Hoy: La marcha en la memoria

Por Aldo Parfeniuk. Escritor, poeta y ensayista. Medalla del Centenario de Villa Carlos Paz
martes, 24 de marzo de 2020 · 15:22

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                                                                          ( a Alfredo Luján)

                                       

Por Aldo Parfeniuk

Escritor, poeta y ensayista.

Medalla del Centenario de Villa Carlos Paz

 

 

          Hoy no marcharemos por la calle. Hoy la marcha será por dentro. Por eso hay que hurgar en los recuerdos. Y protegerlos del virus. Sobre todo el del olvido.

Cuando se escriba la historia cultural de Carlos Paz (tan rica como ninguneada) un importante capítulo a cubrir será el dedicado a sacar a la luz ese aspecto tan complicado de los lugares turísticos –aunque invisibilizado siempre presente- como es el de la (auto)censura, en razón de cuestiones religiosas, ideológicas, de clase o -como siempre ocurrió aquí- por cuestiones de imagen, puesto que siempre prevalece el criterio de nos sacar los trapitos al sol para no asustar al turismo. 

Quienes hemos estado involucrados toda la vida en cuestiones culturales locales podemos dar algunos testimonios de primera mano. Solo falta en la Villa madurez intelectual y formación adecuada para encargarse seriamente del tema y -por parte de la ciudad- la madurez propia de una mayoría de edad convencida de que guardar la suciedad bajo la alfombra podrá ser redituable turísticamente, pero es totalmente insano para los casi 100 mil habitantes que necesitan vivir en la verdad histórica y actual: ni mejor ni peor que cualquier otra sociedad, pero sin maquillajes.  El tema da para mucho. Aquí, solamente –y en primera persona- contaré algunas cosas con relación al golpe de estado del 24 de marzo de 1976, tal como lo padecimos quienes estábamos en el campo cultural (el más castigado por el Proceso) y, por diferentes razones y como tantos millones de argentinos, nos negábamos a tamaña pérdida de las libertades individuales y, por cierto, de vidas: aunque no fuesen las nuestras.

El golpe me sorprendió queriendo viajar a Córdoba para trámites de iniciación de clases en la Facultad de Filosofía de la UNC. Con sacrificio, lo mismo que una docena de adultos locales que estábamos terminando el secundario, en los meses anteriores (contratando profesores armábamos las clases en domicilios particulares) algún vecino ya nos había denunciado debido el estado de sitio. Personalmente, como delegado local de la Sociedad Argentina de Escritores, en esa época dirigía un taller de escritura que funcionaba en el Salón Rizzuto (construido con donaciones nada menos que de la Fundación Rizzuto, creadores de la Liga Anticomunista Argentina)y que fue clausurado violentamente por un grupo de militares que una tarde irrumpió con armas largas y prohibió las reuniones de unas 20 personas. La denuncia lamentablemente partió del despacho de alguien de la misma municipalidad local, aunque nos salvó el hecho de que el interventor municipal del momento era un vecino que no solamente nos conocía como tal, sino que nos había dado clases de matemáticas a domicilio, para que pudiéramos hacer nuestro secundario. Yo ya venía sospechado no solamente por mis ideas de  izquierda de siempre, de mi juventud a la par del maestro pastelero Miguel Gracía, en la cuadra del Lago Sierras (el cura Santarosa después hasta se negó a casarme, cosa que hizo otro cura) sino porque integraba la SADE de Córdoba, cuyo vicepresidente era Carlos Tagle Achával, recién destituido como Secretario de Cultura de Obregón Cano; y como escritores pedíamos por la libertad de Antonio Di Benedetto, entre  otros. Para colmo, el mismo 24 de marzo a la noche, fueron a buscarlo a su casa al editor Alberto Burnichon (gracias a quien me formé como poeta, leyendo los libros que publicaba de Manuel J. Castilla, Alfredo Veiravé y otros) que al otro día apareció muerto en Mendiolaza con siete disparos en la garganta.

La cuestión es que ese año empecé a cursar Filosofía en el mes de Junio. El panorama en la Facultad era terrible: profesores alcahuetes del régimen provocando, denunciando o directamente haciendo desaparecer compañeros de aula. En Carlos Paz también comenzaron las persecuciones, arrestos, denuncias y redadas. Había que salir furtivamente de las casas para enterrar en el monte libros, fotos y discos prohibidos. Comenzaron también las redadas sorpresivas y a los diez o quince intelectuales y artistas locales se nos “invitaba” a reuniones y modestas comidas en la recientemente inaugurada Unidad Regional 3. Y ahí se nos testeaba, se nos sonsacaban amistades, relaciones, datos, opiniones, ideas sobre la marcha del pueblo y del país (era como en el truco…) Varios nos dedicábamos a la poesía y al folklore y se fijaban en qué escribíamos y de qué autores eran los temas musicales que interpretábamos. Estábamos en la cuerda floja. No participábamos de ninguna lucha armada, pero el solo hecho de no pensar como ya ellos nos condenaba. Bastaba ser amigo de alguien más comprometido que uno, formar parte de un gremio o agrupación, o figurar en alguna agenda por cualquier motivo y eso bastaba, a veces para perder la vida. Muchos tendríamos que habernos exiliado porque na había seguridad de nada, pero por razones familiares, económicas, etcétera, no cualquiera podía. Nos consolaba la idea de que en algún momento eso terminaría; mientras tanto valía la pena preservarse para proteger a los seres cercanos y cuidar lo poco que hubiese en las instituciones, agrupaciones, proyectos y vocaciones personales orientados principalmente hacia la libertad.

Hay mucho para escarbar y sacar a la luz desde la memoria silenciada de la Villa, de lo cual lo recién dicho es una mínima muestra.. Pasa el tiempo y se van perdiendo datos y referentes que puedan aportar información de la que no ha quedado constancia, sobre todo porque hubo quienes se encargaron de hacerla desaparecer durante los años oscuros del proceso: como a las mismas personas que desaparecieron de Carlos Paz por defender los derechos y las libertades de todos nosotros.

Nací, crecí, y voy a desaparecer en esta Villa-ciudad en la que siempre se miró con muy malos ojos hablar públicamente de “cosas” que ahuyentaran al turismo: la tuberculosis, el lago enfermo, la inseguridad, la droga, los pobres. Y sobre todo las ideas “equivocadas” con trasfondos socialistas, izquierdistas. Cosas para nada agradables y divertidas: pero REALES y necesarias para una sociedad –como la nuestra, de casi cien mil personas- que si niegan una parte de su historia, terminan creciendo amputadas y siempre actuando como en el teatro: olvidándose de sí mismas para gustar a los demás.

Hoy mi homenaje también es lírico, sin marcha y sin pañuelos blancos por las calles, pero con profundas y comprometidas marchas por dentro y en la casa. Se trata de un poema escrito por aquellos días de sueños y libertades quebradas. De desaparecidos: cada vez más presentes que muchos de los que pasan todo el tiempo haciéndose ver. Había mucho miedo, sí, pero la inconsciencia poética de hacerse cargo de él.

HABITANTE DEL MIEDO

La fiesta

Termina para todos.

Unos antes,

otros más tarde,

van llegando al miedo

Y callan…

Pero yo

desde siempre

estuve aquí.

Vengan

a decir en mí

la parte

que les toca.

                      A.Parfeniuk

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