SERIE: LA BIBLIA, DESDE EL GÉNESIS HASTA EL APOCALIPSIS

Jehová no quiere prisioneros ni sobrevivientes en Canaán

Por Vidal Mario. (Escritor, historiador y periodista)
domingo, 24 de octubre de 2021 · 00:17

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)

 

Cuarenta años después, los hijos y nietos de aquellos israelíes muertos en el desierto llegaron a las puertas de la tierra prometida.

Eran más de treinta las civilizaciones que debían exterminar para tomar posesión de ella.

¿Por qué Jehová había elegido darles la región de Canaán, y no otra? La única información que manejaban al respecto era que “manaba leche y miel”.

Jehová, uno de cuyos mandamientos era “no matarás”, exigió el exterminio total de los que vivían en esa región.

No quería prisioneros, ni iba a tolerar sobrevivientes. Todos aquellos paganos debían morir a filo de espada.

Hombres, mujeres, niños, ancianos, soldados, civiles, reyes, campesinos, todos debían ser muertos, sus ganados y riquezas confiscados, sus casas destruidas y sus ciudades incendiadas.

Hasta advirtió que llamaría maldito a todo el que intentase reconstruir las ciudades, una vez que fueran arrasadas.

A Josué, sucesor de Moisés, le confió la responsabilidad de barrer del mapa a todas esas civilizaciones.

 

Jericó en llamas

 

La sorpresiva aparición de los judíos cubrió a la región del Canaán con un manto de terror, debido a que les había llegado noticias de la crueldad de los invasores.

Fue lo que dijo Rahab, una prostituta de Jericó, a dos espías enviados por Josué. “Todos los que viven aquí están muertos de miedo por causa de

ustedes”, confesó, revelando estar bien informada de todo cuanto habían hecho antes los israelíes.

“También sabemos – añadió – que ustedes aniquilaron por completo a Sehón y a Og, los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del río Jordán. Es tanto el miedo que nos ha dado saberlo, que nadie se atreve a enfrentarse a ustedes”.

La mujer suplicó que se perdonara “la vida de mi padre, a mi madre, a mis hermanos y hermanas y todo lo que es de ellos”, y, sabiendo que la destrucción de su ciudad era inevitable, imploró desesperadamente: “¡Sálvennos de la muerte!”.

Los espías, satisfechos de la información que la mujer les proporcionó, prometieron respetar su vida y la de los suyos. De regreso al campamento, informaron con gran alegría: “Jehová ha puesto toda la región en nuestras manos. Por causa nuestra, todos los que viven en el país están muertos de miedo”.

Días después, ya a las puertas de Jericó, Josué se encontró con alguien que sostenía una espada en la mano.

“Vengo como jefe del ejército de Jehová”, le dijo. El sucesor de Moisés se inclinó ante él, tocando el suelo con la frente, y preguntó. “¿Qué le manda Jehová a éste siervo suyo?”, y el extraño le pidió descalzarse “porque el lugar donde estás es sagrado”.

No hay más detalles de esa rara reunión entre un mortal y un inmortal. Sólo cabe suponer que quien decía ser general de los ejércitos celestiales no había bajado a la tierra sólo para pedirle a Josué que se quitara las sandalias.

Cabría entrever que en esa entrevista se habló de la inminente invasión y destrucción de Jericó, por cuanto de allí Josué fue directamente a comunicar al pueblo: “Purifíquense, porque mañana verán al Señor hacer milagros”.

Uno de esos milagros fue la forma de cruzar el Jordán, porque Jehová repitió aquí la operación realizada unos cincuenta años atrás en el Mar Rojo: dividió las aguas en dos para que los israelíes pudieran cruzar el río como si fuera por una calle pavimentada.

“Esto es una prueba de que el Dios viviente está en medio de ustedes”, gritó Josué.

Jehová había prometido a éste hombre, cuando aún estaban en la otra orilla del río, que lo haría “cada vez más importante a los ojos de los israelitas”, y que la suerte de Jericó estaba echada. “Yo te he entregado Jericó, con su rey y sus soldados”, le dijo.

Jehová se reveló como un gran estratega militar, de modo que sería inútil que la ciudad cerrara herméticamente sus puertas, como lo hizo. Su plan de ataque era éste:

“Ustedes, soldados israelitas, den una vuelta diaria alrededor de la ciudad durante seis días. Siete sacerdotes irán delante del cofre del pacto, cada uno con una trompeta de cuerno de carnero, y el séptimo día darán siete vueltas a la ciudad, mientras los sacerdotes tocan las trompetas. Cuando ustedes oigan que las trompetas dan un toque especial, griten con todas sus fuerzas, y la muralla de la ciudad se vendrá abajo. Entonces cada uno deberá avanzar directamente contra la ciudad”.

El insólito plan de ataque se desarrolló fielmente, días tras día. En la séptima y última jornada, todos se levantaron a la madrugada para la habitual marcha alrededor de la ciudad, sólo que en ésta oportunidad las vueltas fueron siete.

Cuando los sacerdotes comenzaron a tocar sus trompetas, también por séptima vez, Josué ordenó: “¡Griten! Jehová les ha entregado la ciudad. La ciudad con todo lo que hay en ella será consagrada a completa destrucción, porque el Señor así lo ha ordenado”. La muralla no resistió el infernal griterío y se vino abajo.

Los invasores “avanzaron directamente contra la ciudad y la tomaron. Después mataron a filo de espada a hombres, mujeres, jóvenes y viejos, y aún a los bueyes, las ovejas y los asnos. Todo lo destruyeron por completo”.

Únicamente dejaron con vida a la prostituta Rahab, a sus padres, hermanos y parientes directos. “Quemaron la ciudad y todo lo que había en ella. Lo único que sacaron fue la plata, el oro y las cosas de bronce y hierro, que pusieron en el tesoro del Señor”.

De pie, en medio de los escombros humeantes, Josué lanzó esta advertencia: “Maldito sea a los ojos de Jehová el que intente reconstruir la ciudad de Jericó. Sean echados los cimientos sobre su hijo mayor, y sobre su hijo menor sean puestas las puertas”.

Jehová, fiel a su promesa, “ayudó a Josué, cuya fama se extendió por toda la región”.

Un desastre para los invasores

El siguiente objetivo fue Hai, ubicada al oriente de Betel. Era una ciudad para la cual según sus cálculos serían suficiente tres mil hombres para tomarla, y con esa cantidad la atacaron. Pero el resultado fue un desastre para los invasores.

Los defensores de ese bastión “los derrotaron y los hicieron huir; mataron como a treinta y seis israelitas, y a los demás los persiguieron desde las puertas de la ciudad hasta las canteras, y en la bajada los destrozaron completamente”.

Nadie entendía nada, la confusión era total. No había explicación lógica para tan humillante derrota porque “unos pocos defensores” habían masacrado a tres mil guerreros israelíes.

Josué y todos los ancianos de Israel rasgaron sus ropas y se echaron polvo sobre la cabeza en señal de dolor. Se inclinaron tocando el suelo con la frente hasta la caída de la tarde, esperando alguna explicación de parte del Señor. Sospechaban que la ira divina de nuevo estaba encendida contra ellos, pero no sabían por qué.

Finalmente, el propio Jehová les reveló la razón por la que ahora estaba enojado:

“Los israelitas han pecado y han roto el pacto que yo hice con ellos. Tomaron de las cosas que debieron ser destruidas, las robaron sabiendo que hacían mal, y las han escondido entre sus pertenencias. Por eso los israelitas no podrán hacer frente a sus enemigos, pues ahora los israelitas mismos merecen ser destruidos. Y si ustedes no destruyen pronto lo que ordené que se destruyera, no estaré más con ustedes”, dijo.

Al otro día se descubrió que el causante del desastre era Acán, de la tribu de Judá. “Entre las cosas que tomamos de Jericó – confesó – vi un bello manto de Babilonia, doscientas monedas de plata y una barra de oro que pesaba más de medio kilo. Me gustaron esas cosas y me quedé con ellas, y las he enterrado debajo de mi tienda de campaña, poniendo el dinero en el fondo”.

La sentencia de Jehová fue terminante: “El que tenga en su poder lo que debió ser destruido, será quemado con su familia y con todas sus posesiones”.

Para cumplir con la drástica orden de Jehová, Josué ordenó que se llevaran a Acán al valle de Acor “junto con la plata, el manto, la barra de oro, sus hijos y sus hijas, sus bueyes, asnos y ovejas, y su tienda y todo lo que era suyo”.

Josué también fue el encargado de dar la orden de ejecución: “Ahora que Jehová haga caer sobre ti la desgracia que nos trajiste”, le dijo, tras lo cual “todos los israelitas mataron a pedradas a Acán y a los suyos, y luego los quemaron”.

 

La operación relámpago

 

Recién entonces el Señor volvió a cooperar con los invasores. “Toma a todo tu ejército y ponte en marcha contra la ciudad de Hai, pues yo te daré la victoria contra el rey de Hai y su gente – le dijo a Josué -. Su ciudad y sus territorios serán tuyos, y tú harás con Hai y su rey lo mismo que hiciste con Jericó y su rey”.

Un nuevo plan de batalla diseñado por el propio Jehová y desarrollado fielmente ésta vez por treinta mil soldados hizo que la victoria ahora fuese espectacular. Tendieron una trampa a los habitantes de la acorralada ciudad.

En determinado momento, los sitiados salieron a perseguir a una parte del ejército atacante, la cual solamente fingía huir de ellos. La ciudad quedó desguarnecida. “Da ya la señal de atacar la ciudad de Hai, que yo te la voy a entregar”, instruyó Jehová a Josué.

Los soldados que se habían escondido al oeste de la ciudad “se lanzaron contra la ciudad y la tomaron, prendiéndole fuego enseguida”. El ejército de Hai quedó atrapado en un abrazo mortal: de los que quemaban la ciudad y de los que habían simulado huir y ahora regresaban a marcha forzada sobre sus pasos.

“Las dos fuerzas israelitas atacaron a los de Hai hasta matarlos a todos. Sólo dejaron con vida al rey de Hai, al cual capturaron y llevaron ante Josué”.

Seguidamente, los invasores se ensañaron con gran crueldad con la población civil.

“Después de matar a filo de espada a todos los de Hai que habían salido a perseguirlos, los israelitas regresaron y mataron a los que quedaban. Aquel día murieron los doce mil habitantes de Hai, hombres y mujeres, pues Josué mantuvo la orden de atacar la ciudad hasta que los destruyeran a todos por completo”.

El rey corrió la misma suerte que su pueblo: “Lo colgó Josué de un árbol hasta el atardecer y cuando el sol se puso mandó que lo bajaran y echaran el cadáver a la entrada de la ciudad, y que amontonaran piedras encima de él”.

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