La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

Saúl, primer rey de la historia de Israel

Por Vidal Mario (Escritor, periodista e historiador)
domingo, 19 de diciembre de 2021 · 00:05

 Por Vidal Mario

(Escritor, periodista e historiador)                                  

 

Así, entre los mencionados acontecimientos y otros episodios que vinieron después -más para el olvido que para el recuerdo-, siguieron pasando los años.

Un día, Jehová logró que le construyeran un templo en Silo, el cual comparado con el que algún día le levantaría Salomón, no era gran cosa. Su importancia radicaba más que nada en que entre sus muros crecía un niño destinado a ser el último de los caudillos y a la vez el primero de los mayores de los profetas hebreos: Samuel.

Dicho templo estaba a cargo del viejo sacerdote Elí, cuya conducta, a criterio de Jehová, era muy lamentable. Sus dos jóvenes hijos “trataban con desprecio las ofrendas que pertenecían al Señor” y, además, “se acostaban con las mujeres que estaban al servicio a la entrada de la Tienda del Encuentro con Dios”.

Por esos deslices, el creador del infinito universo envió ante Elí a un profeta no identificado, para darle la noticia de que sería severamente castigado:

“Ya se acerca el momento en que voy a destruir tu poder y el de tus antepasados, y ninguno de tu familia llegará a viejo. Contemplarás con angustia y envidia todo el bien que yo haré en Israel, y jamás nadie en tu familia llegará a viejo. Pero dejaré a alguien de tus parientes cerca de mi altar para que se consuman de envidia sus ojos y de dolor su alma, y todos tus otros descendientes serán asesinados. Te servirá de muestra lo que ocurrirá a tus dos hijos, Ofni y Finees: los dos morirán el mismo día”.

 

El nuevo secretario del Señor

 

Siguieron pasando los años. Samuel, el varón que Jehová le había dado a la estéril Ana, ya estaba en plena juventud. En esos tiempos “era muy raro que el Señor comunicara a alguien un mensaje, no era frecuente que alguien tuviera una visión”. Pero hizo una excepción con el joven Samuel, que vivía en aquel templo.

Cierta noche, cuando el muchacho ya estaba acostado, Jehová le habló para avisarle que había llegado la hora de la muerte prometida al sacerdote Elí y sus hijos.

“Voy a hacer algo en Israel que hasta los oídos le dolerán a todo el que lo oiga – le dijo -. Ese día, sin falta, cumpliré a Elí todo lo que le he dicho respecto de su familia. Le he anunciado que voy a castigar a los suyos para siempre, por la maldad que él ya sabe, pues sus hijos me han maldecido y él no los ha reprimido. Por tanto, he jurado contra la familia de Elí que su maldad no se borrará jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas”.

La sentencia comenzó a cumplirse cuando los filisteos lanzaron una de sus habituales incursiones sobre territorio israelí, “y mataron a cuatro mil israelitas en el campo de batalla”.

Los ancianos, que no lograban entender la razón de tan triste derrota, concluyeron que la única salvación posible era sacar el cofre del pacto del Señor del templo de Silo, “para que marche en medio de nosotros y nos libre de nuestros enemigos”.

Así lo hicieron, pero lo del cofre del Pacto del Señor que habían creído que era una mágica solución no sirvió de nada: el siguiente combate dejó un saldo aún más aterrador que la anterior.

Un sobreviviente, con la ropa rasgada y la cabeza llena de tierra, llegó a Silo con el informe del desastre. Elí, que ya era un ciego de noventa y ocho años, no resistió el impacto de la noticia.

“En cuanto el mensajero mencionó el cofre de Dios, Elí cayó de espaldas al lado de la puerta, fuera del sillón, y como era ya un hombre viejo y pesado, se rompió la nuca y murió”.

Su nuera, esposa de Finees, embarazada y a punto de dar a luz, tampoco soportó el golpe. “Le vinieron los dolores de parto, y retorciéndose de dolor dio a luz”, un varón.

La mujer murió a causa del parto, pero alcanzó a ponerle al niño el nombre Icabod, “porque Israel se quedó sin honor”.

 

Quieren un rey de carne y hueso

 

Samuel fue caudillo hasta que murió, y, mientras vivió, “Jehová estuvo contra los filisteos”.

Un día, cuando ya era viejo, recibió una rara petición. “Nombra un rey que nos gobierne, como es costumbre en todas las naciones”.

Según el profeta, tal pedido era una ingratitud hacia él y hacia Jehová. Les recordó que ya tenían un rey: Jehová.

“Tal como lo ve Jehová – les advirtió – ustedes han hecho muy mal en pedir un rey”.

Comenzando por el histórico rescate de Egipto, les fue recordando todos y cada uno de los hechos de Jehová a favor de sus antepasados. “Pero ahora ustedes desprecian a su Dios, que los ha librado de todos sus problemas y aflicciones, y lo han rechazado al pedir que les ponga un rey que los gobierne”, concluyó.

Les adelantó lo que les ocurriría con un monarca absoluto de carne y hueso sentado sobre sus cabezas.

“No importa – fue la intransigente respuesta que recibió -; queremos tener rey como las otras naciones, para que reine sobre nosotros y dirija en la guerra”.

Samuel le preguntó a Jehová sobre la situación planteada. “Atiende cualquier petición que el pueblo te haga, pues no es a ti a quien rechazan, sino a mí, para que yo no reine sobre ellos”, respondió Jehová, un rey al que nadie veía.

Días después, Jehová envió a Samuel éste mensaje: “Mañana a esta misma hora te mandaré un hombre de la región de Benjamín, a quien deberás consagrar como gobernante de mi pueblo Israel. Él lo librará del dominio de los filisteos, porque me he compadecido de mi pueblo cuando sus quejas han llegado hasta mí”.

Al día siguiente, Samuel tropezó con un muchacho que andaba buscando unos burros extraviados. “Ahí tienes al hombre de quien te hablé. Éste gobernará a mi pueblo”, le indicó Jehová.

En una solitaria ceremonia realizada fuera de los muros de Ramá, Samuel tomó un frasco de aceite y derramó su contenido sobre la cabeza del ungido.

“El Señor te consagra hoy gobernante de Israel, su pueblo. Tú lo gobernarás y lo librarás de los enemigos que lo rodean”, declaró el anciano profeta.

Le informó, además, que al día siguiente “el espíritu de Jehová se apoderará de ti, y te transformarás en otro hombre”. Terminado el acto, “Dios le cambió el corazón a Saúl”.

Así fue como el benjaminita Saúl se convirtió en el primer rey de la historia de Israel.

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