Serie: La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis           

  Canaán: una masacre indigna de la misericordia de Jehová

Por Vidal Mario (Escritor, periodista e historiador)
domingo, 31 de octubre de 2021 · 10:08

 Por Vidal Mario

(Escritor, periodista e historiador)

 

Consumada la caída de la ciudad de Hai, comentada en la nota del domingo pasado, Jehová volvió a intervenir personalmente en la siguiente operación militar, ahora para exterminar a los amorreos y sus aliados.

Ante la presencia de un enemigo común, los reyes de Jerusalén, Hebrón, Jarmut, Laquis y Eglón se habían aliado para intentar frenar el arrollador avance israelí.

Jehová, sin embargo, tranquilizó a Josué diciéndole que no tuviera miedo, que él le entregaría a toda esa gente. “Ninguno de ellos va a poder hacerte frente”, le prometió.

Días después, aprovechando las sombras de la noche, Josué cargó sorpresivamente contra los amorreos.

Jehová colaboró con su servidor haciendo que “los amorreos se asustaran mucho ante los israelitas, y así Josué mató a muchísimos en Gabaón. Después los persiguió por el camino de Bet-horón y siguió matando amorreos hasta Azeca y Maceda”.

Hasta el tiro de gracia estuvo a cargo de Jehová. “Al bajar los amorreos la cuesta de Bet-horón, mientras huían de los israelitas, Jehová soltó sobre ellos grandes piedras de granizo, que mataron más amorreos que las espadas de los israelitas”.

Josué, necesitando horas extras de luz para completar su faena exterminadora, pidió a Jehová que detuviera la marcha del sol, y él atendió su pedido.

“El sol se detuvo en medio del cielo y por casi un día entero no se puso. Ni antes ni después ha habido otro día como aquel en que Jehová escuchó la voz de un hombre, pues Jehová peleaba en favor de Israel”.

Alguien vino a informar que los cinco reyes amorreos estaban escondidos en una cueva de Maceda. Josué ordenó que sellaran la entrada de dicho escondite con piedras, y luego salió a eliminar a los pocos sobrevivientes que quedaban.

“No los dejen regresar a sus ciudades – arengó a sus soldados – porque Jehová, el Dios de ustedes, los ha entregado en sus manos”.

Terminada la matanza, galoparon hacia donde tenían retenidos a los reyes enemigos. Los sacó afuera y los alineó en el suelo. “Acérquense y pongan el pie sobre el cuello de éstos reyes”, ordenó Josué a sus lugartenientes. Quería dar un ejemplo, con ello, de que “esto mismo hará Jehová con todos los enemigos de ustedes”.

Acto seguido, “Josué mató a los reyes y mandó que colgaran a cada uno de un árbol, y allí los dejaron hasta el atardecer. Cuando el sol se iba a poner, mandó Josué que los bajaran de los árboles y los echaran en la misma cueva en que se habían escondido. Después taparon la entrada con unas piedras enormes que, por cierto, todavía están allí”.

Josué aprovechó al máximo las horas extras de luz que Jehová le había dado (haciendo que “el sol y la luna se detuvieran”) para que “el pueblo se vengara del enemigo”.

Atacó la ciudad de Maceda y la destruyó por completo. “Mató a filo de espada a todos los que vivían en ella y no dejó a nadie con vida. Hizo con el rey de Maceda lo mismo que había hecho con el de Jericó”.

Sin pérdida de tiempo, cargó después contra Libna. “Jehová les entregó también ésta ciudad y su rey. No quedó nada ni nadie con vida, e hizo con el rey de Libna lo mismo que con el de Jericó”.

La vecina Laquis corrió igual suerte que las anteriores, aunque antes de atacarla los invasores descansaron acampando ante sus puertas. “Al segundo día el Señor les entregó Laquis y, como en Libna, los israelitas mataron a filo de espada a todas las personas y los animales que vivían allí”.

Horam, rey de Gezer, intentó auxiliar a Laquis, pero “Josué también lo derrotó y no dejó a nadie con vida”. Los hebreos llegaron finalmente a Eglón, y “ese mismo día la tomaron y mataron a filo de espada a todos los que vivían allí, destruyéndolos por completo como lo habían hecho con Laquis”.

Hebrón tardó apenas horas en caer. “Cuando la tomaron, la destruyeron por completo y mataron a filo de espada al rey y a todas las personas y los animales que vivían allí y en los pueblos vecinos, tal como lo habían hecho con Eglón”.

Tampoco hubo piedad para Debir, que fue el siguiente escenario de toda esta espeluznante masacre, indigna de la promocionada misericordia de Jehová.

“Mataron a filo de espada a su rey y a los habitantes de los pueblos vecinos. Ni un solo habitante de Debir quedó con vida; todos fueron aniquilados, tal como habían hecho con Hebrón y Libna y sus reyes”.

Arrasaron con todo y con todos, para que Jehová pudiera cumplir su supuesta promesa a Abraham, Isaac y Jacob. “Lo destruyó y los mató a todos; no quedó nada, ni dejó vivo a nadie, tal como el Señor, el Dios de Israel, se lo había ordenado”.

Los bíblicos comentarios finales sobre semejante campaña de exterminio terminan consignando que “de una sola vez derrotó a los reyes y conquistó todos sus territorios entre Gades-barnea y Gaza, y toda la región de Gozén hasta la ciudad de Gabaón, porque Jehová, el Dios de Israel, peleaba a favor de los israelitas”.

 

Un último esfuerzo

 

Era necesario, sin embargo, un último y supremo esfuerzo para cerrar el círculo de conquistas, porque Jabín, rey de Hazor, organizó una formidable alianza militar.

Se trataba de una coalición entre los reyes de Madón, Simrón y Acsaf. los reyes de la región montañosa del norte, del valle del Jordán al sur del lago Gineret, de la llanura y de las inmediaciones de Dor hacia el oeste, los cananeos del este y del oeste, los amorreos, los hititas, los ferezeos, los jebuseos de las montañas y los heveos del monte Hermón, en la región de Mizpa.

Conformaron una gigantesca concentración militar. “Eran tantos los soldados que no se podían contar, como los granitos de arena a orillas del mar. Todos ellos hicieron una alianza, y acamparon junto a las aguas de Merón, para atacar a los israelitas”.

Jehová tranquilizó a Josué. “No les tengas miedo, porque yo haré que mañana, a esta misma hora, todos ellos caigan muertos delante de ustedes. Y tú, rómpeles las patas a sus caballos y prende fuego a sus carros de guerra”, le dijo.

Animado por tan reconfortante mensaje, Josué atacó por sorpresa, “y Jehová les dio la victoria a los israelitas, de modo que los fueron atacando y persiguiendo hasta la gran ciudad de Sidón y Misrefot-maim, y por el oriente hasta el llano de Mizpa. Ni uno sólo de ellos quedó con vida. Josué cumplió con lo que Jehová le había ordenado, pues les rompió las patas a los caballos del enemigo y quemó sus carros de guerra”.

Aniquilados los soldados, caballos y carros enemigos que salieron a enfrentarlos, la tropa israelí cargó seguidamente contra Hazor, corazón de la notable coalición militar, “matando al rey Jabín y a todos los que vivían allí”.

Las crónicas bíblicas relatan que “todo lo destruyeron por completo, y quemaron la ciudad”.

Igual suerte corrieron los demás pueblos que habían integrado la alianza. Josué “las tomó y mató a sus reyes y las destruyó por completo. Mataron a filo de espada a todos los que vivían en esas ciudades, sin dejar con vida a ninguno, y tomaron posesión de todos los animales y cosas que había en ellas”.

Imparables, las tropas hebreas siguieron invadiendo y exterminando poblaciones enteras. Aunque era imposible hacerles frente, la idea de una rendición (salvo la de los gabaonitas, que fueron esclavizados y usados como bestias de carga) no cabía en la mente de los siguientes pueblos a ser atacados.

En ésta actitud de resistir otra vez tuvo que ver Jehová, quien los “puso tercos”, algo que ya había hecho en otros tiempos con cierto faraón de Egipto.

“Jehová hizo que los enemigos se pusieran tercos y resistieran a los israelitas, para que los israelitas los destruyeran por completo y sin misericordia, tal como el Señor se lo había ordenado a Moisés”.

Así –según la Biblia- a sangre, fuego y espada, los hebreos conquistaron la “tierra prometida”, inmenso botín territorial que fue repartido entre las doce tribus en que estaban divididos.

 

El juramento de los invasores

 

El conquistador Josué murió a los ciento diez años, y lo enterraron en los montes de Efraín. Ya en su lecho de muerte, reunió a los ancianos, jefes, jueces, militares y pueblo en general.

No los convocó únicamente para despedirse; lo hizo especialmente para advertirles que “si no cumplen el pacto que Jehová hizo con ustedes, si van y adoran a otros dioses y se inclinan delante de ellos, Jehová se enojará con ustedes, y muy pronto serán borrados de esta tierra tan buena que él les ha dado”.

Les prohibió que se mezclaran con otras razas. “No se mezclen con la gente que todavía vive aquí entre ustedes. No adoren a sus dioses ni los obedezcan; ni siquiera mencionen el nombre de esos dioses ni juren por ellos”, les pidió.

Les previno: “Si se apartan de Dios y se mezclan con ésta gente que ha quedado entre ustedes, y hacen matrimonios unos con otros, Jehová no echará a estos pueblos de la presencia de ustedes, sino que los usará como red y como trampa para que ustedes caigan, como látigo sobre sus espaldas y como espinas en sus ojos, hasta que no quede ni uno sólo de ustedes en esta tierra tan buena que Jehová su Dios les ha dado”.

En términos enérgicos, el moribundo insistió: “Jehová no tolerará las rebeliones y pecados de ustedes”.

Más aún, enfatizó: “Si ustedes lo abandonan y sirven a otros dioses, el Señor responderá haciéndoles mal y los destruirá a pesar de haberles hecho tanto bien”.

El pueblo respondió al unísono y a los gritos: “¡No permita Jehová que lo abandonemos para servir a otros dioses!”, y todos juntos juraron solemnemente: “Nosotros serviremos a Jehová nuestro Dios, y haremos lo que él nos diga”.

Pero la desobediencia judía, y la correspondiente represión divina, ya era sólo cuestión de tiempo.

 

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