Peste nueva, remedios viejos. Por Néstor Pérez

(Periodista y escritor)
sábado, 9 de mayo de 2020 · 16:53

 

El planeta conmovido hasta los cimientos por una nueva enfermedad global, arriba a una conclusión frustrante en la era del conocimiento. A pesar de nuevas aplicaciones como la oficial CuidAR para autodiagnóstico y rastreo del COVID19, acierta Ignacio Ramonet en su largo exámen sobre la tragedia universal: a la nueva peste no se lo combate con nuevas tecnologías, sino con las mismas armas de siglos atrás. La tela, el jabón y la distancia.

Esperanzados en la vacuna para detener al criminal serial que es este microorganismo, el que ya mató a más de 20.000 mil seres humanos y presenta más de medio millón de casos confirmados en todo el mundo (Fte, OMS), y sabiendo ahora que la mejor expectativa de encontrar que los ensayos clínicos se superen para pasar a fase de producción no tardará menos de año y medio, seguimos apelando a los antiquísimos métodos de pelea sanitaria, como el único reaseguro. Vaya “lección de humildad”, subraya el editor del Le Monde.

 

Telar y laburo

 

Hoy la tela de los barbijos es obra del mismo método de producción, actualizado muchas veces desde la prehistoria. Aquel telar operado por una sola persona, mujer, tendrá en el siglo XVIII, al impulso del aumento poblacional en Inglaterra, su primer salto tecnológico. En plena revolución industrial, la máquina de vapor tuvo aplicación inmediata en la industria textil. La ingeniería y los nuevos diseños incorporando automatización solo mejoraron los sistemas; en tanto, en definitiva, solo se trata de urdimbre y trama.
La humilde máquina de coser inventada en Londres por Thomas Saint en 1790 es el método de producción de barbijos en miles de talleres del mundo asiático, donde todo comenzó; y en las abundantes cooperativas y Pymes de todo el país, inyectando el recurso más importante en esta desgraciada hora.

 

Agua y jabón

 

Si el planeta entero accediera al agua potable para higiene personal, el consenso sanitario no tendría reparo alguno. Pero estamos lejos de tal condición. Escuchemos a la jefa de los programas sobre agua, saneamiento e higiene de Unicef. Dice entonces Sanjay Wijesekera: “El agua es la esencia de la vida, no obstante, 750 millones de personas, sobre todo, los pobres y vulnerables, siguen privados de este derecho humano fundamental”…
Aún con este penoso expediente que básicamente se sigue escribiendo en el África Subsahariana, enjabonarse las manos para atacar los virus es la acción insuperable hasta el momento, también para el COVID19. Un simple jabón como arma mortal, cuya invención se sitúa 3 mil años atrás, ejerce su acción limpiadora sobre las grasas en presencia del agua debido a la estructura de sus moléculas. Los restos de jabón más antiguos son de origen babilonio y datan del 2800 A.C. Según la leyenda romana, el jabón fue descubierto a los lados del monte Sappo, junto al río Tíber, cuando el agua de lluvia, la grasa animal y las cenizas de madera se mezclaron, dejando al descubierto su poder para limpiar manos y prendas.

 

Separados

 

La crítica a la administración de Alberto Fernández cierra filas sobre los pocos testeos que se hacen. El mismo presidente señaló al respecto “hacemos los testeos que podemos”. La red de laboratorios públicos y privados para la detección de coronavirus se integra con 142 entidades, las que llevan procesadas casi 66 mil muestras, lo que equivale a una tasa de 1450 tests cada millón de habitantes. ¿Es poco para mapear a 45 millones de argentinos?...¿O es mucho para lo que podríamos parangonar con un esfuerzo bélico, en medio de una economía preexistente exhausta en todas sus variables?...
Corea del Sur testea a unas 10 mil personas por día, lo cual significa que avalúa a más personas en dos días que los que testeó EEUU en más de un mes (Fte, BBC Mundo).
Islandia siguiendo la recomendación de la OMS, “pruebas, pruebas y más pruebas”, proyecta testear a toda su población, la que goza de una economía desarrollada. La epidemióloga local con tareas en la Universidad de Washington Kristiana Asbjornsdottir señala que, “es el resultado de una estrategia que considero muy exitosa y que creo es única en el mundo”. En la isla con 340 mil habitantes, la mitad de la provincia argentina de Jujuy, en dos meses murieron solo 4 personas.

El confinamiento de 4 mil millones de personas en el planeta responde a la misma lógica desde el siglo quinto de la era cristiana, separar sanos de enfermos. En la peste de Agrigento, Sicilia, el filósofo Empédocles mandó a tapiar un pasaje estrecho para evitar el viento pestilente que venía de un pantano cercano. Antecedente del cierre de fronteras que verifica hoy el planeta entero.
En el plano local, casi 9 casos de coronavirus sobre 10, se ubican en el enorme territorio de Buenos Aires, aquel de la nunca superada asimetría económica, pendencia política, y densidad poblacional. La Fundación de Estudios Metropolitanos daba cuenta apenas dos años atrás que “la década del 90 instaló en el AMBA una nueva práctica que habla de la pobreza pero sobre todo de la desigualdad reinante entre sus habitantes, la guerra por el suelo. Facilitada por la red de autopistas, rico y pobres disputaron tierras con asentamientos y countries sin reparar en cotas hídricas ni humedales, entre otras irregularidades. Se generó así un grave problema con raíces en la desigualdad social. La superficie ocupada por barrios cerrados es hoy (2018) dos veces la superficie de la ciudad de Buenos Aires”.

Hoy que la pandemia arrasa en ese territorio de la exclusión y la riqueza, de la comodidad y el hacinamiento, ¿quién sale indemne de las imputaciones políticas?...
Separar tanto como se pueda unos de otros seguirá siendo entonces el gran desafío. Miremos muy atrás para recordar que no hubo ni hay método más efectivo que aislarnos, perder el contacto tan caro a nuestra idiosincrasia y nuestras necesidades.


Los célebres médicos griegos Hipócrates y Galeno, lo prescribían cuando en latín decían: “Cito, Longe, Tarde”; es decir, vete rápido, vete lejos, tarda en regresar. Aquella imagen hoy se reconoce en los barcos a la deriva a los que nadie autoriza a fondear o en los varados lejos de casa, penando por volver.

                                                            
 

Foto: Diario El Territorio (Misiones)

 

Comentarios