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La memoria de las cosas

Un libro de Daniel Moyano, una película con Sônia Braga, un disco de John Lennon y Yoko Ono, recortes periodísticos. Miles, millones de historias.
sábado, 26 de diciembre de 2020 · 15:44

Por Alejandro Frias

(Escritor y periodista)

 

Un libro de Daniel Moyano, una película con Sônia Braga, un disco de John Lennon y Yoko Ono, recortes periodísticos. Miles, millones de historias.

Hay historias, miles, millones, historias de cosas simples que nos suceden y que no entendemos, o al menos no entendemos en el momento. Puede que muramos sin entenderlas de tan simples que son, o puede que, de repente, una noche, quizá viendo una película, las entendamos.

Hay historias, millones, sencillas, llenas de casualidades, de vericuetos por los que se cuela el azar, en las que lo aleatorio juega un papel tan preponderante que las convierte en historias increíbles, y más si nos involucran, si nos pasan en carne propia, si se nos eriza la piel, no por ellas en sí mismas, sino por las personas que fueron involucradas.

Por ejemplo, si nos encontrásemos ahora un billete de un austral en la calle, uno de esos que tienen la cara de Bernardino Rivadavia y que quedaron fuera de circulación hace tanto tiempo que ni nos acordamos. Supongamos que ese billete está impecable, como nuevo, apenas doblado por la mitad, como si se hubiese caído de una billetera apenas lo metieron en ella. Si encontrásemos ese billete hoy, adentrado ya el siglo XXI, ¿no nos surgiría la duda acerca de quién lo guardó tan cuidadosamente, qué significaba ese billete para esa persona, cuántas personas lo tocaron antes de que llegara a nuestras manos, qué cosas se pagaron con ese austral, en qué alcancía posiblemente estuvo?

A la memoria de las cosas la construyen las personas que interactuaron con ellas. Es a esas historias que nunca alcanzaremos a conocer a lo que me refiero, y son ellas las que le dan el toque de magia, de maravilla, de memoria a las cosas que nos rodean.

Cuento historias. Entre otras cosas, me dedico a eso. Pero evito contar historias que me involucren directamente como protagonista. Pero hoy quiero hacer una excepción, y pido disculpas por eso, aunque, como verán, no soy tan protagonista, sino apenas un eslabón en una cadena que vaya a saber qué otros caminos tome.

En todo caso, elegimos un punto de partida (lo que no quiere decir que la historia comience allí, por el contrario, esta historia seguramente comienza mucho antes), el 6 de marzo de 1983. Ese día, según la leyenda que aparece en la última página, se terminó de imprimir la primera edición de la novela “Libro de navíos y de borrascas”, de Daniel Moyano. La dictadura estaba al caer y los libros de Moyano volvían a publicarse en Argentina. De hecho, el mismísimo Daniel Moyano podía pisar suelo argentino después de haber sido detenido el 25 de marzo de 1976 y luego de haberse exiliado en España cuando por fin lo liberaron.

El 15 de mayo de 1983, en el suplemento cultural del diario “Tiempo Argentino”, Analía Roffo publicó una entrevista a página completa a Daniel Moyano, en la que el escritor, poniendo a la literatura por encima de la filosofía, dice: “una de las formas de captar la realidad es precisamente el contarla, nombrarla, transfigurarla”.

Ese día, alguien compró el diario, leyó la entrevista y recortó la página 8 del suplemente cultural. Después, plegó la hoja de papel y la guardó. En esa entrevista, titulada “El exilio y las borrascas de Daniel Moyano”, se menciona, por supuesto, la más por entonces más reciente publicación del escritor.

Un tiempo después, en Libros Schiller, de Ameghino 786 en la localidad de Zárate, Provincia de Buenos Aires, la misma persona que leyó, recortó y guardó la entrevista a Moyano, compró “Libro de navíos y borrascas”, y para dejar sentado que ese libro era suyo, lo firmó, incluyendo una fecha, 3 de junio del ‘83.

Como algunos datos de esta historia son objetivos, con fechas y nombres, y otros, la mayoría, son el resultado de meras especulaciones, quiero aclarar que esto de que fue esa misma persona la que compró el libro es algo que he decidido yo. Puede que lo hubiera comprado alguien más, a pedido o porque esta persona había decidido regalárselo a aquella, pero yo prefiero creer que fue quien estampó su firma en el libro quien lo compró, porque también quiero imaginar la charla que mantuvo con quien se lo vendió, con el librero o la librera a quien le preguntó si tenía la nueva novela de Moyano y con quien tuvo un diálogo acerca del escritor, de su exilio, de su bella literatura, de los temas recurrentes en sus cuentos y sus novelas y de la cantidad de gente que, estando exiliada, comenzaría a tener la posibilidad de volver a su tierra.

Y me animo a especular más. Quien compró el libro lo dejó sobre su mesa de luz para leer cada noche un poco, unas pocas páginas, para saborearlo con su paladar de buen lector o lectora, para estirar la delicia de leer a Moyano, a pesar de que esta novela hable de exilios y dolores, aunque también de amores.

Después, una vez terminado, lo dejó en su biblioteca, de donde lo retiraba ocasionalmente para leer un fragmento, para recordar una frase o para lo que fuera, hasta que un día el libro ya no estuvo más en el anaquel en el que permaneció durante tantos años. Y respecto de los motivos por los que esta novela de Moyano fue retirado de ese anaquel y puesto a la venta, prefiero opto por no hacer especulaciones.

Lo que sucedió después es que alguien creyó oportuno vender ese ejemplar, otro alguien pensó que lo mejor era hacerlo a través de un sistema de ventas online y un tercer otro, en este caso, otra, decidió comprarlo. Quien compró el libro fue mi esposa, para regalármelo a mí, que descubrí gratificado la hoja plegada con la entrevista a Daniel Moyano hecha por Analía Roffo y me sentí hermanado con quien, el viernes 3 de junio de 1983, firmó con una lapicera roja el ejemplar, quizá mientras yo estaba rindiendo algún examen de Matemática, Literatura o Química en mi escuela secundaria.

Hay una película en la que Sônia Braga interpreta a Clara, una ya retirada crítica de música. Se trata de “Aquarium”, dirigida por Kleber Mendonça Filho. En ella, hay una escena en la que una chica le hace una entrevista mientras que otra toma fotografías.

En un momento de la entrevista, la periodista le pregunta si sólo escucha música en soportes físicos, discos de vinilo o casetes, y ella Clara (Sônia Braga) le responde que no, que también lo hace en formatos como mp3, en plataformas virtuales y demás, pero de inmediato se pone de pie y busca en su inmensa colección de discos uno en particular, “Double Fantasy”, de John Lennon y Yoko Ono, y cuenta que ese disco lo compró en el sur de Brasil, en Porto Alegre.

Con delicados movimientos, Clara retira brevemente el disco del sobre y rescata de entre ambos un artículo periodístico del “Los Angeles Time”, un viejo recorte que les muestra a las jóvenes explicando que se trata de una entrevista realizada a John Lennon en diciembre de 1980, es decir, pocos días después de la salida a la venta del disco (noviembre de 1980) y poco antes del asesinato de Lennon (8 de diciembre de 1980).

En esa entrevista, les dice Clara, John Lennon habla de sus planes a futuro, y después de un silencio y de hacer con la cara un gesto que lo sintetiza todo, la protagonista concluye: “Este disco es ahora un objeto especial”, e inmediatamente especula con que ese vinilo fue comprado en Los Ángeles y luego llegó a Porto Alegre para ahora estar en manos de ella, en Recife.

“O sea que ha viajado mucho”, acota la joven periodista, a lo que la crítica musical responde: “Esto es como un mensaje en una botella”…

Tengo en mi biblioteca varios libros/botellas con mensajes escritos por manos desconocidas pero que les permitieron crear a esas cosas sus propias memorias. Entre esos libros/botellas, entre esas cosas con memoria, hay uno de Daniel Moyano, “Libro de navíos y borrascas”, que guarda entre sus hojas un viejo recorte periodístico y la firma de su dueño original y en el que, como si todo esto fuera poco, en la página 181, Moyano le hace decir a uno de sus personajes: “Dejar sobrevivencias, para eso sirven las palabras”.

“Movimiento, las cosas tienen movimiento”, dice la vieja canción de Fito Paez…

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