Silicon Valley y el Virus

miércoles, 22 de abril de 2020 · 19:14

Por Deepti Bharthur

(ALAI am)

La crisis de Covid-19 ha permitido a la Gran Tecnología alejarse del estrépito regulatorio que la rodea desde hace un tiempo.

 

El año 2019 fue el año del "primer gran conflicto tecnológico", cuando los reguladores empezaron a rechazar las tendencias de la gran tecnología de devorarse el planeta y lanzaron investigaciones antimonopolio; cuando los usuarios exigieron una mayor responsabilidad de las plataformas de medios sociales respecto a sus normas arbitrarias de gestión de contenidos; cuando un candidato presidencial de los Estados Unidos basó, en gran parte, su agenda de campaña en la propuesta de fragmentar Facebook; y cuando el capitalismo de vigilancia se convirtió en un término omnipresente en el lenguaje común.

Y luego vino la gran enfermedad, que se extendió por todo el paisaje y las cosas tomaron un giro diferente.

Así es como uno se imagina que los historiadores en un futuro lejano podrían narrar el período actual en la política tecnológica.

Tal vez con algo menos de floritura.

La crisis de Covid-19 ha presentado a Silicon Valley y a sus homólogos de todo el mundo una sobresaliente oportunidad de rebrote, una sólida chance de reescribir la empañada retórica filtrada inconvenientemente en una narrativa otrora célebre de innovación y disrupción positiva. Olvídese del extractivismo de datos sin restricciones, las actividades anticompetitivas desenfrenadas, las innumerables injusticias cometidas contra los trabajadores de las plataformas. Dirija su atención en cambio a las herramientas de secuenciación metagenómica impulsadas por las divisiones filantrópicas de Facebook y Microsoft para rastrear las infecciones por Covid en Vietnam y Camboya; los 100.000 nuevos trabajadores que Amazon ha contratado, junto con los aumentos salariales para sus trabajadores de almacén; el streaming gratuito de Amazon Prime para los niños; y el apoyo de Alphabet a los esfuerzos de testeo de virus por parte del gobierno de los Estados Unidos.

 

Como señala Steven Levy en su artículo para Wired, lo que estamos presenciando es un "deus ex máquina" en el que "mientras que las fechorías de Big Tech son todavía evidentes, sus acciones actuales ahora nos importan más".

 

La pandemia del Covid-19 ha desatado una crisis de salud pública mundial sin precedentes. Los sistemas y las cadenas de suministro se enfrentan a rupturas brutales. El mundo se encuentra paralizado en cuestión de días, con individuos y comunidades aislados y desvinculados indefinidamente. Los líderes elegidos en todas las naciones se enfrentan a las lamentables insuficiencias del magro y mezquino aparato estatal neoliberal por el que han trabajado tan meticulosamente durante décadas.

 

¿A quién recurrimos ahora para evitar que las ruedas del motor del mundo se detengan? ¿Para mantenernos trabajando, comprando, comiendo y haciendo ejercicio? ¿Para mantenernos informados, conectados e incluso entretenidos mientras nos refugiamos y aguardamos el mayor bloqueo del mundo? No es de extrañar que, mientras todos nosotros nos deslizamos a tientas hacia una apariencia de normalidad, no podamos evitar agarrar con ambas manos las herramientas que ofrecen empresas como Amazon, Google, Netflix, Facebook, y ahora cada vez más Zoom, la tecnología de videoconferencia a distancia que se ha convertido rápidamente en la tecnología de vanguardia del momento, cuando millones de personas empiezan a trabajar desde sus hogares.

 

Pero esto no termina ahí. Al igual que nosotros, nuestros gobiernos también buscan la ayuda de estas empresas en estos tiempos difíciles. En la primera línea de la crisis de Covid, sólo un paso por detrás de la comunidad sanitaria, es donde encontramos a la Big Tech (las grandes empresas tecnológicas). Vemos como titanes de la industria como Bill Gates, Mark Zuckerberg y Jack Ma hacen promesas tranquilizadoras a la comunidad mundial - desde actos generosos de filantropía dirigidos a las pequeñas empresas, intensificación de la producción y entrega de suministros médicos cruciales como máscaras y kits de pruebas hasta la creación de un acelerador dedicado a los esfuerzos de investigación y desarrollo de una vacuna. Incluso plataformas regionales como Gojek de Indonesia y Zomato de la India se han comprometido a crear fondos de financiación social para apoyar a sus trabajadores, comerciantes y socios. Para fomentar las transacciones a distancia, las plataformas y empresas tecno-financieras han empezado a ofrecer productos y servicios gratuitos y con descuentos.

 

Invirtiendo la narración

 

El actual entorno mundial ha hecho posible que los actores de la economía digital se reconfiguren de forma positiva y se alejen del estrépito normativo que los rodea desde hace tiempo. Pero lo más importante es que han reforzado su importancia crítica para la economía mundial. Al final, su dominio sobre el mundo puede ser más fuerte que nunca.

 

Consideremos el caso de China, el primer epicentro del brote del coronavirus. De manera muy similar a la forma en que la epidemia de SARS de 2003 catalizó la adopción masiva del comercio electrónico en China, la pandemia de Covid ha catapultado a mayores alturas a las superplataformas del país, como DiDi, JD, Alibaba y Tencent. La demanda de comestibles y entrega de alimentos, servicios de telemedicina, herramientas de trabajo a distancia y juegos en línea se disparó en febrero cuando el brote estaba en su punto más alto en la región. De hecho, el incremento de captación de las plataformas observado durante el confinamiento podría ampliar las ventas de comercio electrónico en China a más del 50% de todas las ventas al por menor a finales de 2021, superando las ventas fuera de línea en un par de años.

 

No debería sorprender que con los esfuerzos mundiales encaminados a aplanar la curva, el comercio electrónico y las plataformas de entrega hayan hecho posible y eficaz el distanciamiento social en los densos núcleos urbanos al anular en gran medida la necesidad de viajar y el contacto con la comunidad. Por ello, cuando la India, la segunda nación más poblada del mundo, impuso un "cierre total" de 21 días el 23 de marzo, una de las primeras medidas del gobierno fue categorizar al comercio electrónico como un servicio esencial, abarcando plataformas populares de entrega de alimentos y de venta al por menor de comestibles como Zomato, Swiggy y Big Basket, así como las plataformas generales de venta al por menor como Flipkart y Amazon. Esto se hizo con miras a minimizar los movimientos para compras esenciales en la medida de lo posible. Al día siguiente, las compañías de telecomunicaciones tuvieron que pedir al gobierno que obligara a las plataformas de VoD como Netflix, Amazon Prime y Youtube a reducir su calidad de transmisión de HD a SD para evitar un estrés excesivo en el ancho de banda cuando los indios comenzaron a quedarse en casa y a ver contenido de forma compulsiva.

 

Nada de esto es motivo de celebración. Lo que estos desarrollos indican no es un caso de reforma y arrepentimiento de la Big Tech. En vez de eso, lo que estamos presenciando es probablemente sólo la punta del iceberg de nuestra dependencia total de las poderosas corporaciones digitales.

 

Por otro lado, mientras que el resto de la economía global cae en picada a un ritmo alarmante, las grandes empresas de tecnología siguen en pie, sufriendo sólo pérdidas temporales. Incluso cuando las fortunas de Wall Street han arrasado con casi 1,3 billones de dólares de la riqueza de las mayores empresas tecnológicas - Apple, Microsoft, Amazon y Alphabet y Facebook - estas empresas son también las que más dinero en efectivo poseen y tienen los bolsillos más profundos; atributos que garantizarán su triunfo en un clima económico adverso en el que los actores económicos menos resistentes se derrumbarán y morderán el polvo. En un escenario en el que incluso las start-ups prometedoras se enfrentan a graves problemas por ingresos retrasados y cancelados, tasas de despido inmanejables, reducción forzosa del personal y disminución del interés de los inversores, un mercado tecnológico competitivo puede muy bien convertirse en un cuento de fantasía, ya que la mayoría de los actores más pequeños terminan cerrando o vendiendo a los actores más grandes del ecosistema.

 

Otras empresas pioneras se beneficiarán al capitalizar las nuevas propuestas de negocio creadas por el brote. Las plataformas de colaboración a distancia gratuitas como Slack y Zoom han experimentado un gran aumento en la aceptación por parte de los usuarios en las últimas semanas. Las acciones de Zoom, de hecho, se han disparado hasta alcanzar una valoración de 29.000 millones de dólares, ya que todo el mundo -desde las universidades que tuvieron que cancelar abruptamente el semestre y tomar cursos en línea, hasta los adolescentes que celebran fiestas de cumpleaños a distancia- llega a confiar en la plataforma para conferenciar con múltiples usuarios. Las plataformas de salud, bienestar y teleterapia también están viendo un aumento de la demanda y podrían experimentar un momento decisivo para el fenómeno de la "tecnología en la salud".

 

Además, si las respuestas mal preparadas de los gobiernos de todo el mundo a la situación del coronavirus han dejado claras las agudas repercusiones del desmantelamiento del estado de bienestar, también han arrojado luz sobre una verdad mayor y más insidiosa: en gran parte, las empresas de tecnología son ahora los nuevos servicios públicos esenciales de nuestros tiempos. Tendremos que confiar en ellas para seguir haciendo nuestro trabajo, ir de un lugar a otro, mantener nuestras cadenas de suministro en funcionamiento, acceder a los alimentos y a los productos esenciales, recibir actualizaciones y servicios de salud críticos, permanecer informados, y quizás satisfacer esa necesidad sentimental pero completamente humana de conectar con los demás.

 

Lo que estamos presenciando es el surgimiento de un ecosistema extra-institucional totalmente privado, que es enormemente poderoso y al que se le confía cada vez más la determinación del curso del interés público a través de decisiones ejecutivas. Así es como llegamos al estado actual de cosas: donde las plataformas de llamadas para gestionar transporte pueden interrumpir abruptamente los servicios y ahogar el sustento de miles de conductores, las plataformas de comercio electrónico pueden dejar de prestar servicios unilateralmente a los comerciantes que venden productos no esenciales y liquidar sin querer a cientos de pequeñas empresas, nuestra esfera pública puede ser censurada con excesivo celo por la IA en la búsqueda de información errónea sobre Covid, y donde incluso las tecnologías de conferencias a distancia que aparentemente salvan vidas pueden explotar nuestra necesidad y extraer incesantemente datos sobre nuestro comportamiento "laboral".

 

Por supuesto, la sociedad civil y quienes militan en el espacio de la política tecnológica han continuado estando atentos a estos reveses y no han cedido terreno del todo. Un ejemplo notable de ello ha sido la forma en que la mayor popularidad de Zoom en los últimos tiempos también ha traído consigo un enfoque renovado y una aguda crítica de sus políticas de privacidad y seguridad de los datos, incluso desde sectores significativos como la oficina del Fiscal General de Nueva York. Dadas las numerosas preocupaciones que se plantearon sobre sus prácticas en materia de datos, Zoom también adoptó recientemente medidas para modificar su código a fin de dejar de enviar datos a Facebook. Esas intervenciones seguirán siendo necesarias, incluso cuando no exista una opción realista de excluirse del paradigma tecnológico actual y su aparato.

 

Como sucede con los primeros motines, tal vez nuestras rebeliones nacientes siempre estuvieron destinadas al fracaso. Los historiadores probablemente estarían de acuerdo.

 

- Deepti Bharthur es investigadora asociada de IT for Change, India.

Este artículo es parte de una serie sobre el coronavirus y su impacto, publicada por Botpopuli

Traducción del inglés: Javier Tolcachier para la revista Internet Ciudadana

 

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