Serie: La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

  Sin rey, los israelitas se matan entre ellos             

   Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)
domingo, 12 de diciembre de 2021 · 00:29

   Por Vidal Mario
(Escritor, historiador y periodista)
                       

Israel no tenía rey, solamente los llamados jueces, como Sansón, a quien nos referimos la semana pasada. Sin una autoridad fuerte, “cada cual hacía lo que se le daba la gana”.

La moneda corriente era la ley del más fuerte y Jehová, una vez más, perdió el control de la situación.

Su táctica de levantar de tanto en tanto algún caudillo para enderezar las infidelidades israelitas demostró ser un fracaso. A nadie le importaba ni sus leyes, ni las pasadas historias sobre sus espectaculares hechos a favor de Israel.

Una espada bien afilada valía más que todas las leyes que en el pasado él les había dado.

 

Una víbora junto al camino

 

Un ejemplo de cómo se resolvían las cosas en esos tiempos de barbarie y desgobierno, lo ofreció la tribu de Dan. “No tenía territorio propio todavía, y andaba buscando donde establecerse”.

Cinco hombres fueron a inspeccionar los montes de Efraín, y en tal empresa estaban cuando pasaron por Lais, una población que les pareció presa fácil.

“La gente de esta ciudad vivía confiada, como acostumbraban los sidonios; vivían tranquilos y en paz, sin que nadie los molestara para nada, y sin que nada les faltara”.

Regresaron al campamento, e informaron sobre el descubrimiento. “¡En marcha! ¡Vamos a atacarlos! ¡No se queden ahí sentados sin hacer nada! ¡Hay que ir a conquistar esa ciudad!”, incitaron a los otros componentes de la tribu.

“Seiscientos hombres de la tribu de Dan salieron de Zora y de Estaol, bien armados”. Primero, pasaron por la casa de un hombre rico llamado Micaías a quien le robaron un ídolo tallado recubierto de plata, un santuario lleno de dioses familiares, y a su sacerdote personal.

Cuando llegaron a Lais “los danitas mataron a todos a filo de espada y quemaron la ciudad. Después la reconstruyeron, y se quedaron a vivir en ella”.

Estos danitas descendían de Dan, hijo de Jacob y de la esclava Bilha. Siglos atrás, al impartir la bendición a cada uno de sus doce hijos, Jacob había profetizado que los descendientes de éste hijo bastardo serían “igual a una víbora que está junto al camino, que muerde los talones del caballo y hace caer al jinete”.

Fue en esos tiempos “en que aún no había rey en Israel” y por lo tanto cada cual “hacía lo que se le daba la gana” que un levita tomó por concubina a una mujer de Belén de Judá.

“Pero ella se enojó con él y se fue a vivir a Belén, con su padre”. Ésta discusión de pareja iba a terminar en una horrenda masacre entre los propios israelíes.

La historia de esa matanza comenzó cuando el mencionado levita, escoltado por un criado y dos burros, partió en busca de su esquiva concubina.

Llegó a Belén tras fatigoso viaje, siendo recibido con gran alegría por el suegro. Las crónicas no aclaran si la concubina estaba tan feliz como su padre, ante la aparición del hombre.

La cuestión es que el levita, su criado y el padre de la mujer se pasaron los siguientes cinco días con sus respectivas noches “comiendo, bebiendo y durmiendo”.

Al sexto día, el visitante se despidió, llevándose a su mujer. La noche los sorprendió en la ciudad benjaminita de Gabaa, donde nadie les quiso dar alojamiento. Se instalaron entonces en la plaza central, y allí estaban cuando pasó un anciano que los llevó a su casa, donde se lavaron los pies y, de nuevo, comieron y bebieron sin parar.

“En el momento en que más contentos estaban”, sobrevino el principio del fin.

Se relata, a continuación, una historia que es un claro plagio del incidente de Lot en Sodoma.

Unos degenerados rodearon la casa y golpearon con violencia la puerta. “¡Saca al hombre que tienes de visita! ¡Queremos acostarnos con él!”, se oyó en la oscuridad. El anciano salió a negociar con los patoteros. “¡No, amigos míos, por favor! ¡No cometan tal perversidad, pues éste hombre es mi huésped! – imploró -. Miren, ahí está mi hija, que todavía es virgen. Y también está la concubina de este hombre. Voy a sacarlas para que las humillen y hagan con ellas lo que quieran. Pero con éste hombre no cometan tal perversidad”.

El levita colaboró con su inesperado defensor. “Tomó a su concubina, la echó a la calle y aquellos hombres la violaron y abusaron de ella toda la noche, hasta que amaneció”.

Al día siguiente, el viajero se levantó y abrió la puerta para seguir su camino. Su mujer estaba tirada en el umbral. “Levántate y vámonos”, le ordenó, pero ella estaba muerta.

El levita acomodó el cadáver sobre uno de los asnos, y se marchó. Ya en su casa, “tomó un cuchillo y descuartizó el cadáver de su concubina en doce pedazos, y los mandó por todo el territorio de Israel”.

 

Israel, un sólo grito

 

Los israelíes, desde Dan hasta Beerseba y Galaad, se concentraron “como un solo hombre” en Mizpa para escuchar el testimonio del levita. Luego enviaron mensajeros a la tribu de Benjamín con éste mensaje: “Entréguennos a esos pervertidos que están en Gabaa, para matarlos y purificar a Israel de la maldad”.

Pero los destinatarios del mensaje “no hicieron caso a sus hermanos israelitas” sino que, por el contrario, se concentraron en Gabaa, listos para pelear.

Días después, las fuerzas de ambos bandos quedaban conformadas de esta forma: “cuatrocientos mil guerreros experimentados” del lado de la alianza de tribus, y “veinticinco mil, sin contar setecientos hombres escogidos que eran de Gabaa”, por el lado de los benjaminitas. A las once tribus coaligadas de Israel sólo les faltaba definir cuál de ellas debía iniciar el ataque.

Para averiguarlo, sus líderes viajaron a Betel, asiento del legendario cofre del Pacto.

A través del sacerdote Finees “Jehová les respondió que Judá debía ser la primera”, y el ejército correspondiente a ésta tribu tomó, entonces, posición de combate frente a Gabaa.

Sin embargo, “los de Benjamín salieron de la ciudad y aquel día mataron a veintidós mil israelitas”. Ante semejante carnicería, los derrotados “fueron a lamentarse en presencia de Jehová hasta el anochecer”.

Por la noche, “otra vez el Señor les ordenó atacar” pero, increíblemente, “por segunda vez los benjaminitas salieron de Gabaa y mataron a otros dieciocho mil israelitas”.

Cuarenta mil muertos, en menos de tres días, resultaba aterrador e inexplicable. Así que “todos los soldados de Israel y todo el pueblo nuevamente fueron a Betel a lamentarse delante del Señor. Todo el día se la pasaron sin comer y le ofrecieron a Jehová holocaustos y sacrificios de reconciliación”.

Preguntaron a Jehová, quien se había comprometido a apoyarlos y hasta el momento no había cumplido: “¿Debemos atacar una vez más a nuestros hermanos de la tribu de Benjamín?”.

Para desgracia de los benjaminitas, la respuesta de Jehová fue afirmativa: “Ataquen, que mañana yo les daré la victoria”.

Efectivamente, “Jehová les dio a los israelitas la victoria sobre los benjaminitas y aquel día los israelitas mataron veinticinco mil cien soldados de la tribu de Benjamín”.

Con lujo de detalles, así se relató el desarrollo de ese trágico enfrentamiento entre hermanos:

“Los benjaminitas lograron matar a aproximadamente unos treinta israelitas, con lo cual se confiaron, pensando que los habían derrotado, como en la primera batalla; pero en esto empezó a salir humo de la ciudad, y cuando los benjaminitas miraron para atrás las llamas y el humo de la ciudad entera llegaban al cielo. Entonces los israelitas les hicieron frente y los benjaminitas se acobardaron al darse cuenta del desastre que se les venía encima. Salieron huyendo de los israelitas por el camino del desierto, pero no podían escapar, pues los que salían de la ciudad les cortaban el paso y los mataban. Los benjaminitas quedaron rodeados por los israelitas, los cuales los persiguieron y los fueron aplastando desde Menuha hasta el oriente de Gabaa. Así murieron dieciocho mil soldados de la tribu de Benjamín. Los demás se volvieron y salieron huyendo hacia el desierto, en dirección a la peña de Rimón, pero cinco mil de ellos fueron muertos en los caminos. Los israelitas siguieron persiguiéndolos, y los destrozaron, matando a dos mil hombres. En total, ese día murieron veinticinco mil de los mejores soldados de las tribus de Benjamín. Pero seiscientos benjaminitas se volvieron y huyeron hacia el desierto y se quedaron cuatro meses en la peña de Rimón. Los israelitas atacaron luego a los demás benjaminitas y pasaron a cuchillo a los hombres de cada ciudad, matando animales y todo lo que encontraban a su paso, y quemando las ciudades”.

 

El rapto de las vírgenes

 

Tras la masacre, vino el arrepentimiento. Los vencedores se concentraron en Betel para llorar y lamentarse por lo que habían hecho. “¡Oh, Jehová, Dios de Israel, ¿por qué nos ha sucedido esto? ¿Cómo es posible que ahora falte una tribu en Israel?”, gemían avergonzados en presencia del cofre del Pacto.

Al día siguiente, a la madrugada, construyeron un altar y ofrecieron al Señor holocaustos y sacrificios de reconciliación.

En eso, alguien recordó que los representantes de Jabes habían estado ausentes sin aviso en el congreso de Mizpa, donde se había declarado la guerra a la tribu de Benjamín. “Habían jurado matar a quienes no asistieran” a aquella reunión.

Otro orador apuntó que en aquella misma asamblea de Mizpa los israelitas también habían jurado “que no dejarían que sus hijas se casaran con ningún benjaminita”.

Resolvieron entonces matar dos pájaros de un tiro: matar a los habitantes de Jabes, por no enviar representantes en aquella asamblea, y apoderarse de sus mujeres vírgenes para entregarlas a los benjaminitas sobrevivientes de la masacre.

“Entonces el pueblo entero envió a doce mil de los mejores soldados con órdenes de matar a filo de espada a todos los de Jabes, incluyendo a los niños y a las mujeres que no fueran vírgenes”.

Tras la matanza, los invasores cosecharon “cuatrocientas jóvenes que no habían tenido relaciones sexuales con ningún hombre, y las trajeron al campamento que estaba en Silo, en Canaán. Entonces el pueblo entero mandó buscar a los benjaminitas que estaban en la peña de Rimón y los invitaron a hacer la paz”.

Seiscientos benjaminitas abandonaron su refugio y, como prenda de paz, recibieron como regalo una virgen cada uno.

Pero no alcanzó para todos. Doscientos ex enemigos se quedaron sin mujeres, y siendo imperioso solucionar ese problema hicieron otra reunión cuyo único tema era: “¿Cómo vamos a conseguir mujeres para los demás, si las mujeres benjaminitas fueron exterminadas?”.

No era posible echar mano a sus propias hembras “porque todos los israelitas hemos jurado no darles nuestras hijas a los benjaminitas, bajo pena de maldición”.

Deliberaron arduamente, en procura de una respuesta al dilema. “Los israelitas sentían lástima por la tribu de Benjamín, porque Jehová había dejado un vacío en las tribus de Israel”.

En determinado momento, alguien trajo a colación que justo en esos días se estaba desarrollando “una gran fiesta del Señor” en Silo, al norte de Betel. Se les ocurrió entonces una idea para solucionar el problema: raptar a las vírgenes que estuvieran en esa fiesta.

Aprobado el plan, mandaron este singular mensaje a los benjaminitas sin mujeres. “Vayan, escóndanse en los viñedos cercanos a Silo y manténganse atentos. Cuando las muchachas de Silo salgan bailando en grupos salgan también ustedes de sus escondites y róbese cada uno una mujer, y váyanse a sus tierras”.

En caso que algún padre o hermano de las raptadas protestaran, los militares israelíes acordaron que “nosotros les rogaremos, como un favor especial, que los perdonen, porque nosotros no pudimos conseguir mujeres para todos ellos en la guerra contra Jabes”.

Los benjaminitas aceptaron la propuesta, que se les había enviado por escrito. “Así que cada uno se robó una muchacha de las que estaban bailando, y se la llevó”.

Como reza el último versículo del libro de Jueces, en esa época, en Israel, realmente “cada cual hacía lo que le daba la gana”.

Comentarios