LA BIBLIA, DESDE EL GÉNESIS HASTA EL APOCALIPSIS

En honor a Jehová, Jefté sacrifica a su propia hija

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)
domingo, 21 de noviembre de 2021 · 00:00

Desde aquella memorable batalla, Gedeón vivió rodeado de honores y de un montón de mujeres legítimas que le dieron setenta hijos, también legítimos.

En Siquem tenía una amante, la cual también le dio un varón, en éste caso ilegítimo, al que llamó Abimelec.

Cuando murió Gedeón, “los israelitas volvieron a abandonar a Jehová para adorar a las diferentes representaciones de Baal, y escogieron como su dios a Baal-berit. Se olvidaron del Señor que los había salvado de todos los enemigos que los rodeaban”.

Para agravar más las cosas, se desató una dura lucha por el poder que había quedado vacante.

Abimelec, aquel hijo bastardo, resolvió expeditivamente el pleito: robó setenta monedas de plata del templo de Baal-berit, y contrató asesinos para matar a sus setenta hermanos.

Los sicarios cabalgaron hasta la ciudad de Ofra, donde “contra una misma piedra mataron a los setenta hermanos de Abimelec”. Sólo Jotam, el menor de los hermanos, sobrevivió.

Eliminada la competencia, Abimelec reunió a los habitantes de Siquem, su pueblo natal, y de Bet-milo, y se hizo coronar rey.

Por esas mismas horas, Jotam reapareció no lejos de allí, en la cumbre del monte Gerizim, para echar contra su medio hermano, de parte de padre, ésta maldición: “¡Que salga de Abimelec un fuego que destruya a todos los de Siquem y de Bet-milo, y que de Siquem y de Bet-milo salga un fuego que lo destruya a él!”.

El encargado de hacer cumplir dicha maldición sería el mismísimo Jehová.

Un espíritu maligno para Siquem

Tres años después, Jehová puso en marcha la cuenta regresiva para el fin de Abimelec.

“Jehová interpuso un espíritu maligno entre Abimelec y los de Siquem, para que estos se rebelaran contra él y así pagara Abimelec el sangriento asesinato de los setenta hijos de Gedeón, y los de Siquem pagaran por haberlo ayudado”.

El citado “espíritu maligno” en realidad era uno de carne y hueso, un tal Gaal. Un día, pasando con sus hermanos por Siquem, “se ganó la confianza de los de aquella ciudad”.

Unos y otros festejaron la naciente amistad saliendo al campo a recoger uva para el vino. “Celebraron una gran fiesta, comiendo y bebiendo en el templo de sus dioses, y maldiciendo a Abimelec”.

Con la lengua descontrolada por el alcohol, Gaal preguntó a los gritos “¿quién se cree Abimelec? ¿Quiénes somos nosotros para andar como esclavos delante de ellos?”.

Sus expresiones provocativas concluyeron con un reto oficial: “¡Anda, Abimelec, reúne tu ejército y ven a pelear!”.

El desafiado respondió al desafío público, cargando contra los agitadores con un ejército que dividió en tres frentes. Mientras dos divisiones “atacaban y mataban a todos los que andaban por el campo”, Abimelec “atacó a Siquem, hasta que la tomó. Destruyó la ciudad y mató a todos sus habitantes, y la ciudad misma la sembró de sal”.

Seguidamente, arremetió contra la vecina Migdal-siquem. “Le prendieron fuego y mataron a todos los habitantes, que eran unos mil hombres y mujeres”.

Para redondear su macabra tarea, marchó sobre Tebes, que cayó con facilidad. En el centro de esta ciudad había una torre de colosales dimensiones, dentro de la cual se había refugiado gran cantidad de hombres, mujeres y niños.

Cuando los invasores se disponían a incendiar la torre, desde lo alto una mujer tiró una piedra de molino que terminó sobre el cráneo de Abimelec, rompiéndolo.

Gravemente herido, ordenó a su ayudante de armas: “Saca tu espada y mátame, porque no quiero que se diga que una mujer me mató”. El sirviente lo atravesó con su espada.

De esta manera, según las crónicas, “Jehová hizo pagar a Abimelec el crimen que había cometido contra su padre al matar a sus setenta hermanos” y, paralelamente, “hizo que los de Siquem pagaran por todos sus crímenes”.

Un bandido, nuevo juez

Pero en cuanto los israelíes recuperaron su libertad, “volvieron a hacer lo malo a los ojos de Jehová”, rindiendo culto “a las diferentes representaciones de Baal y de Astarté”.

Esta vez fueron aún más lejos: incorporaron a su lista de divinidades a dioses de Siria, Sidón, Moab, Amón, y de un nuevo pueblo que lentamente iba haciéndose fuerte en los alrededores: los filisteos.

Jehová no estaba dispuesto a tolerar que se lo reemplazara por otros dioses, menos aún por Baal. Así que entregó a su pueblo a otra cruel esclavitud, con la esperanza de que ésta vez sí escarmentaran.

Durante dieciocho interminables años, los hebreos fueron pisoteados por los filisteos y por los amonitas.

Y otra vez los judíos apelaron al llanto y a los gestos de arrepentimiento en busca del perdón divino. “¡Dios nuestro, hemos pecado contra ti, pues te hemos abandonado por adorar a dioses falsos!”, se disculparon, pero Jehová ya no se dejaba conmover tan fácilmente.

“¡Vayan y pidan ayuda a los dioses que se han escogido! ¡Que ellos los salven a ustedes cuando estén en aprietos!”, respondió.

Los israelíes lloraban y gemían día y noche, además de deshacerse “de los dioses extranjeros para volver a adorar a Jehová”.

El llanto colectivo no cesaba. “Hemos pecado. Haz con nosotros lo que mejor te parezca, pero, ¡por favor, sálvanos ahora!”, imploraron. Tanto insistieron que “Jehová ya no pudo soportar que los israelitas siguieran sufriendo”.

Así que levantó un nuevo caudillo, de currículum poco recomendable. Era un bandido llamado Jefté, hijo de una prostituta.

Se trataba de un pirata del desierto que operaba en la región de Tob capitaneando “una banda de desalmados que junto con él salían a hacer correrías”.

A su talento como delincuente se sumaba una fama de gran peleador, por lo que los israelíes estimaron que era un candidato ideal para liderar una rebelión.

“El espíritu de Jehová vino sobre Jefté”, y el asaltante comenzó a recorrer, con un improvisado ejército de bandidos como él, los caminos de Galaad y Manasés.

Tan lejos fue que sin darse cuenta entró en territorio de los amonitas. Consecuentemente, dos ejércitos se encontraron, de pronto, uno frente al otro.

Jefté hizo ésta extraña promesa a Jehová: “Si me das la victoria sobre los amonitas yo te ofreceré en holocausto a quien primero salga de mi casa a

recibirme cuando yo regrese de la batalla”. Ya tendría tiempo de arrepentirse, por el resto de su vida, de éste juramento.

“El Señor le dio la victoria, mató Jefté a muchos enemigos y conquistó veinte ciudades y, de éste modo, los israelitas pasaron a dominar a los amonitas”.

Cuando regresó a su casa, en Mizpa, su única hija salió a recibirlo bailando y tocando panderetas. Jefté enloqueció de dolor: en cumplimiento de la promesa hecha al Señor, ahora debía matarla.

Jehová no liberó a Jefté de la cruel obligación a la cual insensatamente se había atado. En cuanto a la muchacha, aceptó con resignación y valentía su absurdo destino.

“Haz conmigo lo que le prometiste al Señor –le dijo con gran valentía a su padre -, ya que él ha cumplido su parte al darte la victoria sobre tus enemigos los amonitas”.

Sólo le pidió un favor. “Te ruego que me concedas dos meses para andar por los montes, con mis amigas, llorando por tener que morir sin haberme casado”.

Jefté le concedió ésta última voluntad, y su hija se internó por los montes, vagando sin rumbo fijo con sus amigas, “llorando porque se iba a morir sin haberse casado”. A los dos meses, tal como lo había prometido, regresó para ponerse a disposición de su padre.

Jefté quemó viva a su hija como ofrenda a Jehová. Murió “sin haber tenido relaciones sexuales con ningún hombre”.

En memoria suya, se instauró una costumbre que se haría tradicional entre los israelíes: “Que todos los años las jóvenes vayan a llorar a la hija de Jefté durante cuatro días”.

En medio de su tragedia personal, Jefté soportó además el alzamiento de la tribu de Efraín, resentida por no haber sido invitada a la reciente guerra con los amonitas.

“¿Por qué te lanzaste a atacar a los amonitas sin avisarnos para que fuéramos contigo? ¡Ahora vamos a quemar tu casa contigo adentro!”, le amenazaron.

Ese reproche le dio a Jefté una excusa para descargar sobre ellos el inmenso peso de su amargura. “Jehová me dio la victoria. ¿Por qué vienen ustedes ahora a pelear conmigo?”, les contestó, sometiéndolos a continuación a una trágica represión.

“En aquella ocasión los muertos de Efraín fueron cuarenta y dos mil hombres”, y sus cadáveres dejó insepultos para que se pudrieran en los vados del Jordán.

El hombre del futuro

Cuando murió Jefté su lugar fue ocupado por otros caudillos-jueces que pasaban por la historia sin pena y sin gloria. Todos eran incapaces de impedir que los hebreos se arrojaron a los brazos de otros dioses. El resultado no podía ser otro, consecuentemente, que más cautiverio para los ellos.

Pasaron a ser esclavos de los filisteos, quienes los explotaron para provecho propio durante cuarenta años.

Transcurrido dicho tiempo, Jehová estimó que el castigo ya era suficiente y eligió para comenzar la liberación a alguien excepcional. A un hombre que todavía no había nacido.

 

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