La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

 300 israelíes matan 120.000 enemigos: Jehová lo hizo

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)
domingo, 14 de noviembre de 2021 · 00:00


      Por Vidal Mario    

Escritor, historiador y periodista)

 

La misma noche del episodio comentado el domingo pasado, Jehová se le apareció en sueños a Gedeón para entregarle la excusa que haría explotar la rebelión israelí contra sus opresores.

“Toma un toro del ganado de tu padre, el segundo toro, el de siete años y echa abajo el altar de Baal que tiene tu padre –le ordenó -. Echa abajo también el árbol sagrado que está junto al altar de Baal, y en lo alto de esa fortaleza construye un altar al Señor tu Dios. Toma luego el toro, el segundo, y ofrécemelo como holocausto, usando para ello la leña del árbol sagrado que habrás echado abajo”.

Gedeón hizo todo lo indicado, amparado en la impunidad que le otorgaban las sombras de la noche.

A la mañana siguiente, los madianitas encontraron el altar derrumbado y, cortado, el árbol sagrado que habían plantado junto al mismo. Para colmo, había un toro sacrificado sobre un altar dedicado a Jehová, que manos anónimas habían levantado allí de la noche a la mañana.

Estalló el escándalo, y cuando se enteraron que había sido Gedeón el autor del sacrilegio, fueron a su casa a matarlo.

No lo encontraron, porque ya estaba a cierta distancia de allí tocando a diestra y siniestra un cuerno de carnero, “porque el espíritu del Señor se había adueñado de su cuerpo”.

Actuando como un poseído, alentó al pueblo a alzarse en armas y envió mensajeros a todas las tribus israelitas reclamando hombres valientes para la pelea.

Los madianitas, los amalecitas y la gente del oriente respondieron organizando un temible ejército. Cruzaron el río Jordán y acamparon en el valle de Jezrael, resueltos a aplastar a sangre y espada la revuelta de los hebreos.

Pese a que “el espíritu del Señor se adueñó de Gedeón”, éste no confiaba mucho en el “Señor” que se había apoderado de su cuerpo.

Así que, antes de embarcarse hacia una batalla que sería a matar o morir, sometió a Jehová a dos pruebas para “comprobar si de veras me vas a usar para salvar a Israel, como tú mismo has dicho”.

Jehová aceptó y lo convenció de que no estaba bromeando. Gedeón, a quien amigos y enemigos por igual apodaban Jerobaal (“Que Baal se defienda de él”) y su improvisada tropa acamparon junto al manantial de Harod, donde se estacionaron a la espera del gran choque.

Pero, al ver tanta multitud, Jehová advirtió una situación que para nada le convenía.

Él quería todo el mérito de la victoria para sí, y esos treinta y dos mil israelíes eran muy capaces de adjudicar la victoria a su propia valentía, dejándolo a él afuera, como ya había sucedido en ocasiones anteriores muy desagradables para Jehová.

Transmitió su preocupación a Gedeón. “Traes tanta gente contigo que, si hago que los israelitas derroten a los madianitas, van a alardear ante mí creyendo que se han salvado ellos mismos”, le dijo. Por eso decidió disminuir la cantidad de combatientes.

“Dile a tu gente –ordenó- que cualquiera que tenga miedo puede irse a su casa”.

Veintidós mil miedosos no se hicieron rogar, y pronto desaparecieron del lugar.

Quedaron diez mil, cantidad que Jehová juzgó aún excesiva. “Son muchos todavía”, observó. Le dictó a Gedeón un insólito sistema para reducir aún más el número de luchadores.

“Llévalos a tomar agua, y allí yo los pondré a prueba y te diré quiénes irán contigo y quiénes no”, instruyó al caudillo. La totalidad de la tropa se desplazó hasta un río cercano. “Aparta a los que beben agua en sus manos, lamiéndola como perros, de aquellos que se arrodillan para beber”, le mandó.

Nueve mil setecientos hombres que se arrodillaron para beber el agua fueron automáticamente marginados del ejército, y debieron regresar a sus casas.

“Los que bebieron agua llevándosela de las manos a la boca y lamiéndolas como perro fueron trescientos”, número con el que Jehová se mostró satisfecho.

“Con estos trescientos hombres voy a salvarlos a ustedes y derrotaré a los madianitas”, exclamó, seguro de que ya nadie le arrebataría el mérito de la victoria.

 

Muerte en el valle de Jezrael

 

Esa misma noche, el Señor ordenó el ataque. En cumplimiento de sus instrucciones, Gedeón “dividió sus trescientos hombres en tres grupos y les dio cuernos de carnero a todos y cántaros vacíos que llevaban dentro antorchas encendidas”.

Al grito de “¡Guerra! ¡Por Jehová y por Gedeón!” los trescientos israelíes arremetieron contra los más de cien mil enemigos, rompiendo la oscuridad de la noche con sus antorchas, y el silencio con sus alaridos y cuernos de carnero.

Jehová intervino directamente en el combate haciendo que los madianitas perdieran la razón y se pusieran a luchar entre sí. La carnicería fue tremenda: ciento veinte mil cadáveres quedaron tendidos en el campo enemigo.

Los sobrevivientes, encabezados por sus reyes Zeba y Zalmuna, galoparon aterrorizados hacia Bet-Sita. Gedeón y su pequeño ejército –que no había sufrido ni un rasguño- salieron en su persecución.

Tras pasar por las ciudades de Penuel y Sucot, el líder israelí y sus trescientos hombres aniquilaron a los quince mil madianitas que habían quedado vivo y, como broche de oro, capturaron a sus reyes.

De regreso pasaron otra vez por Sucot, donde tomaron espinas y zarzas del desierto “para castigar con ellos a los jefes ancianos”.

Luego galoparon a la vecina Penuel, y mataron a todos sus habitantes por haberse negado a darles comida cuando pasaron por allí persiguiendo a los madianitas.

De los enemigos, sólo quedaban con vida los dos reyes cautivos. “¡Levántate y mátalos!”, ordenó Gedeón a su hijo mayor, Jeter. Éste, sin embargo, dudaba en sacar su espada.

“¡Mátanos tú! ¡Al hombre se lo conoce por su valentía!”, desafiaron los prisioneros. Gedeón, entonces, atravesó a los dos con su espada. A continuación, tomó como recuerdo de la batalla los adornos que engalanaban los camellos de los monarcas muertos, y se apoderó de diecinueve kilos de oro.

“Así fue que los madianitas quedaron sometidos a Israel, y nunca más volvieron a levantar cabeza”.

Durante cuarenta años –el tiempo que siguió viviendo Gedeón- “hubo paz en la región”.

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