Despedida de una médica española a su marido

Una llamada al día

El largo pasillo, apenas iluminado por la luz de la ventana, se convirtió en un corredor de la muerte. Mi marido, avanzaba cabizbajo, afligido y con miedo, sospechando que sería la última vez que lo anduviera.
lunes, 14 de diciembre de 2020 · 19:47

Por Piedad Santiago Fernández

(Médica/Escritora)

 

El largo pasillo, apenas iluminado por la luz de la ventana, se convirtió en un corredor de la muerte. Mi marido, avanzaba cabizbajo, afligido y con miedo, sospechando que sería la última vez que lo anduviera. Por temor a contagiarnos, nos dejó sin besos, ni abrazos. Escondía el rostro, pues la emoción del momento, le inundó de llanto y quiso ahorrarnos la pena.

Días antes había marchado al trabajo, como siempre, últimamente, pesaroso y agobiado. La presión asistencial lo estaba matando. No quedaba tiempo para el reposo, desconectar y recuperar las ganas de seguir haciendo lo que más le gustaba: practicar la medicina.

Siempre decía que ser médico no era un título académico, sino una gracia que consiste en ser y estar durante las veinticuatro horas al día disponible para aquellos que te demandan por enfermedad. Así lo llevó a gala toda su vida laboral.

No hubo guardia de la que renegara, ni lugar donde hiciera falta al que no acudiese. Es más, le recuerdo aquejado de apendicitis aguda y, tras calmarse el dolor, marchó hacia Alcalá la Real, porque había una reunión con no sé quién. Al poco, tuvieron que operarlo. Siempre, amigo, colega, gestor, hijo, padre, marido y hermano. Todo en uno, era Tomás. Los meses previos, nos impedía las reuniones familiares por temor al contagio de nuestros mayores. Los últimos días, cansado, le propuse que se diera de baja. Por supuesto, él se negó. A partir de entonces, todo fue un suspiro.

Por eso, la tristeza que me acompaña, aumenta ante la horrible sensación que él percibía, conocedor de la gravedad. Contaba, día a día, los progresos de la infección. Experimentaba en su pecho todas las cascadas inflamatorias, metabólicas, infecciosas que sabía desencadenadas por el dichoso virus. Y tenía miedo, mucho miedo.

No podía hablar, debido a la disnea al mínimo esfuerzo. Si se incorporaba, caía sincopado. Pero, sobre todo, transmitía pánico. ¡Cuánta razón llevaba! Seguramente, disponía de una información premonitoria, íntima, que lo metió en el pozo oscuro de la soledad y el espanto, mientras la ponzoña iba destruyendo su cuerpo. Un espacio artificial lleno de tubos, sondas, catéteres, respiradores, inundado de la blanca luz sanitaria y rodeado de extraños, fue el túmulo final.

Y ahí, no me valían WhatsApp: él ya no estaba. Solo una llamada al día para informar. Solo una llamada al día. A veces, ni eso. Si bien, al principio, el teléfono me colmaba de esperanza; en los sucesivo, ya presentía el desenlace.

Yo preguntaba ignorante ¿Cuánto resistirá? Un organismo mancillado por todos los instrumentos y fármacos utilizados, paradójicamente, para sanarle. Lo vi, en la recta final. Ancha la espalda, hermosa percha para los trajes, receptáculo de problemas propios y ajenos, donde los demás, enganchábamos nuestros pesares, permanecía intacta: casi tal como la recordaba. Incluso, esos hombros bien torneados, parecían no haber perdido la musculada presencia. En la mano derecha, inflamada, aún se reconocía la marca de la alianza que había lucido, durante veintinueve años, en su dedo anular. A partir de entonces, todo fue un suspiro.

La cara era reconocible a pesar del ribete morado en los párpados por hematomas pasados; los ojos semiabiertos, lagrimosos: ya no me contemplarían más con la admiración que le provocaba al desvestirme, en la noche. La boca entreabierta, por la que se conectaba otro tubo, carecía de la temblorosa vibración que acusaba cuando se ponía nervioso. Tantas veces besados, silenciados, animados para sonreír, ahora, aquellos labios posaban inertes.

Ese día recibí la última llamada. No tuvieron en cuenta mi estatus médico. Los protocolos obligaban a evitar las entradas en la UCI.

Lo que no sabían, en las instancias de los críticos, es que yo, la esposa, estaba trabajando justo una planta por debajo. Sincronizando mi corazón con el moribundo. Cada palpitación de mi pecho imaginaba una arritmia del enfermo. Pese a la ansiedad por recibir la única llamada del día, me consumía gestionando mi agenda médica como cualquier facultativo.

Me sentía más cerca de él, creyendo que mi positivismo traspasaba el hormigón del techo reconfortándole. Ignorante, soñaba que su alma podría percibir mi esencia. Solo un médico intensivista me recibió cálido en el despacho; fue capaz de mirar a mis ojos y hablar conectando con mi preocupación. Nunca más se dio tal circunstancia, hasta el día de la parca.

Hubo momentos tensos, quizá por malos entendidos bidireccionales. No me conocían, y, por tanto, es posible que concluyeran que la actitud del familiar del box que les ocupaba, no era la más óptima. Lo siento, discrepo. Nunca propuse interferir en su buen hacer. Tampoco presioné para tener información privilegiada a la que ahora, tras los días del óbito, pienso que tendría derecho.

Quizá una pizca de humana comprensión me hubiera dado la oportunidad de explicarme. Y ya muerto, complací su memoria entregándolo donde los suyos. La ciudad que lo vio nacer, lo recibió, esta vez, de noche, bajo un lloroso ambiente. Expectantes, amigos íntimos, los que siempre están para consolar, permanecieron a nuestro lado mientras el ataúd depositaba el espanto del cadáver en el escaparate del tanatorio.

D.E.P. mi amor.

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