Amargo Obrero

Una bebida llena de simbología, elaborada con hierbas serranas

jueves, 30 de julio de 2020 · 19:27

Beber Amargo Obrero, es beber el gusto de la historia, el sabor de luchas de trabajadores y trabajadoras del siglo diecinueve.

Es una bebida auténticamente nacional, representativa, casi medicinal, aunque se hizo popular como aperitivo.  Fue elaborada por los distribuidores de lícores Pedro Calatroni y Hércules Antonio Tacconi en la ciudad de Rosario, Santa Fe, en el año 1888, con una mezcla de hierbas aromáticas serranas,

Los ítaloargentinos pensaron que la vida rosarina estaba marcada por la industrialización y sus clases sociales, y crearon una bebida como reacción a las bebidas dulces que bebían las clases burguesas. Fue un invento teñido por el sindicalismo anarquista, caracterizado por los colores rojo y negro de la etiqueta. Luego,  el peronismo lo identificó como el aperitivo elaborado por la clase trabajadora argentina.

La etiqueta de la botella muestra un puño, una maza, un yunque y una hoz, haciendo alusión al movimiento obrero. Beberlo era de rutina entre los peones y obreros. La fórmula fue traída por los inmigrantes italianos y se caracteriza por poseer un olor parecido al fernet, pero más dulce. Se obtenía de una mezcla de hierbas como la carqueja, la manzanilla y la muña-muña, con una graduación alcohólica del 19 %.

Considerado el “aperitivo del pueblo argentino”. Décadas atrás, las etiquetas tenían un sol de fondo, representando el nacimiento de una nueva nación.

El cambio a una etiqueta neutra, sin ninguna simbolización, fue ordenado durante la intervención del dictador Leopoldo Fortunato Galtieri.

 

Un aperitivo lleno de historia 

 

El Amargo Obrero fue un aperitivo emparentado con el anarcosindicalismo y marca absoluta de nuestra identidad, bebida de la clase obrera, en toda la Argentina.

Los ácratas fundaron en la Argentina desde las Sociedades de Fomento a la Cultura y el Arte, pasando por los clubes barriales, que muchos de ellos se transformaron en clubes de fútbol. Los panaderos le pusieron sobrenombres a las “facturas”: “cañoncitos”, “bolas de fraile”, “suspiros de monjas”, y otros, con el rejunte de todas las facturas que sobraban, lo denominaron: “sacramento”.

En aquella Rosario denominada la "Chicago Argentina",  la “Barcelona Argentina”, por el movimiento obrero a principios del siglo XX,  saturada de buques, de silos y de hombres que llegaban hasta aquí a “hacerse la América”, los italianos traían en su memoria (y algunos hasta en sus valijas) el recuerdo de una bebida hecha de hierbas y con muy poco alcohol, el famoso “amaro” (amargo). En ese contexto, Calatroni y Tacconi se encontraron un día en Rosario, uno era empresario y el otro, contador. Decidieron unirse para elaborar una bebida dirigida especialmente a los varones trabajadores que pululaban por la ciudad. Y establecieron  que, para contraste con las bebidas dulzonas que tomaba la burguesía, esta nueva bebida fuera amarga y contundente.

Para ello, mezclaron como prueba un centenar de hierbas traídas desde Córdoba y desde Entre Ríos (la carqueja, la muña muña, la manzanilla ), un poco de orozú –una especie de caramelo- y apenas 19% de alcohol, y resultó un aperitivo para tomar en el bar al salir del trabajo y antes de ir para casa. ¿Para mezclar con qué? Sólo con soda. ¿Qué más se necesitaba?

La asociación con el anarquismo de aquellos días era inevitable. Pero, además, las ilustraciones que acompañaban al nombre no dejaban dudas: una hoz, espigas de trigo, un puño en alto, un hombre trabajando en el campo, un sol naciente. Esa era una bebida para gente de trabajo que había llegado hasta aquí a cambiar su destino con su esfuerzo. 

 

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