El conflicto de Perón con la Iglesia. Por Carlos A. Del Campo

Carlos A. Del Campo. Editor
lunes, 11 de mayo de 2020 · 18:54

Por Carlos A. Del Campo

(Editor)

 

El conflicto con la Iglesia -movilizado por la oligarquía, los partidos del régimen “amantes de la libertad” y los estudiantes “fubistas” (UBA) unidos en un anti peronismo visceral- contó con el protagonismo activo de un sector clerical y de laicos del apostolado que constituyeron el factor determinante de la caída del gobierno. No estuvo ausente el mensaje de teólogos y canonistas que, dejando de lado  la tolerancia cristiana, justificaron  el tiranicidio y el uso de la acción armada contra un gobierno de amplia representación popular.

Los clérigos y los laicos, que en 1954 fundaron  del Partido Demócrata Cristiano, habían actuado a favor de la Unión Democrática en la organización de la llamada “Marcha de la Libertad“, aquella donde políticos, estancieros, parlamentarios, magistrados y los principales diarios sumaron a las  columnas de  estudiantes  que desfilaban entonando “La Marsellesa”, en francés,  acompañando  al embajador de EE. UU. Spruille Braden.

En aquella ocasión, Perón manifestó  a un periodista:

“Yo personalmente nunca he visto a un obrero argentino cantar “La Marsellesa” en francés”. ¿Ud. sí?

El líder del Justicialismo, aún cuando distante del clericalismo al que consideraba por entonces incluido en la estrategia del Vaticano, se inspiraba en las enseñanzas de Cristo y en la doctrina social de la Iglesia; Evita llevaba adelante la implementación de políticas sociales con los sacerdotes que evangelizaban en los barrios de trabajadores y en las provincias más humildes. De cualquier forma el gobierno no estuvo exento de errores que el presidente intentó enmendar disponiendo cambios de ministros y funcionarios,  medidas que resultaron de nula efectividad y que no detuvieron los preparativos  de la “Libertadora” cuando  llamativamente liberales partidarios del laicismo, de la separación de la Iglesia del estado y contrarios a la influencia católica en la vida social junto a integristas “antiliberales”, socialistas, comunistas, ateos y masones fueron aceptados por los  sacerdotes con el objetivo de derrocar a Perón, recurriendo  al bombardeo de Plaza de Mayo y a la sospechada acción de quema de iglesias que, como dijo Perón, eran templos ubicados en el barrio de los agentes de provocación, ninguno de barriadas peronistas obreras o del interior del país.

Si bien es cierto que el proyecto político de la “libertadora” terminó en un perfecto fracaso, nuestro país ingresó en un prolongado letargo y retroceso. Perón, que fue excomulgado, resultó  electo para un tercer mandato presidencial cuando los nombres de los curas y de los laicos golpistas se perdían “en la noche de los tiempos”.

 

“La Iglesia Peronista”, Roberto Bosca, Sudamericana, 1997

“Así Hablaba Juan Perón”, Eugenio Rom, Peña Lillo, 1984

 

Sobre el tema, recurrimos a un texto del genial escritor y político Jorge Abelardo Ramos

“Aparecen los archimandritas”

“Mientras se desarrolla la crisis con la Iglesia, el General Perón acumula con aire jovial extrañas ocurrencias que prestan a la dramática evolución de los acontecimientos un aspecto inoportunamente divertido. Perón designa “Asesor espiritual” de la Presidencia al Padre Pedro Badanelli. En realidad se trataba de un cura apóstata, disgustado con la Iglesia, a la que había renunciado a obedecer desde hacía mucho tiempo. Badanelli era un personaje tan inteligente como extravagante, que habría hecho las delicias de Juan Manuel de Rosas de haberlo tenido a mano en sus rojos cuarteles de Palermo. Este solo nombramiento probaba que Perón estaba dispuesto a no ahorrarle quebraderos de cabeza a la Iglesia, que a su vez no fue avara en retribuírselos. Pero además de Badanelli –dicharachero y polémico, un verdadero fraile andaluz- Perón sugirió el desfile por la Casa de Gobierno de todo género de Patriarcas, Archimandritas, Obispos Evangélicos, enviados de Santos Sínodos varios, Vicarios Patriarcales de religiones orientales, Rabinos y Grandes Rabinos de confesión mosaica, con sus grandes barbas y cruces, atractivos pectorales y coronas rutilantes. El primer magistrado celebraba largas entrevistas con los enviados de la Iglesia Ortodoxa de Antioquía, “la más antigua del cristianismo” decía Perón en un erudito discurso. Y en otro, al recibir en su despacho las insignias de la Orden del Santo Sepulcro, máxima condecoración de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa Griega, añadía: “Aspiramos a realizar en la Nueva Argentina la verdad universal del Cristianismo auténtico”.

La Casa de Gobierno de Buenos aires se había convertido en una nueva Jerusalén, donde ejercía su apostólico reinado un sonriente y encantador Jefe de Estado. Simultáneamente libraba una guerra abierta con la Iglesia Católica tradicional. Como si esto fuera poco, el gobierno peronista había tolerado, con evidente complacencia, la celebración de grandes actos espirituales”

“No puede negarse que la situación adquiría colorido y que las supercherías formaban una extraña combinación con las horas trágicas que se estaban viviendo”

“Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”/64, H. Senado de la Nación, 2006 

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