El mañana es hoy

miércoles, 29 de abril de 2020 · 14:41

Por Víctor Manuel Barceló R.

(ALAI am)

 

 

La raza humana demuestra su fragilidad cíclicamente. La naturaleza en su evolución o la ciencia del ser humano en su conformación, la ponen en vilo y se cobran la dificultad para superar situaciones inéditas. Hablamos desde las catástrofes terráqueas como el diluvio –por más esotérico que parezca- hasta las erupciones volcánicas, temblores de magnitud superior, huracanes, sunamis y otras expresiones con que nuestro planeta nos muestra que aún está vivo y en constante transformación.

 

Pero hay otros fenómenos que son producto del accionar humano, del desarrollo de la ciencia y la tecnología mismas, que se centran en el bienestar de quienes las poseen para vivir en el confort más completo, sin importar que ello representa la afectación de los mares, la corrupción del aire que respiramos y el socavamiento de la tierra para extraerle sus elementos que la integran, pero que en su uso descontrolado provocan catástrofes menos visibles en su evolución, pero que a la larga afectan mayormente a la Tierra, el único vehículo en que circula la vida conocida.

 

Las afectaciones a nuestro planeta tienen una secuencia que se inicia hace milenios y van creciendo conforme la población humana aumenta y se distribuye por continentes y territorios. Junto a ello viene la evolución en su búsqueda de bienestar, factor que muestra diferenciaciones en trato a diversos grupos.

 

Unos, los dueños del capital en todas sus manifestaciones, culturas, pueblos y comunidades en general, logran un confort en veces excepcional, pero causando graves estragos a la conformación físico-biológica-ambiental de la superficie en que habitan, terminando cada vez más con especies vegetales y animales, incluso grupos humanos cercanos a las explotaciones de hidrocarburos y minerales, quienes sufren de enfermedades que alteran su hábitat y acortan sus vidas.

 

 El más reciente acontecimiento que altera la vida en el Planeta es el Covid-19. Dentro de su singularidad no es evento novedoso para la humanidad. La peste negra, el cólera, la gripe española, nos dieron lecciones que no aprendimos en su totalidad. Sus afectaciones van más allá de la parte médica, lo radical de su accionar sobre el cuerpo humano para llevarle a grandes sufrimientos, incluso a la muerte, cuyo asunto está siendo gestionado con variantes, producto de la idiosincrasia de cada continente, región, país, incluso localidades al interior de estos últimos. Pero los resultados hasta ahora permiten hacer algunas apreciaciones válidas.

 

Podríamos separar en dos grandes grupos a naciones y continentes por su manera de gestionar la pandemia: aquellos cuyas determinaciones oficiales son abiertamente acatadas por los habitantes, respondiendo a regímenes cuya rigurosidad es considerada afirmativamente en este caso. Otros, que lo están haciendo con ciertas “libertades”, en los que depende del grado de comprensión del problema, de la civilidad con que se atiendan las determinaciones medicas oficiales, de la humidad en que la reacción popular asuma los requerimientos para su combate, llegar a resultados positivos y perspectivas de solución previsibles y medibles.

 

 Es que no solo se trata de atender a la pandemia, sino ajustar clavijas en las afectaciones colaterales. Unas positivas, porque al estar bien o medianamente preservados los habitantes de ciudades o comunidades en los hogares, al detenerse en un alto porcentaje la movilidad social, dejar de volar aviones comerciales, movilizarse autos y vehículos de transporte de personas y mercancías, trasatlánticos turísticos, barcos de contenedores, maquinarias y equipos motorizados en fábricas, explotaciones agrícolas y otros aparatos para el confort humano, paralizados momentáneamente, dan un respiro formidable al Planeta.

 

 En poco tiempo se pueden apreciar, desde animales en extinción deambulando por mar, tierra y aire hasta admirar cielos azules limpios de impurezas y la recuperación de lluvias en ciudades y campos, que las habían visto alejarse peligrosamente para la vida toda.

 

El preocupante “cambio climático” se amortiguó y dio cabida a condiciones climáticas más o menos normalizadas. Las cosechas mostraron reacciones positivas por diversos puntos del Planeta, asegurando la alimentación humana. La lucha por la soberanía alimentaria podría encontrar cobijo en nuevas formas de gestionar la economía, desde lo local para construir un mundo que atienda a las necesidades de todos y olvide la servidumbre de los muchos ante unos pocos, dentro de nuestros países y a unas cuantas naciones controlando el proceso vital de la mayoría de pueblos y comunidades, como signo de la relación entre naciones.

 

Las condiciones descritas y muchos elementos más que se van constituyendo conforme avanza la pandemia en ruta a su control, nos hacen pensar en que no será igual la vida toda en la Tierra como la conocimos y hemos intentado anotar, líneas arriba. Entraremos a un tiempo nuevo que requerirá de libertades hasta hoy conculcadas en muchas regiones. Debemos ser renovadores, creativos, autocríticos, resueltos en nuestras decisiones de formas novedosas para gestionar todo lo relativo a la vida sobre el Planeta.

 

 Pero ¿cómo podemos prepararnos y preparar a las nuevas generaciones, en este caso latinoamericanas y caribeñas, para arribar a condiciones de conciencia colectiva y política en esa ruta?  En tanto superemos la pandemia –que puede requerir una temporada larga- debemos afinar los  instrumentos capaces de aprovechar las TyC y crear nuevos mecanismos que reciban un influjo razonado, preciso, que penetre en la vida y la conciencia de todos, chicos y grandes, con formación universitaria o sin ella. Una tarea adecuada al medio en que nos movemos y más en el que transitaremos tras superar el Covid-19, que abre la compuerta a un mundo diferente para el ser humano.

 

Las amenazas a la existencia de la vida, requieren de liderazgos consistentes, seres humanos probados en las contingencias, cuya    fortaleza y honestidad les permita entender la dimensión del desafío a que hay que dar la cara. Líderes que convencen e inducen a la acción colectiva, sobre todo de esos pobladores que no son considerados en las decisiones sobre su manera de existir, que desafortunadamente son las mayorías de nuestros pueblos.

 

 La Región cuenta con liderazgos de esa naturaleza, algunos, los más, acosados por fuerzas internas y externas a sus países que les impiden avanzar rápidamente en sus pretensiones de cambio social, avalados por grupos poblacionales cada vez más amplios. Otros, los menos, dirigen países, comunidades y pueblos para su bienestar en todos los órdenes, enfrentando una avalancha de intereses económicos, políticos y sociales, que no se resignan a compartir la riqueza producida por los más. Son quienes la detentan en enormes capitales fuera de toda razón.     

 

Gestionar un Nuevo Orden al servicio de las mayorías de la humanidad es una meta formidable. Cada paso será complejo, a veces doloroso, pero solo la persistencia permitirá alumbrar un Planeta sustentable, que abrace a todos sus seres vivos.

 

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