Serie: La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

 Los israelíes comienzan a enamorarse de otros dioses

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)
domingo, 7 de noviembre de 2021 · 00:44

Por Vidal Mario    

(Escritor, historiador y periodista)

 

Muerto Josué – fallecimiento sobre el cual dimos pormenores en la nota del domingo pasado-, los israelíes cambiaron como el día y la noche. De pueblo unido, compacto y de fuerza arrolladora, se volvió un montón de tribus dispersas.

Sin conductor visible, cada tribu comenzó a manejarse según sus propios criterios. Iban muriendo “todos los israelitas de la época de Josué”, y las nuevas generaciones “no sabían nada del Señor, ni de sus hechos a favor de Israel”.

Jehová decidió entonces someter a esas nuevas generaciones de judíos a otra de sus típicas pruebas. Lo que quería saber era: ¿serían capaces los que nacieron después de la conquista de Canaán ser fieles al Dios de sus antepasados?

Para averiguarlo, se valió de algunos de los pueblos que deliberadamente había dejado en pie.

“Quería ver si los israelitas seguirían el camino del Señor, como antes lo habían hecho sus antepasados, o no. Por eso el Señor no desalojó enseguida a las naciones que no había entregado en manos de Josué, sino que les permitió quedarse”.

Lo anterior explicaba por qué a los israelíes no les había sido posible conquistar Gaza, Ascalón, Ecrón, Sidón, Meguido, y Helba, ni tampoco expulsar a los jebuceos de Jerusalén, ni a otros grupos amorreos, que seguían viviendo en Heres, Asalón y Saalbín.

Algunas de esas etnias fueron esclavizadas, pero con otras no tuvieron más alternativa que compartir la misma tierra.

 

De conquistadores a esclavos

 

La cuestión es que comenzó a generarse una situación que Jehová ya sabía y esperaba desde hacía siglos: “Los hijos y las hijas de los israelitas se casaron con los hijos y las hijas de aquellos pueblos”, y “se entregaron a adorar a los dioses de la gente que vivía alrededor”.

Jehová protestó: “Esta gente rompe el pacto que yo hice con sus antepasados, y no quiere obedecerme”.

Así que, en previsible represalia, empezó a convertir a los judíos en esclavos de los pueblos que originalmente estaban destinados a ser destruidos o esclavizados por ellos.

Durante más de trescientos años, los hebreos vivieron encerrados en éste círculo vicioso:

Cada vez que hacían “lo malo” (rendir culto a otras divinidades) Jehová los entregaba al pueblo adorador de tales divinidades. Cuando suplicaban perdón enviaba un caudillo para liberarlos, pero en cuanto el libertador de turno moría “volvían a corromperse y llegaban a ser peores que sus padres, sirviendo y adorando a otros dioses”, con lo cual otra vez Jehová los entregaba a sus enemigos para, al final, conmovido por sus llantos, otra vez les mandaba libertador.

El primero de estos caudillos (que la Biblia llama jueces), fue Otoniel. Apareció cuando la conducta de los judíos volvió a ser “malo a los ojos de Jehová”, es decir, “se olvidaron de él y adoraron a las diferentes representaciones de Baal y de Astarté”.

El Señor respondió poniéndolos en manos de Cusan-risatain, rey de Mesopotamia, quien los tuvo como esclavos y los explotó durante ocho años, “hasta que le suplicaron al Señor y él hizo que surgiera alguien para salvarlos”.

“El espíritu de Jehová vino sobre Otoniel, el cual acaudilló a los israelitas, salió a la batalla y el Señor le dio la victoria sobre Cusan-risatain”. Libres de todo yugo y opresión, los judíos respiraron tranquilos durante cuarenta años.

Pero en cuanto murió Otoniel, “volvieron a hacer lo malo a los ojos de Jehová”, suspirando por otros dioses. El castigo en ésta oportunidad fue más severo: Jehová los entregó a Eglón, rey de Moab, durante dieciocho años.

Una vez más conmovido por los llantos de su gente, escogió al zurdo Aod, de la tribu de Benjamín, para liquidar al rey moabita y liderar un movimiento emancipador.

El nuevo caudillo mandó confeccionar una espada de dos filos y medio metro de largo, la escondió entre sus ropas e ideó un truco para quedar a solas con Eglón en la sala de verano de su palacio.

“El mensaje que traigo a Su Majestad es de parte de Jehová”, le dijo al rey mientras extraía la espada oculta entre sus vestimentas y la enterraba en el vientre del gordo rey de Moab.

“Se la clavó tan fuerte que no sólo entró toda la hoja sino también la empuñadura, quedando cubierta la espada por la gordura de Eglón, pues Aod no se la sacó. Después Aod cerró las puertas del cerrojo y salió por la ventana”.

El asesino llegó a territorio judío, subió a los montes de Efraín y desde allí convocó a sus compueblanos a la lucha. Encabezados por su nuevo líder, los judíos tomaron posesión de los vados del Jordán y desde allí iniciaron la matanza de enemigos. “En aquella ocasión mataron a unos diez mil moabitas, todos ellos soldados fuertes y valientes. Ni uno sólo escapó con vida”.

Tras esto, hubo paz en la región durante ochenta años.

 

Una estaca en la sien

 

Pero, apenas muerto y enterrado Aod, los israelíes volvieron a dar la espalda a su eterno benefactor. “Así que Jehová ahora los entregó al poder de Jabín, un rey cananeo que gobernaba en la ciudad de Hazor”.

El poder de éste se basaba en su formidable ejército y sus novecientos carros de guerra. “Durante veinte años oprimió cruelmente a los israelitas, hasta que por fin estos le suplicaron al Señor que los ayudara”.

En ese tiempo, los judíos tenían como líder a una mujer llamada Débora, de oficio profetisa.

Jehová le pidió a ésta que transmitiera a un tal Barac el siguiente mensaje: “Jehová, el Dios de Israel, te ordena: Ve al monte Tabor y reúne allí a diez mil hombres de las tribus de Neftalí y Zabulón. Yo voy a hacer que Sísara, jefe del ejército de Jabín, venga al arroyo de Gisón para atacarte con sus carros y su ejército. Pero yo voy a entregarlos en tus manos”.

El hombre aceptó, aunque a condición de ser acompañado por la citada profetisa. Juntó los diez mil hombres pedidos por Jehová, y los concentró en el monte Tabor.

Sísara, informado del levantamiento, alistó sus novecientos carros de guerra y todos sus soldados, para un cruel escarmiento.

Cuando toda ésta cantidad de carros y los soldados llegaron al arroyo de Gisón la enérgica Débora gritó a Barac: “¡Adelante, que ahora es cuando Jehová va a entregar en tus manos a Sísara! ¡Ya el Señor va al frente de tus soldados!”.

Barac y sus diez mil hombres arremetieron con fiereza contra el disciplinado ejército de Jabín. “Jehová sembró el pánico entre sus carros y los soldados de Sísara en el momento de enfrentarse con la espada de Barac; hasta el mismo Sísara se bajó de su carro y huyó a pie. Mientras tanto, Barac persiguió a los soldados y a los carros hasta Maroset-goim. Aquel día no quedó con vida ni un solo soldado del ejército de Sísara. Todos murieron”.

Sísara buscó refugio en la tienda de Jael, esposa de su amigo Heber, el quenita. “Por aquí, mi Señor, por aquí, no tenga usted miedo”, le dijo la mujer al fugitivo. Le dio leche, lo escondió entre sus mantas, y esperó a que se quedara dormido.

“Entonces Jael tomó un martillo y una estaca y acercándose sin hacer ruido hasta donde estaba Sísara le clavó la estaca en la sien contra la tierra”. Cuando Barac llegó al lugar fue recibido con gran amabilidad por la asesina.

“Ven, que te voy a mostrar al que andas buscando”, le dijo al líder israelí. Barac entró a la tienda y encontró a Sísara tendido en el suelo, muerto, con una estaca clavada en la cabeza.

“Así humilló Jehová aquel día a Jabín, el rey cananeo, delante de los israelitas”.

Volvió la paz en la región durante otros cuarenta años, y no fue por más tiempo debido al problema de siempre: los israelíes “no abandonaban sus malas prácticas, ni su terca conducta”.

En cuanto murió Barac, de nuevo se enamoraron de dioses menos autoritarios y más permisivos que Jehová.

“Entonces durante siete años el Señor los entregó al poder de los madianitas”, descendientes de aquellos que tan salvajemente habían sido masacrados en tiempos de Moisés.

Tal vez por ello, éste nuevo período de esclavitud, aunque breve, fue más cruel que los anteriores.

“Los madianitas oprimían cada vez más a los israelitas y estos, por temor a los madianitas, se hicieron escondites en los cerros, en las cuevas y en lugares difíciles de alcanzar”.

Además, “siempre que los israelitas tenían algo sembrado, los madianitas, los amalecitas y la gente del oriente los atacaban. Acampaban en los territorios de Israel y destruían las cosechas hasta la región de Gaza, sin dejarles a los israelitas nada que comer, ni ovejas, ni bueyes ni asnos. Con sus tiendas de campaña y su ganado invadían el país y lo destruían todo. Venían con sus camellos en grandes multitudes, como una plaga de langostas. Por causa de los madianitas los israelitas pasaban por muchas miserias”.

Los israelíes, desesperados, retomaron un sistema en el cual a ésta altura ya eran expertos: suplicar el perdón divino.

Así que Jehová eligió para encabezar una nueva acción libertadora al más joven de una familia que era, a la vez, la más pobre de la tribu de Manasés: Gedeón.

El Señor envió a uno de sus ángeles a notificarle que lo había elegido para liberar a Israel del yugo madianita, pero el elegido, cuyo padre era adorador Baal, era un joven que no creía en nada ni en nadie. Así que le pidió al espíritu celestial pruebas de que no le estaban tomando el pelo. Ofrecidas dichas pruebas, y seguro de que ese era efectivamente un ángel de Dios, aceptó la misión.

En prueba de conformidad, levantó un altar en honor a Jehová con esta inscripción: “El Señor es la paz”.

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