La verdad y la vida. Por Néstor Pérez

martes, 14 de abril de 2020 · 11:13

Por Néstor Pérez

(Escritor y periodista.)

Ilustración: El grito. de Edvard Munch
 

 

 

Te vas a morir en cuestión de meses, no hay cura...Yo no te lo quería
decir pero, tu marido/mujer...Acabo de escuchar al gerente, a vos te
rajan...Cuanto más fácil sale de nuestros labios una mentira compasiva
que la verdad cegadora pero constructiva, lo pensaron?...Mentimos todo
el tiempo, nosotros, la sociedad, el pueblo, vos y yo, pero
indefectiblemente algo nos avala, encontramos la cuerda que nos
desahoga, esa mínima licencia para creer que, bueno, al fin y al cabo,
no era nada del otro mundo. Apuro aquí mi primer interrogante, ¿por
qué suponer que no decir la verdad nos está permitido en tanto simples
gobernados, al tiempo que exigimos al gobierno que no lo
haga?...Planteo a partir de aquí mi conjetura (mi tesina mentida, para”conjurar la desmesura).

Cuando la vida cobra la relevancia que hoy tiene, porque nos sentimos
vulnerables, cada dato que nos provean debería ser cierto, para que
podamos darle un marco de contención adecuado a nuestras expectativas;
sin embargo, es también el tiempo de la mentira digital, la red
de conexiones globales que mal suponemos tienen algo de la verdad que
hacen circular, la que no cancela  el rumbo ni el ritmo de los negocios a bordo de los
medios masivos de comunicación que sigue ofreciendo por igual opacidades y
certezas; con lo cual, el ciudadano que recibe un ataque masivo de datos compuestos en dudosas piezas
periodísticas. Es en momentos de máxima incertidumbre como éste, en donde nos acorrala una enfermedad sin dique de contención, cuando la verdad adquiere el volumen crítico. Hoy se dice que solo hagamos caso a los datos provistos por el ministerio tal, que sigamos en la página web los datos oficiales de… Esta conducta hoy se espera del pueblo porque se supone que la información de fuente pública es veraz. Pero ese juicio encierra el problema…se supone, hay mucha fe soportando la idea de que oficialmente se dice la verdad.

                                                                                       

La dirigencia política miente por instinto de supervivencia, “si decía lo que iba a hacer en su gobierno, no lo votaba nadie señaló en los noventa el tenista Guillermo Vilas en relación a quien se le atribuye equivocadamente la frase, Carlos Saúl Menem. Que no lo haya dicho nunca no diluye la cuestión, porque fue cierto de todos modos: hizo exactamente lo contrario a lo predicado.

El cupón de deuda atado al PBI durante la administración 
CFK, llevó a mentir sobre la  inflación, la intervención del INDEC para pisar la medición fue su capítulo clave, y la pobreza su subproducto. A muy poco tiempo de su fin, la memoria no debe esforzarse tanto para recordar que el macrismo hizo gala de un repertorio de mentiras que  desmentía al instante el propio rumbo del genocidio social perpetrado.

Nos acostumbramos a aceptar mentiras cuando deberíamos protestar su despliegue en la escritura política contemporánea. Hanna Arendt dice en un libro que el cronista desearía haber leído (no miente que lo hizo), “La mentira en política”: “No debe sorprendernos la estrecha relación entre mentira y política: los actores políticos quieren cambiar el mundo y a veces se les va la mano y quieren hacer con el mundo de los hechos ya ocurridos lo que solo puede hacerse con los hechos por venir—cambiarlos. Esto no quiere decir que no haya que rechazar el uso de la mentira en política, simplemente quiere decir que esta es una “deformación profesional” de los actores políticos y que no es razonable esperar que desaparezca por completo alguna vez. 

Sumemos a un hombre que afiló su espada en la piedra del kirchnerismo, José Pablo Feinmann cuando apuntó en “La verdad ha muerto”, poco antes del final de ese ciclo: “Si yo tengo doscientas o trescientas bocas comunicacionales a través de las que enuncio mi interpretación de la realidad ésta se transforma
en la verdad porque logro convencer a la mayoría. La verdad
es hija del poder. Hoy más que nunca por el despliegue agobiante de los medios de comunicación. Esto no significa que no existan
verdades alternativas a la del poder mediático. Pero serán muy débiles, ya que el monopolio mediático
alternativas a la del poder mediático. Pero serán muy débiles. Ya que el monopolio mediático (y, no lo olvidemos, los medios de comunicación son el partido político de la derecha) se ha ido devorando a todas las fuerzas competitivas del mercado. El mercado no es libre y es anti democrático”. De acuerdo, pero sigue sin resolverse el dilema de hombres y mujeres que necesitan se les diga la verdad, una verdad como madero ante el naufragio.

Me anticipo al reclamo con el que podrían raspar mi razonamiento, y digo que es el gobierno y no las corporaciones al que debemos pedirle nos diga la verdad toda vez que los negocios privados se inscriben en la subjetividad de un sistema proverbialmente falaz, el de las transacciones comerciales. Y es el gobierno, aun bajo fuego de los mercados financieros, alevosía de negocios mediáticos o incendio sanitario, el que en democracia dispone situaciones en las que todo se tumba de cabeza.

Buscamos la verdad para apalancar nuestras vidas y seguir rodando, hacia adelante, hacia el futuro que podría no ser tan malo como se presagia.

Cierro con una licencia, la referencia personal, lo que alguna vez escribiera en un ensayo que llamé “Fundidos en el capital ajeno, otra vez”: ‘ Imaginemos que el territorio nacional reposara sobre una fractura geológica que al desestabilizarse pudiera poner en grave peligro al pueblo que sobre ella viviera. Evacuar sería la diferencia entre la vida y la muerte (…) ¿le creerían los ciudadanos al gobierno que está sucediendo lo que informa?’…

Estamos parados sobre esa falla. Es preciso que podamos confiar en la verdad oficial, nuestras vidas dependen de ello.

 

 

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