"Sigo creyendo que la política es sagrada"

Apologías y rechazos

Por Mario Sábato (Escritor y cineasta)
sábado, 7 de noviembre de 2020 · 10:58

Por Mario Sábato

(Escritor y cineasta)

 

Declaro, enfáticamente, mi agradecimiento al Presidente Alberto Fernández, al Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, al Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, ,Axel Kicillof y a todos los gobernadores de nuestro país.

También expreso mi reconocimiento a los Intendentes, de distintos partidos políticos, que combaten en la primera línea en la batalla contra la pandemia.

Todos ellos han depuesto sus diferencias partidarias, para unirse en una causa común que supera sus discrepancias. Para ellos, como a todos los que nos duele esta calamidad, lo esencial, lo único que vale, es luchar por la vida de los argentinos.

También les dedico mi gratitud a las modestas organizaciones de vecinos, que combaten la desgracia, brindándoles alimentos, abrigo y refugio, a los que tanto los necesitan. Y no me sorprende que sean los que poco tienen los que más ofrecen.

Y por supuesto que le dedico mi eterno reconocimiento a los médicos, enfermeros, camilleros, y a todo el personal de salud que, que a pesar de sus sueldos misérrimos, siguen arriesgando sus vidas para que tantos puedan salvar las suyas. Con su abnegación, que les conserva el entusiasmo a pesar de que ya sean tan pocos los que los aplauden.

Vuelvo a los políticos, porque me renovaron la pasión, vencida por tantas desilusiones. Sigo creyendo que la política es sagrada. O que debería serlo, para dedicarse al bien de la comunidad, por encima de las conveniencias personales.

Recuperé la ilusión, que me venía tan apagada, cuando los dirigentes que el pueblo eligió, cumplieron con el mandato de resguardar el bien común. En el peor momento, cuando la maldición nos amenazó a todos.

Superaron la grieta que los separaba, que nos había separado. Que ya no nos debería importar, porque hoy todos estamos unidos, en el fondo de la grieta.

Confío, si se cumple la esperanza de que salgamos de este infierno, que tengamos la oportunidad de recuperar nuestras discrepancias, que hoy son tan irrelevantes. Pero que las necesitaremos, si entre todos logramos superar esta tragedia, para construir un país plural, enriquecido por nuestras diferencias.

Y tengo la ilusión que podremos lograr lo que nos falta, que es respetarnos. No nos será tan difícil, como nos resulta ahora. Porque habremos aprendido a respetar lo más valioso, que es cuidar la vida, la nuestra, la de los otros, que también nos pertenece.

Tengo ilusiones, pero no soy iluso.

No procuro adhesiones cuando está en juego nuestra vida y nuestro futuro.

De los dos lados de la vieja grieta están los que el odio los enceguece. A ellos, aunque los critique, puedo comprenderlos, porque somos muchos los que hicimos tanto para separarnos. Más allá de los partidos, más cerca de las mesas familiares, de nuestra vida cotidiana, arruinando fiestas y destrozando amistades de toda la vida.

No, no es con ellos la cosa. No me refiero a los que no tenemos importancia, a los ciudadanos imperceptibles, que tan poco le importamos a políticos inescrupulosos y a nefastos imperios mediáticos.

Mi indignación va para muchos de los que deberían ser nuestros dirigentes.

A los que los une, aunque simulen estar enfrentados, una recurrente maldición argentina: “Primero yo”. Que, claro está, significa “Todos últimos”.

Son iguales, aunque algunos se disfracen de republicanos y otros de populares.

No les importa la República, no les importa el Pueblo.

Sólo les interesa estar mejor posicionados en las próximas elecciones. 

Les angustia que los políticos que están comprometidos en el digno compromiso de afrontar nuestra desgracia ”midan mejor” que ellos. Y más les preocupa si pertenecen a su propio espacio político.

Sienten que amenazan sus mezquindades ambiciones electorales, y nada les importa que su egoísmo amenace nuestra supervivencia.

También, claro, comparten su egoísmo con los divos mediáticos que impulsan el desánimo para derrotarnos a los que deseamos un destino mejor y más justo para nosotros y los que nos continúen.

Esos políticos canallas, estos periodistas nefastos, creen que los votos que buscan, el rating que los desvela, los encontrarán en los camarotes de primera clase del Titanic.

No perciben que la grieta que les convenía ya no tiene importancia.

Que hay otra, más urgente. La que separa la esperanza de vivir con la banalización de la muerte.

Termino con Maradona, que ocupa, otra vez, los titulares de los diarios y la preocupación de todos los que le debemos tantas alegrías. Me parece que nos representa, con sus milagros y sus tragedias. Nos marcaron sus dos goles, en aquel memorable partido contra los ingleses. Todos los argentinos festejamos el que fue maravilloso, el mejor que yo haya visto en mi vida, signada por el amor al fútbol.

Por ese mismo amor al fútbol, que es superior y más digno que mi malvinero odio a los ingleses, yo no celebré “La mano de Dios”, el gol de la trampa, el homenaje al Viejo Vizcacha que tantos admiran y que yo desprecio.

Se me hace que, como Maradona, la mejor y la peor Argentina hoy se juega la vida y está eligiendo su destino.

 

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