Tras los visillos de la absurda ventana

José María Cotarelo Asturias Desde Granada, España
sábado, 4 de abril de 2020 · 13:41

Por José Mª Cotarelo Asturias

Granada, España.

Marzo 2020

 

Asomarse hoy por enésima vez a la ventana, descorrer los visillos, ver si este nuevo paisaje o el de nuestra historia tiene sentido, si nuestro peregrinar tuvo alguna vez un objetivo por conocer. Da la sensación de que estamos más cerca del mono que de la racionalidad que hemos configurado a nuestra imagen y semejanza. Somos inevitables reos de nuestro pasado y de una genética  imperfecta que se trastoca al menor soplo.

Que después del Coronavirus ya no seremos los mismos es un hecho. Como decía (Mario) Benedetti, “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”.

Mientras nuestros políticos de turno andan por Las Batuecas, los profesionales sanitarios, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad   caen, la gente muere. Ahora nos damos cuenta de que es más importante una doctora, un enfermero, un campesino, un repartidor, la cajera, un camionero, el personal de limpieza que un delantero centro, un ministro, un youtuber, o algunos meapilas de esos que abundan en las televisiones basura de cualquier país.

Hay quienes llevamos tiempo diciendo que la sociedad estaba idiotizada, esclava de sus supuestas libertades y de las bondades que nos propiciaba la tecnología y sus mundos de afectos virtuales. Ahora nos damos cuenta de la importancia que tienen los abrazos, una cerveza con los amigos o una caricia. Mucho más que un comentario de Twitter o un “me gusta” de Facebook, que suprime o justifica la frivolidad de los afectos.

Esta pandemia es un test clarísimo si queremos aprender de sus resultados y de las nuevas conclusiones que éstas arrojan. Están en juego la confianza, los valores y principios, la libertad misma que entre todas las personas construimos. Corremos graves riesgos, sobre todo el de caer en manos de gurús, más interesados en difundir sus doctrinas y panfletos que en el interés de la ciudadanía. La solución ya no es individual, ni regional. Ha de venir de una amplia cooperación internacional que vele por los intereses globales y que dé una información veraz y de confianza y transmita las convicciones perdidas.

Humanicemos de nuevo el viejo mundo en el que estamos y aprendamos de las experiencias vividas. El desafío es grande y nuestra historia ya no se escribe con las mismas tintas que teníamos. Necesitamos nuevos valores culturales, fundamentos éticos y ecológicos, cooperativos, intelectuales; armonizarnos entre nosotros y con el planeta. Revisar orígenes y cimientos. Ya no somos los dioses que creíamos, ni lo son aquellos que como tales, se han erigido. Igual también es necesario recuperar los principios que tantos años nos sostuvieron y de los que nuestros viejos hicieron gala: el respeto, el compromiso, la justicia, la honorabilidad, la bondad, la honra, la honestidad… Hay que regresar a los sentimientos, al necesario humanismo, suprimido de nuestras escuelas y universidades…y así nos va.

Esta generación que no conoció la guerra, tiene ahora la posibilidad de asomarse tras los visillos, a esta absurda ventana y mirar el desolado paisaje de una realidad que se impone más allá de nuestra voluntad. Pueden ver la fragilidad del mundo del bienestar y preguntarse muchas cosas: si erramos en pensar que algo así no podría pasar, o simplemente si desde el mundo de la fanfarria donde nos han instalado, estábamos preparados para este vendaval que ahora, con las ventanas abiertas y las puertas cerradas, entra a nuestra casa. Pueden, podemos ver que por el horizonte de nuestro destino que simbolizaba una plácida puesta de sol, asoman ahora nubarrones y que más pronto que tarde arreciará la tormenta.

Durante tiempo, demasiado, hemos asistido a la migración de nuestros semejantes, los atentados terroristas, las luchas sociales, la hambruna africana, las guerras, los desastres naturales, creyéndolas cosas de otro tiempo, de otro sitio, cosas de los demás, que poco o nada podrían afectarnos, en caso de que a alguien le afectara lo que estaba pasando. Pero esta situación que vivimos nos tocó de lleno; removió nuestras estructuras, nos cambió el paso, el modo de ver detrás de los vidrios opacos de nuestra mente, el modo en que el viento trajo el miedo, cuando no, el pánico. A nuestro mundo de confort y control, ahora resulta que le faltan reactivos, mascarillas, batas, respiradores; que nos dimos cuenta de que despilfarramos en construcciones inútiles o cosas inservibles, cuando lo que hacían falta era investigación científica, hospitales y medios para proteger a sus profesionales y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad.

Miramos por la ventana y no vemos al enemigo. Pero el enemigo aguarda, acecha, mata. Como en la Historia Interminable de Michael Ende: “la Nada está destruyendo nuestro mundo. La Nada se hace cada día más fuerte”. El enemigo ahora no calza botas, ni lleva fusiles, ni cañones, ni rayos láser. En la guerra uno sabe quién es su contrario, el de ahora es un bicho extraño, al que difícilmente podemos ponerle cara. Se vacían las calles, los comercios, las terrazas de los bares… Pero no es suficiente. Metemos a las personas en sus casas o las llevamos a hospitales en espera de que alguien, o las circunstancias por si mismas, decidan a quién poner o quitar el último respirador desembalado. No, no estábamos preparados para asomarnos a este paisaje de drásticas decisiones, de medidas más o menos desafortunadas, de irresponsabilidades a cientos, de reacciones precipitadas y de haber ignorado  por tanto tiempo que nuestra existencia es una azar, una suerte, una especie de moneda de dos caras; la de la vida y la de la muerte.

Nosotros, centro de gravedad de la nada, ahora nos damos cuenta de que también estábamos equivocados, de que nuestro destino debe ser común, que la sociedad debe de anteponer lo colectivo a lo individual, lo internacional a lo nacional, lo regional a lo local; que hay que encajar de otro modo las piezas de este puzle llamado Tierra; cohesionarse. Construir en lugar de destruir.

Si acaso esta pandemia tuviera algo de bueno sería que puede impulsarnos a reflexionar que esta es la primera gran cosa común, que no conoce fronteras, ni jerarquías, ni colores políticos, ni de piel; que hay que dar más importancia a la colectividad, más tiempo a pensar en la felicidad de los demás, que el egoísmo no nos lleva mucho más lejos de nuestros ombligos, que el futuro es de otra sociedad, de otra voluntad afianzada en el interés general. Saber que no somos dueños de nada, que hace falta más entrega para hacer felices a los demás, saber que el drama es colectivo, que va para largo, y que vino para quedarse más de lo que pensamos. La humanidad se enfrenta hoy a uno de sus grandes cambios; puede que el planeta tierra lo necesitara… Y también, la raza humana. Ya no es suficiente la resiliencia, ni la fe, ni siquiera el convencimiento de que algo debe cambiar; es necesario mirar hacia adentro para ver lo de fuera y actuar. No sé si éramos conscientes de las otras pandemias con las que convivíamos: (igual estábamos ocupados) el deterioro de una sociedad que avanzaba sin sentido ni rumbo, a la que le faltaba reflexión y le sobraba información. Hay que cultivar la crítica intelectual, saber quién trata de engañarnos, embaucarnos, manipularnos. Debiéramos aprender de este vacío, de esta oscuridad de la que es necesario sacar luz, madurar como sociedad, recuperarnos por el bien común. Saber que en esta representación es tan importante el último del anfiteatro como el que dirige la orquesta, que hay que unir sinergias, remar en la misma dirección para llegar a un puerto común, más justo para las personas, para las sociedades y para el propio planeta.

Aun así debiéramos entonar un canto de alegría, de amor, de esperanza, alguna palabra de aliento o de consuelo que nos dé ánimo en esta batalla y recuperar a los viejos amigos, los diálogos, los vínculos, los abrazos. Es la hora del que sabe, del que ha aprendido la lección del gran maestro; de reconocer que somos frágiles, que, a pesar de la tecnología y los avances, seguimos siendo muy poca cosa, muy vulnerables; que nos necesitamos, que somos de carne y de hueso y de corazón, no espectrales seres virtuales idiotizados. Recuerdo ahora al visionario Alvin Toffler, aquel que hablaba de que ”la sociedad necesita todo tipo de habilidades que no son cognitivas, son emocionales, son afectivas” y que afirmaba también que “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer o escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender”.

No somos el centro de nada, ni el resultado de la transgresión del  feroz consumismo enajenado. Miremos de nuevo hacia el interior, hacia lo que hacía tanto tiempo que no mirábamos, no a esta absurda estructura sobre la que armamos este modelo que ahora se cae y arrasa los pilares cimentados en la injusticia, los egoísmos, la falta de valores morales; recuperar la confianza, la solidaridad; el ser humano.

No sé si, como en la repetida canción “Resistiré” del Dúo Dinámico, ahora que se han cerrado casi todas las salidas… y se rebelan todos los recuerdos… seremos como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie. No sé. ¿Habremos aprendido a amar?

Quede para todo lo demás, la poesía.

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