Odio racial, la humanidad en harapos...

Por Néstor Pérez (Escritor y periodista)
viernes, 5 de junio de 2020 · 14:36

Por Néstor Pérez

(Escritor y periodista)

 

La raza humana, afanosa en crear las más bellas producciones culturales, inagotable en la creación de artefactos de confort, esforzada en encontrar resquicios de vida en sistemas que llevan inevitablemente a la muerte…sigue sin resolver el odio racial. Antiquísimo como el veneno, la noche, el miedo,  la pasión de la carne.

Eludir lo que sucede fronteras adentro de nuestro país, cada vez que en calles ajenas se desata la furia, mal supone instancias superadas de conflicto. Rabiosas prédicas ya tamizadas por el razonamiento pasaron a otra categoría, se podría pensar… Los continuos ataques a chicos pobres, morochos, sin otro recurso que sus propias fuerzas, la brutalidad a la que son sometidos nuestros indios en sus propias tierras, vaciadas de recursos naturales, no despejan el camino hacia la tranquilidad de conciencia, todo lo contrario, esa atávica injusticia que soportan los más desprotegidos nos siguen acusando.

Pegamos la oreja a la pared del tiempo y escuchamos el lamento de tantos sometidos por la voracidad de quienes ven en el otro un obstáculo, un dique de contención a su desenfreno de conquistas. Si ese otro es originario de estas tierras, o su piel se espeja en el barro que los sujeta, el expediente es sencillo: la policía les molerá los huesos al uso y costumbre de los tantos caciques provinciales que nos legara una práctica  política pérfida, tóxica y repetida. Chaco y su brutalidad lejos está de ser una sorpresa, se trata de un esquema de poder que condensa la derrota histórica de las perdurables víctimas.

“Cuando más cerca se está de los lugares que habita el aborigen, más se los rechaza. Esto se debe a que se los mira como una población sobrante. Se los califica de vagos, sucios, pedigüeños. No se los ve como originarios de la tierra, como sus verdaderos dueños” (Rolando Núñez, Centro Mandela de Resistencia, Chaco) 

Seamos originales, dejemos de fingir que no sucede,  miremos lo que pasa en los barrios clausurados por dispositivos de seguridad, artefactos urbanos paridos por el segregacionismo de los años noventa. Viven allí los hijos de la inmigración europea, con empleos formales, autonomía económica, educados en las universidades (¿publicas?...), ya saben. Los trabajadores que bien temprano forman fila para ingresar a cumplir tareas son hombres y mujeres en quienes se manifiesta la ascendencia resistida por los dispositivos culturales vigentes, nuestros propios“negros”. Negra piel que ya no recibe el látigo sino el desdén. Y aquí los significantes se vuelven espesos. Ese morocho está para servir y pagar por insolencias reales o imaginadas. Escuchemos a Manguel Sánchez, de Nuestro Hogar III, 26 años, peruano, detenido 3 días en una comisaria por salir a buscar una cerveza durante la cuarentena. Antes lo habían detenido dos veces: “Hay un montón de gente en la calle, ¿por qué solo me paran a mí?...Me ven la cara y piensa que ando robando” A esta cruel sospecha responde la Marcha de la Gorra desde hace 15 años.

En un recoleto country del oeste (Las Delicias) una residente montó su caballo y salió a practicar equitación. Intervino la FPA para decirle poco más que se abstenga de violar la cuarentena. Su nombre no se dio a conocer, como suele suceder con quienes exhiben prosapia. “Todos los animales somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros” decía la leyenda en la “Rebelión en la granja” (George Orwell, 1945). ¿Alguna vez fue distinto?...

Nuestra perspectiva antropológica nos informa de un racismo expreso que no se manifiesta en estructuras como señala Grimson (Alejandro, ¿”Qué es el peronismo”), del tipo Ku kluk Klan, o servidores de Dios, pero que emerge desorganizadamente en discursos supremacistas, incluso – disparatadamente - de parte de quienes han sido despojados de todo. El cronista escuchó muchas veces a los reinstalados vecinos de un asentamiento de emergencia decir de otros arribados, “estos negros que vienen a chorearnos”…

La publicidad nos construye como consumidores de mercadería pensada para el Hombre blanco. La propaganda oficial no pocas veces extravió sus propósitos en ese mismo razonamiento. El blanco es la pureza, lo abismal es negro. Listas negras, zonas blancas (en tiempos de pandemia, ¿por qué es blanca y no verde la zona despejada de peligros pestilentes?...)

Al negro cordobés, la policía y la justicia le suelta el “vos, pasá”…que muda a “usted, pase” si la piel del ciudadano es blanca. Este manifiesto de discriminación fue acreditado muchos años atrás por la cátedra de sociología (estudios básicos) de la facultad de Derechos (UNC), no es libre conjetura del autor.

El negro que se tolera es aquel inscripto en filas del mercado, el cuartetero de grandes auspicios, Juan Carlos Jiménez Rufino, La Mona, el emblema. Otros valen también, pero ahí, obedientes al mandato de la oferta y demanda, sin sacar los pies del plato, no sea cosa que se crean con derechos a otra cosa que bajar la cabeza y empujar.

Hemos incorporado sin siquiera darnos cuenta mandatos pensados para someter, tal y como lo proyectara Sarmiento y su reaccionario liberalismo;  mezclando a su favor temperamentos y conductas, las que fecundaron hostilidades hacia el negro tanto como lo propuso con el gaucho y el indio.

El racismo es también tributario de las luchas que se perdieron en los albores de nuestra nacionalidad, la Gran Bretaña asolando con negocios y diplomacia lo que las armas le negaron. Aquella capacidad para penetrar en el imaginario de la oligarquía, sigue dando frutos amargos para los que se arremangan a diario. Más tarde vendrán instrumentos de colonización semejantes en manos de intereses estadounidenses y sus enclaves locales. De esa derrota cultural, estos malos vientos.

El problema racial que solapado o manifiesto nos habita, no se conjurará con cerrar los ojos. Latente como está en cada manifestación que desabriga  al vulnerable, en cada palabra cargada de malos presagios para quienes levantan las manos en defensa propia, también será contrarrestado con disputa política en las aulas de una ciudadanía comprometida.  Para dotar de sentido a nuestra nacionalidad de hoy.

El grito qom que viene del Chaco, la protesta agónicas de nuestros negros, buscan cobijo en nuestra propia humanidad. Desde su sitial en la mejor tradición emancipatoria, nos importuna Manuel Ugarte: “Toda injusticia necesita, por lo menos, un pretexto para que la dore, y una complicidad que la olvide”…

 

 

 

 

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