El racismo americano y la perspectiva marxiana de Nancy Fraser

Por Gisella Chiappero
domingo, 19 de julio de 2020 · 00:51

Por  Gisella Chiappero

Nancy Fraser (1947) es profesora, filósofa y politóloga estadounidense, una de las principales figuras de la teoría crítica y ampliamente considerada como la crítica feminista y filósofa moral más importante del momento actual. En torno a los acontecimientos raciales sucedidos actualmente en Estados Unidos, su teoría sobre el dilema de redistribución y reconocimiento basados en las injusticias sociales en relación con el conflicto político, reviven más que nunca en el intento de hallar un marco nuevo para las cuestiones relacionadas con la justicia social. Dentro de la filosofía política, la teoría marxista es casi exacta para abordar ciertas formas de opresión bajo el capitalismo, como la opresión racista. El capitalismo tiene vínculos tanto históricos como contemporáneos con la opresión racista. Para abordar esta relación, Nancy Fraser ofrece una concepción "ampliada" del capitalismo que lo enmarca como “orden social institucionalizado”. Según la filósofa estadounidense, el capitalismo debe ser visto no solo como una sistema económico, si no más ampliamente como una totalidad social. De esta manera, hay diferentes lógicas trabajando juntas dentro del sistema capitalista. Es decir, hay varias fuerzas sociales: normas culturales, leyes y así sucesivamente, mediante el cual el sistema capitalista se ordena, mantiene y perpetúa. Entre estos “lógicas” diferentes, el racismo se ve manifestado como supremacía blanca en los Estados Unidos. Fraser sostiene que el modelo de capitalismo de Marx es un punto de partida necesario para su propia concepción. Sin embargo, sostiene que la concepción de Marx de capitalismo no puede explicar completamente el punto en que el capitalismo está profundamente enredado con la opresión racial. La cuestión es que la perspectiva marxista enfoca la atención en la explotación del capital del trabajo asalariado en la producción de mercancías en su forma habitual, por lo tanto, margina algunos procesos igualmente fundamentales que están vinculados con éste como la expropiación y sujeción política. La expropiación generó gran parte del capital inicial que inició el desarrollo del sistema capitalista. Fraser está de acuerdo con Marx en este punto. Marx, en su discusión sobre la acumulación primitiva de capital, reconoce los roles de la esclavitud y el colonialismo y otras formas de la expropiación como cruciales para el nacimiento del capitalismo. Como la filósofa ve las cosas, la expropiación siempre ha sido parte integrante de la historia del capitalismo, al igual que la opresión racial, pero, la conexión entre el capitalismo y la opresión racista no es simplemente histórica ya que el capitalismo no fue solo creado a través de las instituciones de esclavitud y colonialismo.

Esos procesos también requerían el altercado de poblaciones enteras por estar fuera de la humanidad. Comprender los fundamentos del capitalismo, por lo tanto, requiere una consideración de "la morada oculta de la raza": la distinción ontológica entre humanos superiores e inferiores codificados como razas y el imperalismo, necesarios para introducir el capitalismo. Así mismo, la autora de ¿Redistribución o Reconocimiento ?, señala que la lógica de valorización del capitalismo se presta para reducir el costo de producción para maximizar el beneficio. En ausencia de un contrato salarial (y todas las regulaciones que puede venir con el contrato de trabajador asalariado-empleador legalmente sancionado), la expropiación es un modo de apropiación laboral más barato en costo monetario que la explotación. Este hecho explica por qué incluso el capitalismo maduro depende de la expropiación, especialmente de “sujetos racializados”.

Además, la expropiación sistemática necesita legitimación y aplicación: el estado, las leyes y los mecanismos de aplicación de la ley, la justificación ideológica, etc. De ésta manera el capitalismo es un orden social institucionalizado en el que la sujeción política racializada juega un papel constitutivo al justificar y mantener bajo control el statu quo capitalista. Así, Fraser presenta una "concepción expandida" del capitalismo que enfatiza la expropiación, así como el orden político que lo legitima, con un enfoque particular en el papel desempeñado por el racismo. Desde la economía política teorizada por Marx a las condiciones "no económicas" para la valorización del capital, Fraser pretende revelar la centralidad de la racialización del trabajo dependiente de la sociedad capitalista. En el momento actual de ascenso de extrema derecha en todo el mundo, secciones del gran capital están forjando alianzas con partidos neofascistas organizados en torno a identidades reaccionarias nacionalistas, racistas, de género y religiosas para promover soluciones autoritarias a la crisis del neoliberalismo. Dudosamente éstas alianzas simplemente colapsen por su propio peso. La resistencia, como llama Fraser, es clave.

La solución a la crisis será el resultado de una compleja lucha política e ideológica con un claro entendimiento de las tradiciones marxistas antirracistas y antiimperialistas. Las fuerzas reunidas en oposición al neofascismo no podrán arrebatar el poder mientras no aborden la crisis orgánica que ha desplegado una alfombra de bienvenida para la extrema derecha racista. Sin un análisis sincero de las tradiciones marxistas comprometidas con la lucha antirracista y antiimperialista, esta nueva alineación del capital y la extrema derecha continuará su ascenso sin cesar. Fraser, en oposición al neoliberalismo progresivo, da cueta que el racismo no puede ser derrotado por la dominación de igualdad de oportunidades.

En los Estados Unidos, los principios gerenciales de diversidad e inclusión que invocan –falsamente- la legitimidad del antirracismo, han detenido el impulso de las demandas redistributivas. Si Du Bois advirtió que los "dividendos de la blancura" facilitaron la primera guerra mundial, son los dividendos de la diversidad y la inclusión los que cumplen una función similar en éste momento. Enfrentar el racismo y el imperialismo en la coyuntura actual, requieren de la fuerza de movimientos políticos y sociales. El racismo es una cuña primaria para romper la solidaridad, que es la única arma de los pobres y los desposeídos en una lucha contra el imperialismo. Recurrir a la historia viva de los movimientos marxistas en las periferias y la lucha anticolonial en América del Norte puede aclarar un modelo para una lucha anticolonial de múltiples frentes para desvincularse de la anarquía del mercado que sigue causando estragos en el mundo. La tarea política es la consolidación de un frente unido contra el racismo y el imperialismo. Elementos de este frente ya están presentes en la Campaña de los Pobres en los Estados Unidos, el movimiento de trabajadores sin tierra en Brasil y las luchas de los habitantes de las cabañas y los trabajadores metalúrgicos de Sudáfrica. En estas luchas se puede ver el futuro en el presente, iluminando las posibilidades de un camino alternativo para la humanidad.

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