obreros por el centro de la ciudad.

 

En 1974, cuando comenzó el acoso a las organizaciones obreras independientes, se fundó el Movimiento Sindical Combativo. Fue una inspiración suya, en esos tiempos de perplejidad y rabia, a la que adherimos con entusiasmo. Resistíamos al acoso de la burocracia sindical amparada en la Nueva Ley de Asociaciones Profesionales, a la vez que apoderada del Ministerio de Trabajo y de un tiránico aparato de control de los sindicatos. Nos reuníamos ante una mesa alargada que presidía Agustín Tosco, sentado en general hacia la mitad de la mesa. No había diferencia alguna, pero tácitamente él conducía el encuentro. Solicitaba los puntos de vista de cada uno, sin excepción. Nos instaba a hablar, aunque en ocasiones no coincidiéramos con sus puntos de vista. Al final, en procura de un acuerdo claro, natural, con asombrosa capacidad de síntesis, resumía las posiciones en un esquema mayor, en una expresión unitaria que fundamentaba punto por punto. En los entretelones de la deliberación, en el clima de aumento represivo en el país, alguno le preguntaba por las amenazas que llegaban al Sindicato. Él bromeaba, restándole importancia. Recuerdo que una vez comentó la retahíla de insultos recibidos mediante llamadas telefónicas anónimas:

 - Pero no tienen imaginación, dijo.

- Siempre repiten el mismo verso: “Te vamos a cortar la lengua”, y sonreía.

En la sede de Luz y Fuerza se reunía la resistencia, el tesón y la esperanza. Por ello, el golpe policial al gobierno de Córdoba estrechamente vigilado por el asesino Benjamín Menéndez, comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, clausuró el sindicato, detuvo a quince integrantes y puso en búsqueda y captura a Tosco. La radio y la televisión avisaban con descaro que se lo detendría donde lo encontraran, vivo o muerto, desde luego. Anduvo camuflado, escondido por la gente, viviendo en permanente zozobra. Así, por distintos sitios del país hasta caer enfermo. Sin poder recibir la atención adecuada, falleció de septicemia el 5 de noviembre de 1975.

Nos impresionó verlo en la última reunión que tuvimos con él, en la clandestinidad. Llegó a una casa incógnita de las Sierras de Córdoba, delgado y algo demacrado. Llevaba una gorra con visera y bufanda en la alta noche. Fue muy efusivo su abrazo, nos conmovió profundamente. Creo que éramos cuatro compañeros de diferentes sindicatos: Tomás di Toffino de Luz y Fuerza, Juan Villa de Perkins, El Petiso Sánchez de SMATA y yo mismo, del Sindicato del Caucho. Nuestra Mesa de Gremios en Lucha, en combinación con las Coordinadoras de gremios en distintos puntos del país, había derribado el plan económico del llamado “Rodrigazo”. Íbamos para decirle a Agustín que la principal silla de la Mesa estaba vacía para que él la ocupara. Mostró una alegría inmensa, se congratuló con fervor, nos felicitó y agregó: “Esto demuestra que los partidos políticos, las organizaciones revolucionarias, las fuerzas democráticas, acuerdan con la movilización”. Inexpertos de nosotros, argumentamos lo que también era cierto: “No, Agustín, esto lo hemos construido los obreros sin consultar a nadie. Es la necesidad y el ánimo de la gente lo que expresamos”. Inexpertos, digo, pues también nos reunimos después con Alfonsín en sendos encuentros a petición suya, con Alende, con las organizaciones revolucionarias, con algún sector de la Iglesia.  A todas luces, Agustín Tosco miraba más lejos, abarcaban sus ojos más amplio espectro social que nosotros, aún aprendices de su escuela. Nos despedimos con una emoción incomparable. Abrazó a cada uno de quienes éramos sus muchachos. A uno le dijo: “Pero, me discutes, si sabés que sos como un hijo para mí”. Recuerdo que fue muy difícil mantener la entereza en esos momentos, aunque aún no nos diéramos exacta cuenta de que nuestras ideas eran tributarias de las suyas.

El corazón de trabajadoras, trabajadores y estudiantes del pueblo de Córdoba, tocó a rebato en los días de su muerte. En la última jornada hacia el Cementerio de San Jerónimo, vivimos el acompañamiento más emotivo que recuerde la ciudad. Cincuenta cuadras de gente andando, aplaudiendo desde los balcones, arrojando flores al cortejo. Se veneraba la vida y la obra del luchador insobornable, su coherencia de cabal guía en la redención social.

Antes de ingresar sus restos en el Cementerio, los fusiles policiales aterraron a la multitud compuesta de más de treinta mil personas. Dejaban dicho, a balazos, que en pocos meses vendría para el país la institucionalización del Terrorismo de Estado.

 

* Rafael Flores Montenegro, ex Secretario General del Sindicato del Caucho y Afines (SITRACAF), de Córdoba, integrante de la Mesa de Gremios en Lucha. Secuestrado el 9 de marzo de 1976, estuvo en prisión hasta salir en libertad por opción, como refugiado político a España, en febrero de 1979.

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