Confieso: Fui comunista. Por Mario Sábato

El autor es cineasta y escritor.
jueves, 7 de mayo de 2020 · 18:15

Lo que no sé, a ciencia cierta, es por cuánto tiempo.Me sucedió en el Colegio Nacional Buenos Aires, cuando terminaba primer año o comenzaba el segundo.
La pasión que no tenía por los estudios la volcaba en la política y en el centro de estudiantes del Colegio. Era delegado de mi división, leía Huracán sobre el Azúcar, de Sartre, y todo lo que pudiera conseguir sobre la Revolución Cubana, editaba una revistita, impresa en rotaprint, y en los tiempos libres iniciaba mi amor por el cine, dibujando los afiches de las películas que pasábamos en el colegio.
Un día se me acercó un gordo que estaba en sexto año. Lo conocía, era famoso en el colegio. No recuerdo con precisión su cargo jerárquico , pero era muy ostentoso. Algo así como Secretario General de la Juventud Comunista del Colegio.
Me dijo que quería hablar conmigo. En general, cuando alguien mayor me decía eso, significaba que él iba a hablar y yo a escuchar.
- Dale- le contesté. Y creo que fue todo lo que pude decir.
La charla del gordo no tuvo pausas, y por eso del “que calla otorga”, descontó que yo estaba de acuerdo con lo que me decía.
Me felicitó por mi compromiso con las causas estudiantiles, me dijo que me veían como un leal compañero de ruta, aunque yo aún no lo supiera. Y que era muy importante, para ellos y para mí, que no malgastase mis esfuerzos.
Me explicó que mi lucha, así como la encaraba, era individualista, y por lo tanto destinada al fracaso. Lo que debía hacer, y me pareció más una orden que un consejo, era sumar mis inquietudes y mi trabajo a los que luchaban, organizadamente, por los mismos ideales. Es decir, a la Federación Juvenil Comunista.
Traté de pensar en lo que me proponía, pero no me dio tiempo. Lo que me dio fue un librito, “El Manifiesto Comunista”, que “era una lectura imprescindible, apasionante y breve”. Luego, enrollados para ocultar lo que eran, me entregó dos ejemplares de “Nuestra Palabra”, el diario del Partido, uno para mí y el otro para que se lo diera a alguien que le pudiera interesar, y me distinguió con mi primera misión, tan alentadora como comprometida para un joven revolucionario. Me confió algo que me pareció un talonario de rifas, y me explicó la vital importancia que tenía la Campaña de Recaudación de Fondos para El Partido.
Antes de irse, me susurró lo más importante. Habían decidido que yo merecía estar en la Fede, y me esperaban al día siguiente, después del turno tarde, en una reunión “muy importante”. Me dio la dirección, y cuando saqué mi lapicera para anotarla, me detuvo con un gesto bondadoso, con la paciencia del que sabe que tendrá que enseñarle tantas cosas a un recién llegado:
- Nunca anotes nada. Memorizala.
Me quedé sentado en la majestuosa escalinata de la entrada del colegio, con el librito, los dos diarios del Partido, el talonario de bonos y una cara que le preocupó a Víctor, un chico de mi división.
- ¿Qué te pasa?
Le conté.
Su comentario, al final, me demostró, una vez más, su devoción por la ironía.
- Otra que compañero de ruta… Te tomaron como un idiota útil.
- ¿Te interesa leer “Nuestra Palabra”?
Mi primer intento de encontrar a alguien que le interesase el diario del Partido no fue muy esperanzador.
En casa, a la noche, decidí venderle un bono a mi padre.
Mamá me detuvo a tiempo, me dijo que le dejara tranquilo, que estaba escribiendo, y que ella me iba a comprar dos, uno para ella y el otro para papá.
Evitó una tormenta familiar, sin decirme lo que supe mucho después.
Mi padre y Vittorio Codovilla, el Secretario General del Partido Comunista, se dispensaban una feroz enemistad. Codovilla era el representante de Stalin, y un comisario político tiránico y despiadado, que había ejercido las “depuraciones de traidores” durante la guerra civil española.
La lectura del Manifiesto Comunista no me fue apasionante, como me había prometido el gordo. Pero acertó en eso que me sería breve, porque la reduje a las tres o cuatro páginas que pude sobrellevar.
Igual leí la contratapa, tanto como para saber de qué trataba, por si me tomaban examen, y a la tardecita del día siguiente, fui a la reunión de la Fede.
El lugar era espléndido en su sordidez. Una fábrica de maniquíes que estaba en Constitución, con la entrada por Lima. Las vidrieras polvorientas dejaban adivinar las estatuas de plástico, desnudas y sin gracia, cubiertas de suciedades y telarañas.
Toqué el timbre como me dijeron, con una clave secreta ideada por un idiota para el uso y protección de otros idiotas: cuatro timbrazos breves, tres seguidos y después de una pausita. el último
Me abrió la puerta un chico de tercer año, con acné y granos en la cara, bien rojos, como correspondía a un comunista juvenil.
Apenas me miró. Pero se demoró unos segundos, comprobando que no había nadie que me hubiera seguido.
Me urgió, con una orden apenas audible:
- Dale, pasá.
Adentro el lugar era aún más fascinante de lo que ofrecía en las vidrieras. Después de los maniquíes enteros, venían los aún desarmados, con brazos, piernas y cabezas desperdigados en la penumbra. Y después, estaban los desechos, tirados en el piso.
Parecían las víctimas de “un luctuoso accidente ferroviario”: piernas cortadas, brazos partidos, cabezas cercenadas, manos sin dedos.
- Che –le dije a mi guía- qué lugar más curioso. ¿De quién es?
Con un gesto mudo y enardecido, me ordenó hablar en voz baja, o mejor, no hablar.
Igual me respondió, en un murmullo:
- Menos pregunta Dios y perdona.
- Oíme, ¿En la Fede, no es obligatorio ser ateo?
Se lo dije muy bajito, y no debe haberme oído, porque no me contestó.
Las penumbras cesaron. Llegamos a un lugar abierto. Tenía un portón, que daba a la otra calle, cerrado con un candado enorme, capaz de clausurar un estadio.
No era difícil suponer que servía para los camiones de transporte de la mercadería. y me los imaginé como coches fúnebres, trayendo y llevando los maniquíes con rigor mortis.
La oficina donde se hacía la reunión estaba muy cerca del portón, y se podía oír a los colectivos y a la gente que pasaban por la calle.
Con la voz baja que nos imponía la prudencia, por la eventual presencia de espías de la CIA en la zona, pregunté:
- ¿Y por qué no entramos por ahí, que es más cerca?
- Para no llamar la atención. Además, el papá del gordo no nos quiere dar la llave del candado.
Dio los cuatro golpecitos, tres juntos y uno separado, y abrieron la puerta. Hubo nuevas miradas de vigilancia, atrás de nosotros y a los costados, y nos dejaron entrar.
Me llamó la atención la larga mesa de reuniones, impecable y lustrada, tan opuesta a todo lo que había visto hasta entonces.
Y recuerdo que me hice una pregunta, que no iba a tener respuesta. Esa fabriquita ¿Necesitaría un directorio de tantas personas como para justificar semejante mesa?
Habría unos quince, veinte chicos del colegio, todos mayores que yo. A algunos los conocía de las reuniones del centro de estudiantes, a otros tal vez los hubiera visto en los recreos.
El gordo me dijo que me sentara, y me presentó:
- Es el nuevo idiota útil.
Por suerte no dijo eso, que era lo que yo temía desde la advertencia de mi compañero Víctor. Fue, en cambio, y sin perder la solemnidad que el momento requería, una presentación cortita y afectuosa, que finalizó con algo así como que él respondía por mí.
Supongo que, si el gordo todavía vive, aún seguirá arrepintiéndose de aquella osadía.
No tuve tiempo de desilusionarme por la brevedad de mi presentación. Apenas hubo algunos saluditos presurosos, y se reanudaron los gritos de una discusión apasionante.
La disputa, ilustrada con puños que se agitaban en el aire y contundentes golpes en la mesa, me resultaba confusa. Hasta que me pareció entender que la discusión era distinta a las que yo conocía y practicaba.
No se dirimían posiciones enfrentadas, y los que debían ser contendientes no pretendían demostrar la superioridad de sus razones ni destrozar a sus adversarios.
Había posiciones, pero no eran antagónicas. Y tampoco existían adversarios.
Todos estaban de acuerdo, y si gritaban era para demostrar que estaban más de acuerdo que otros.
El tema, por lo que pude sospechar, era El Enemigo Principal.
Y mi sorpresa fue que no se trataba, como podría imaginarme, del Imperialismo Norteamericano.
El peligro no estaba enfrente. Sigiloso y traidor, estaba al costado. Simulaba ser un movimiento revolucionario para amenazar, y de cerca, el triunfo inexorable del proletariado internacional.
El gordo advirtió mi desconcierto, y me aclaró, por lo bajo:
- Estamos denunciando al trotskismo.
Asentí, con un gesto de aprobación. Debía parecerme necesario, además de urgente.
Luego el gordo demostró su capacidad estratégica para que la discusión, una vez abordada y agotada la visión mundial del fenómeno, se enfocara en un análisis relacionado concretamente con la concientización que debíamos encarar en nuestro ámbito más cercano.
Todos lo miramos al gordo. Los demás hicieron silencio, yo continué con el mío.
- Camaradas… -dijo el gordo e hizo una pausa para aumentar la gravedad de lo que debía informar- El trotskismo ha aparecido en nuestro Colegio…
Todos, estremecidos por la noticia, se quedaron sin habla, imitando mi mudez precursora.
Para no quedar mal, simulé estar muy angustiado por la gravedad del tema. Hundí mi rostro entre las manos, con la idea de poder cerrar los ojos y dormir un ratito.
Como hubiera dicho un narrador de boxeo, me salvó el gong.
Sonaron los tres timbres, la pausa pactada, y el último, que anunciaban que otro chico había llegado a la reunión.
- ¡Yo voy! – anuncié saltando de mi silla.
Nadie se opuso. Todos (menos yo, claro) estaban muy interesados en enfrentar el novedoso problema de descubrir, denunciar y combatir a los trotskistas que envenenaban nuestro Colegio.
Demoré en llegar a la puerta de entrada. Cada minuto que ganaba era un tiempo que le restaba al agobio.
Abri la puerta, era un compañero del turno tarde, y por la pregunta que hizo advertí que no era su primera reunión.
- ¿Está muy, pero muy, aburrido?
Le contesté con una metáfora poética:
- Sentí que me volcaron en la cabeza un balde lleno de moco.
Como se rió, me atreví a pensar algo que nos podía hacer más llevadero el calvario.
- ¿Me dás cinco, diez minutos antes de entrar? Se me ocurrió una bromita, nada serio, algo sin consecuencias, para reírse un ratito.
Volví a la oficina, me senté en mi lugar, y me empeñé en parecer muy interesado en el curso de la charla.
Pasaron unos minutos para que alguien se diera cuenta de la anomalía.
¿Che, quién era?
Como si careciera de toda importancia, informé:
- No sé, no me lo quiso decir.
Mirada general de alerta.
Agregué, con el tono de un militante experimentado:
- Como no me gustó su aspecto, no lo dejé entrar.
Las miradas exaltaron su alerta.
Agregué la descripción del que “no me había gustado”, exagerando lo suficiente como para que no hubiese dudas de que se trataba de una broma infantil:
- Era un señor mayor, que no parecía del Cole. Estaba vestido de azul, tenía correas, gorra y me pareció que llevaba un revólver, pero de eso no estoy seguro.
No debo haber exagerado lo suficiente.
Se desencadenó un vértigo silencioso. En fracciones de segundo, recogieron los papeles y cualquier indicio delator, y me pasaron como ráfagas, dejándome solo y sentado en mi silla.
Tarde muy poco en reaccionar. Tenía que advertirles que no era nada serio, pero llegué tarde. Desde la puerta de la oficina vi que se subían al portón para saltar a la calle.
El último fue el gordo. Que tuvo la generosidad de demorarse un momento, para hacerme gestos para que me salvara, acompañándolos.
Hacía ya un ratito que me había quedado solo en patio, cuando llegó mi cómplice.
Miró la oficina vacía, me miró a mí, y yo lo miré, sin decir nada.
Pareció sentirse culpable:
- Debería haberte avisado que para la Fede el sentido del humor es una enfermedad burguesa.
A la mañana siguiente, en el Colegio, me enteré que la broma, que yo imaginado carente de importancia y sin consecuencias, no había sido considerada una broma, había tenido importancia y consecuencias.
La más grave fue que el responsable de AgiProp (Agitación y Propaganda) se había fracturado una pierna al caer en la calle.
La otra fue obvia, y ni siquiera necesitaron decírmela:
Había sido expulsado de la Fede, supongo que por exceso de humor burgués.
Lo que nunca supe fue si la expulsión se decretó en alguna reunión de esa misma mañana, o había sido automática y simultánea con la fractura del fémur de la víctima de la broma.
En la primera hipótesis, podría decir que mi paso por la Fede fue breve.
En la segunda, y considerando que entre el comienzo de la reunión y el incidente traumatológico no pasaron más de veinte minutos, sería más justo precisar que mi incursión en el comunismo fue fugaz.
Pero en aquel momento no me detuve en aquel detalle temporal.
Me interesó más que considerasen al humor como una enfermedad burguesa.
No por el desprecio al burgués: sabía que lo era, tanto como el resto de mis compañeros del colegio, incluyendo por supuesto a los de la Federación Juvenil Comunista.
Lo que me intrigaba era que el humor pudiera ser una enfermedad.
Si es así, no me curé. Más aún, se me vino acentuando con los años.

Fuente: Facebook del autor.

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