Lo que vendrá después del coronavirus en los países hegemónicos

martes, 14 de abril de 2020 · 14:31

Por Elvin Calcaño Ortíz

(ALAI am)

 

Actualmente, la lucha contra el coronavirus a nivel mundial -en tanto la covid-19 ya abarca a casi todo el planeta- se centra fundamentalmente en la capacidad de respuesta de cada país ante la emergencia sanitaria. Predomina en la opinión pública internacional, así como en el imaginario de la gente común, la discusión sobre mascarillas, pruebas, UCIs, respiradores y sistemas sanitarios. Y también, surgen interesantes debates acerca de las cuarentenas y toques de queda que nos tienen a todos encerrados en una suerte de panóptico moderno. Sin embargo, una vez pase esta fase de la crisis, cuando disminuyan las curvas de contagios y muertes, se vendrá otro escenario de discusión tan o más importante que estará orientado, en nuestro análisis, por una disputa de sentido a fin de determinar quién o quiénes escribirán e instalarán la narrativa oficial post coronavirus.

 

Será el sentido a partir del cual se orientarán gobiernos, organismos mundiales y ciudadanos de a pie para tomar decisiones sobre la “recuperación” en medio de la profunda crisis económica y social que dejará esta pandemia. Ese terrero, debido a sus implicaciones, se constituirá, a nuestro juicio, en la disputa más importante en lo que va de siglo. Y lo que de ahí salga, será aún más determinante que las terribles cifras de muertos y enfermos que está dejando el virus como tal. Esa disputa, proponemos para el análisis, transcurrirá en dos claves geopolíticas: a nivel de los países centrales y otra a nivel de los países periféricos. Y, a su vez, habrá elementos transversales que atravesarán ambas. En este primer trabajo nos centraremos en los países centrales. Veamos.

 

La Europa arrasada y quebrada por la austeridad

 

En Europa, al corte del día en que se escriben estas líneas, el coronavirus ha dejado un saldo de alrededor de 75 mil muertes. Más del 90% de las cuales se concentran en siete de sus más de 30 países: Italia (19,468), España (17,100), Francia (13,851), Inglaterra (10,612), Bélgica (3,600), Alemania (2,886) y Holanda (2,747). Estamos hablando del occidente europeo que, a su vez, es la región más rica y políticamente central del continente y la Unión Europea en su conjunto. Empero, el impacto de la pandemia, en términos de muertes, sobre todo, varía proporcionalmente dentro de grupos de estos países. Para efectos de esta reflexión, quisiera abundar en lo siguiente: en las dos naciones del sur europeo que conforman el grupo de países enumerado, esto es, España e Italia, la covid-19 ha tenido un resultado de muertos y colapso de los sistemas sanitarios mucho más significativo que en los del norte. De ahí, la indignación que generó entre los mandatarios de España, Italia y Portugal la postura del primer ministro holandés, cuando, en el marco de una reciente reunión de jefes de gobierno de la zona euro que tenía como objetivo aprobar medidas urgentes para atender la crisis del coronavirus, este último manifestó que las naciones del sur no habían hecho la tarea (en términos de disciplina fiscal). Negándose, así, a cualquier medida europea de rescate que no implicase condicionamientos fiscales a los países más endeudados. Ahora bien, ese quiebre esconde cuestiones políticas de fondo.

 

Tras la crisis financiera de 2008, la Unión Europea comandada por Alemania impuso la política de austeridad a los países del sur de la zona euro altamente endeudados. Lo cual implicó, para estas naciones, una larga estela de medidas neoliberales de sus gobiernos. Que, vale señalar, eran en ese entonces casi todos de derecha; y por tanto no se les hizo difícil, ni en lo ideológico ni de cara a sus bases sociales, implementar aquellas políticas. Sin embargo, la puesta en marcha de la austeridad como modelo de gestión estatal y narrativa europea oficial, significó para España, Italia, Grecia, Portugal y otros, la reducción de lo público en aras del ideal de crecimiento y “estabilidad” más adelante. Es decir, la disciplina fiscal, reduciendo el Estado a su mínima expresión mediante privatizaciones y concesión de funciones, en pos de la “eficiencia”. Siendo lo privado, en el marco del sentido común que orientaba esa visión, mejor que lo público. Así, en España, por ejemplo, la inversión en sanidad respecto al PIB pasó de 6,7% en 2009 a 5,9% en este 2020[i]. Según el investigador británico David Stukler, 180 mil españoles perdieron acceso a atención médica preventiva como consecuencia de esos recortes[ii]. Otro ejemplo de la gravedad de esa política es que, en la Comunidad de Madrid, de la mano de gobiernos del conservador Partido Popular, se eliminaron sobre tres mil camas en hospitales públicos[iii].

 

En Italia, de su lado, los datos son aún más dramáticos. En este país llevan más de una década con gobiernos de derecha que asumieron la austeridad a raja tabla. “Un informe publicado el año pasado por la fundación Gimbe considera que, en la última década, el sistema de salud público ha recibido un tijeretazo de 37.000 millones de euros en su financiación. El número de trabajadores indefinidos en el sector público se ha reducido en más de 42.000 personas mientras se cerraban hospitales por toda Italia. El número de camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes ha caído así hasta las 3,2, frente a una media europea de 5”[iv].

 

La austeridad impuesta a estos dos países -que a la sazón hoy registran los datos más espeluznantes sobre muertes a raíz de la covid-19- se dio en el marco de una dinámica de relaciones de poder a lo interno de la Unión Europea donde Alemania, desde su banca pública y privada, dictaba las pautas fiscales y económicas al resto de sus socios europeos[v]. Una Alemania que, en tanto motor económico de la zona euro por su productividad exportadora y crecimiento sostenido[vi], se erigió en el poder real del euro más allá de la institucionalidad formal en Bruselas. Donde entonces, según los intereses alemanes es que se timonea el barco europeo. Y, asimismo, los países del norte comenzaron a hacer bloque con los alemanes para “disciplinar” los del sur. En ese contexto, se instauró un quiebre entre el sur y norte europeo.

 

Lo cual debemos ver en perspectiva histórica. Esto es, el norte europeo de la ética protestante de Weber ejerciendo colonialismo interno respecto al sur “indisciplinado” (es decir, menos “civilizado”). Esa lógica de colonialidad interna, colocada en claves civilizaciones de la modernidad (la línea ascendente hacia el progreso que unos alcanzan primero por ser más “civilizados/disciplinados”) rompió por dentro el modelo comunitario europeo. El cual, para que tenga sentido histórico e incluso económico, debe operar hacia la reducción de las asimetrías y no a exacerbarlas. Que es lo que la Amenia de Merkel, con su balanza de pagos muy por encima de sus socios,[vii] ha estado incentivando acompañada de sus correligionarios del norte.

 

La financiarización precarizante de la sociedad estadounidense

 

Estados Unidos es el eje más importante de la centralidad atlántico-norte global. En este país el neoliberalismo reganiano, implantado como lógica económica y sentido común desde los 80, ha ido cercenando lo público sistemáticamente. Pero en claves algo diferentes a las del sur de Europa. La desregulación bancaria, en tanto pilar del proyecto de acumulación de las élites financieras desde la década de los 70, instaló el predominio del sector financiero por sobre la economía productiva[viii]. Y así, la financiarización con sus traducciones en términos de desterritorialización de empresas (que mudaron sus plantas a países de Asia y América Latina para abaratar costes de producción), precarización de las clases medias (en esto semejante a Europa) y preponderancia de las élites financieras a través de su influencia en las estructuras del poder político. Estados Unidos, en ese contexto, se alejó del gran ideal fundante de su otrora hegemónica clase media a medianos del siglo XX: que se sustentaba en el entendido de que, en la medida de que la clase media prosperara, lo hacía el país en su conjunto. El capitalismo financiero dio al traste con ello apuntalando una élite desvinculada del estadounidense promedio. Y que, por medio de instrumentos financieros, acumula amplias riquezas sin necesidad de vincularse a la economía real donde actúan las personas comunes.

 

Con la elección de Trump, esas élites encontraron una figura que, con su discurso enmarcado en el populismo conservador dirigido a los trabajadores blancos precarizados, les representa grandes beneficios. Esto por las políticas trumpistas de más desregulación financiera, exenciones fiscales a las ganancias de capital y expansión del complejo-militar industrial a través de transferencias del presupuesto público. Así, estas élites se vieron de pronto con un portavoz que, desde una narrativa anti establishment validada por buena parte de la clase media blanca, gobierna realmente para ellas. Pues no toca lo fundamental que es la desigualdad. Trump empobrecido aún más a los trabajadores al tiempo que, con la reforma fiscal que logró aprobar en el Senado republicano, apuntaló las ganancias del capital financiero y de grandes empresas[ix]. Quienes, como señala el nobel de economía Joseph Stiglitz, en lugar de invertir lo acumulado con las deducciones y ventajas que posibilitó dicha ley, utilizaron ese capital para comprar más acciones; esto es, más instrumentos financieros.

 

La llegada del coronavirus, en ese contexto, ha encontrado unas clases medias y pobres estadounidenses más vulnerables que nunca. Con un sistema médico atravesado por la lógica de la ganancia y por tanto desvinculado del interés público. Y con millones de personas, mayoritariamente latinos y afroamericanos, sin seguro médico. Así como una clase media blanca con altos índices de endeudamiento por concepto de gastos médicos[x]. Una fragilidad extrema que la vemos manifestarse, con brutal crudeza, en las cifras de muertos que va dejando la covid-19 en este país. Al igual que en el sur de Europa, particularmente España e Italia, dichas muertes las causa la perversa lógica neoliberal. Los muertos españoles e italianos (el 95% aproximadamente personas mayores de 65 años) y los estadounidenses (que, en ciudades como Nueva York, actual epicentro mundial del virus, el 65% son latinos y negros) son víctimas del neoliberalismo.

 

La post pandemia en el primer mundo

 

Estas personas muriendo por miles cada día, son víctimas de un modelo perverso e inhumano que puso las ganancias de élites financieras y el 1% más rico por encima de la vida de la gente común. Y que, mediante una calculada estructuración discursiva, convenció a millones de pobres y clasemedieros de que debían adoptar los intereses del 1% más rico como propios. Lo cual se gestó en el marco de un paradigma donde lo privado, por cuanto “eficiente”, se considera siempre mejor. Y que, asimismo, cristaliza el ideal individualista que sentencia que cada quien debe garantizar su sustento por sus medios. El estado, en el marco de ese imaginario, se asume como una maquinaria que debe sólo promover la realización individual desde mínimas intervenciones a partir de la eficiencia gerencial. El paradigma descrito por Chul-han del sujeto gerente de sí mismo instaurado como lógica de gestión estatal.

 

En ese proceso, los países centrales del sistema-mundo teorizado por Wallerstein, dejaron literalmente a la intemperie a sus ciudadanos comunes. Sin salud y sin un estado capaz de generar respuestas orientadas a la gente, y no a la lógica de acumulación del mercado, cuando surgen graves crisis colectivas. En ese contexto, es que irrumpió la pandemia covid-19 en estos países centrales del atlántico norte. Pandemia que, debido a sus características, precisamente exige una gran respuesta médica y técnica desde los estados. Así como alta eficiencia en función de lo público. Esos más de 90 mil muertos entre Europa y Estados Unidos que va dejando la covid-19, son víctimas del neoliberalismo antes que del virus en sí. Son los que pueden morir, en tanto prescindibles de cara a la acumulación financiera, sin mayores consecuencias.

 

Hay un hecho que ilustra con mucha claridad todo esto dicho. Ocurrió, según refirió en una nota de prensa el diario New York Post, con un señor millonario residente del exclusivo sector neoyorkino de Upper East Side que llamó a una empresa de alquileres para rentar inmediatamente una casa en el área costera de Long Island en los Hamptons (lugar de veraneo de los ricos de Nueva York). Vivienda que terminó rentando por un mes por 600 mil dólares, a través de una transacción desde se celular, mientras huía con su familia tras la declaración del estado de emergencia. Los ricos han huido de la zona metropolitana de Nueva York para evitar contagios[xi]. Mientras que los que no se pueden ir, porque apenas les alcanza para pagar la renta de sus pequeños apartamentos en el Bronx o Queens, tuvieron que quedarse encarando la pandemia desprotegidos. Y estos últimos son los que ahora engrosan el listado de pobres que diariamente mueren por cientos en la ciudad. La capital del mundo, como le llaman en películas, esconde una cruda realidad de desigualdad que ahora la covid-19 devela completamente.  

 

Cuando pasen las cuarentenas y encierros, la disputa por el sentido de esta crisis estará dada en estos países centrales, los cuales, como vimos, esconden profundas desigualdades y exclusiones. Una de las características de la lógica neoliberal, a lo interno de estas naciones centrales del sistema-mundo, es que instaló procesos de colonialidad que antes sólo estaban referidos al sur global. Porque si antes era en el sur, a partir de lo que teóricos decoloniales latinoamericanos denominaron la línea de color, que a las masas no blancas se les podía matar y explotar sin consecuencias, ahora dentro de países como Estados Unidos, Inglaterra y España el neoliberalismo convirtió millones de vidas también en prescindibles. Vidas blancas en sentido fenotípico, pero a las cuales se les comenzó a aplicar una lógica de la exclusión que previamente se restringía a las poblaciones del llamado tercer mundo. Las clases medias y pobres dentro de estos países, así las cosas, están viviendo lo que sus élites siempre aplicaron, por medio del expolio y guerras, a las muchedumbres africanas, asiáticas y latinoamericanas. Esto es, el neoliberalismo construyó en el propio centro del mundo fronteras de vida o muerte en función del color y clase social. Lo que siempre hizo el capitalismo occidental en el sur.   

 

Empero, nada está definido completamente y hay mucha historia por escribir. Tras esta crisis sanitaria donde lo realmente mortal no es el virus en sí mismo, sino la lógica neoliberal, los excluidos del primer mundo tendrán que disputar el sentido de lo público y la vida misma ante este modelo de muerte y desigualdad. Frente a una normalidad que escondía la total exclusión de los prescindibles para el capital, y que, en ese marco, fueron abandonados a su suerte sin nada con qué defenderse. En Estados Unidos hay lugares como Luisiana donde la gente negra, que no es ni el 25% de la población total, está poniendo más del 70% de los muertos asociados a la covid-19. En Nueva York cerca del 65% de los que mueren a diario son latinos y negros. Cifras brutales que claramente indican que las condiciones sociales previas a los contagios, es lo que determina quiénes tienen más probabilidades de morir. Son las clases trabajadoras estadounidenses que una larga historia de mala alimentación, basada en comida chatarra barata, y poco acceso a salud preventiva porque no tienen el dinero, convirtió en vulnerables frente a un virus de este tipo. Igualmente, son los viejos y trabajadores de España e Italia que la austeridad dejó sin hospitales adecuados y sin un estado capaz de responder ante una emergencia sanitaria inédita.

 

Todo lo cual fue la normalidad instalada por el neoliberalismo a través de sus aparatos mediáticos formateadores de mentalidades, así como cantos de sirena meritocráticos según los cuales a cada quien según lo que se esfuerce. El 1% más rico de estos países tratará de mantener dicha normalidad, esto es, el mismo esquema de relaciones de poder, mediante la vieja fórmula de cambiar algo para que todo lo fundamental siga igual. Y, en el contexto que se viene, cambiar lo fundamental implicará en estos países centrales, por ejemplo, colocar el centro del debate en la desigualdad. Pues las condiciones estarán dadas para que, en cambio, el nudo de la discusión se dirija, desde la hegemonía mediática de las élites, a criterios de bioseguridad, vigilancia y contención de fronteras para “evitar otra pandemia”. Lógicas de sentido donde nacionalistas y populista de derecha -que como vimos igual que Trump apelan a lo popular cuando en el fondo trabajan para los de arriba- se sentirán cómodos e impondrán su agenda. Toda solución de cara al futuro, tras el mundo que dejará la convid-19, tiene que pasar por la confrontación a la desigualdad como la causante real de las muertes y, asimismo, como el fundamento del neoliberalismo que expuso a la muerte a las mayorías europeas y estadounidenses.

 

La disputa estará ahí y la gente tendrá que salir a darla. Preguntándose, por ejemplo, ¿cómo es posible que sociedades con tan fabulosas riquezas, sedes de la mayores empresas y fortunas del planeta, tengan gente que se muere porque no tenía para pagar un médico tras haberse contagiado?, ¿cómo es que a los viejos de Madrid y el norte de Italia los tienen que dejar morir porque ya no hay camas ni equipos médicos en hospitales públicos que la austeridad vació y abandonó?, ¿por qué los millonarios del Upper East Side de Manhattan garantizan la vida en las afueras de la ciudad mientras adentro se construyen fosas para enterrar muertos que nadie reclama? La disputa por lo público será, fundamentalmente, una disputa por la vida en estos países centrales en los que la mayoría de su población se convirtió en prescindible, o algo secundario, frente a la primacía de la ganancia de minorías ultra ricas.

 

Así, en esa parte del mundo, la disputa de sentido consistirá en definir qué se escribe y entiende sobre las causas fundamentales de tantas muertes durante la pandemia. Quiénes fueron los que murieron y por qué fueron ellos. Qué relaciones de clase, raza y género había debajo de esas causas. Esa será la lucha más importante. Incluso más central, paradójicamente, que la actual batalla por salvar vidas con UCIs, respiradores y personal médico adecuado.

 

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