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Jehová, cansado de Saúl, elige un nuevo rey: David

Por Vidal Mario (Escritor, periodista e historiador)
domingo, 26 de diciembre de 2021 · 00:43

Por Vidal Mario (Escritor, periodista e historiador)
                          

                                                   

El bautismo militar de Saúl como rey de Israel se produjo cuando Nahas, rey de Amón, atacó Jabes de Galaad, uno que había enviado mensajeros al flamante monarca pidiendo ayuda.

“El espíritu de Dios se apoderó de él y se llenó Saúl de furia”. Descuartizó un par de bueyes y desparramó los pedazos por todo el país. Cada pedazo de carne iba acompañado de ésta grave advertencia: “Esto mismo se hará con los bueyes de aquel que no se una a Saúl y Samuel, y los siga”.

“Un miedo tremendo se apoderó de la gente”, pánico que le posibilitó al rey debutante reunir en Betel “trescientos mil hombres de Israel, y treinta y dos mil de Judá".

Al amanecer, los dos ejércitos (el de Israel y el de Judá) “penetraron en medio del campamento enemigo, haciendo entre los amonitas una matanza que duró hasta el mediodía”. Los pocos que quedaron vivos “se dispersaron de tal modo que no quedaron dos de ellos juntos”.

Esta espectacular victoria consolidó el poder de Saúl. “Por lo tanto, todo el pueblo se dirigió a Gilgal y, allí, en presencia del Señor, proclamaron rey a Saúl. Luego ofrecieron a Jehová sacrificios de reconciliación, y Saúl y todos los israelitas se llenaron de alegría”.

En ese mismo acto, Samuel entregó oficialmente el gobierno de Israel a Saúl, pero con una amenaza: “Si se empeñan en hacer lo malo, tanto ustedes como su rey serán destruidos”.

 

Los años continuaron siguiendo su curso.

 

El reinado de Saúl fue de una permanente lucha contra los filisteos, por lo cual se pasaba todo el tiempo incorporando a su ejército “a todo hombre fuerte y valiente” que hubiera.

Siempre se las arreglaba para mantener a raya a sus tradicionales enemigos, aunque en una ocasión los filisteos le dieron a él y a todo su ejército un susto memorable.

Su hijo Jonatán había liquidado a una guarnición filistea apostada en Gabaa y, para vengarse, los filisteos organizaron un ejército de terror. “Tenían treinta mil carros de combate, seis mil soldados de caballería y una infantería tan numerosa como la arena del mar”. Ante la inminencia del ataque, los israelíes corrieron a “esconderse en cuevas y hoyos, y entre las peñas, y en zanjas y pozos. Muchos de ellos cruzaron el Jordán hacia la región de Gad y de Galaad”.

A Saúl le quedaban apenas seiscientos hombres “que lo seguían lleno de miedo”. Para colmo de males, cuando más necesitaban de su ayuda, el viejo profeta Samuel no aparecía por la base de operaciones, emplazada en Gilgal.

Los soldados, desmoralizados, desertaban. Desesperado porque se quedaba solo, a Saúl se le ocurrió pedir “animales para los holocaustos y los sacrificios de reconciliación”. Pero, no estaba autorizado a realizar ésta ceremonia de pedido de auxilio a Jehová.

De modo que cuando finalmente apareció el anciano profeta, recibió un reto fenomenal. “¡Lo que has hecho es una locura! – le gritó Samuel -. Si hubieras obedecido la orden que Jehová te dio él habría confirmado para siempre tu reinado en Israel. Pero ahora, tu reinado no permanecerá. El Señor buscará un hombre de su agrado y lo nombrará jefe de su pueblo, porque tú has desobedecido la orden que te dio”.

No se sabe cuál fue la orden que Jehová le dio a Saúl, y que él no cumplió. La cuestión es que Samuel se alejó de allí y nunca más restableció relaciones con él.

 

Morir por una gota de miel

 

Sin embargo, el optimista Jonatán pensaba que la situación no era tan desesperada.

“Para Jehová no es difícil darnos la victoria con mucha gente o con poca”, le dijo a uno de sus criados, metiéndose temerariamente, sólo, en el multitudinario campamento enemigo.

Los hechos le dieron la razón. Jehová provocó “un temblor de tierra y se produjo un pánico enorme”, entre los enemigos, quienes corrían “en tropel de un lado a otro”.

Saúl y su puñado de guerreros aprovecharon la tremenda confusión para atacar. “Maldito aquel que coma algo antes de la tarde, antes que yo me haya vengado de mis enemigos”, gritó mientras se lanzaba de lleno a la batalla.

Los filisteos “acabaron matándose entre sí. El combate se extendió hasta Bet-aven, y Jehová libró a Israel en ésta ocasión”.

Jonatán encontró un panal de miel, extrajo algunas gotas con ayuda de una vara, y las chupó. Por estas gotas de miel, horas después su padre lo condenó a muerte.

A Saúl se le antojó que alguien no había obedecido su orden de no comer nada hasta aniquilar al enemigo. Así lo había exigido en oportunidad de ordenarle a sus soldados:

“Bajemos ésta noche a perseguir a los filisteos y hagamos un saqueo hasta el amanecer, sin dejar vivo a ninguno”.

Antes de emprender el referido ataque, por pura precaución consultó al Señor sobre la viabilidad de tal incursión militar, pero “Jehová no le respondía”.

Saúl, quien a medida que pasaba el tiempo se iría trastornando cada vez más, interpretó que el silencio de Jehová obedecía a que alguien había comido algo: "¡Juro por el Señor, el salvador de Israel, que, aunque haya sido mi hijo Jonatán, tendrá que morir!”, gritó.

Una rápida investigación determinó que efectivamente su hijo era el responsable. “Realmente probé un poco de miel con la punta de la vara que llevaba en la mano – confesó el príncipe -. Pero aquí estoy, dispuesto a morir”.

La furia de Saúl no tenía límites. “¡Que Jehová me castigue con toda dureza si no mueres, Jonatán!”, exclamó.

Pero la tropa salió en su defensa. “¿Cómo es posible que muera Jonatán, si ha dado una gran victoria a Israel? ¡Nada de eso! ¡Por vida de Jehová que no caerá al suelo ni un pelo de su cabeza! Porque lo que ha hecho hoy, lo ha hecho con la ayuda de Dios”, protestaron.Así, Jonatán, el héroe del momento, se salvó de una muerte que parecía inevitable.

Otro fracaso para Jehová

Jehová seguía con un problema que no podía resolver. Excepción hecha de Abrahám y dos o tres más, no lograba que sus escogidos siguieran sus mandatos. Siempre terminaban decepcionándolo.

Saúl, a su criterio, resultó ser otro de sus yerros. “Me pesa haber hecho rey a Saúl, porque se ha apartado de mí y no ha cumplido mis órdenes”, le dijo a Samuel.

La ruptura definitiva entre Jehová y Saúl estalló un día en que vino a la memoria del Señor que seiscientos años atrás los amalecitas le habían impedido el paso por su territorio a la gigantesca columna israelita conducida por Moisés.

Jehová decidió castigar por aquel incidente de seis siglos atrás a los actuales descendientes de aquellos antiguos amalecitas. ¿Qué responsabilidad le cabe a una generación respecto de algo que sus antepasados hicieron o dejaron de hacer en tiempos ya inmemoriales? La lógica y el sentido común indican que ninguna, pero Jehová no opinaba lo mismo.

Así que envió a Samuel ante Saúl con éste mensaje: “Voy a castigar a los amalecitas por lo que le hicieron a Israel, pues se interpusieron en su camino cuando venía de Egipto. Por lo tanto, ve y atácalos, destrúyelos junto con todas sus posesiones, y no les tengas compasión. Mata hombres y mujeres, niños y recién nacidos, y también toros y ovejas, camellos y asnos”.

En cumplimiento de la delirante orden de Jehová, Saúl reunió “doscientos mil hombres de infantería y diez mil hombres de Judá”, y marchó sobre la capital de Amalec.

Tomó posiciones de combate, y antes de entrar en acción invitó a los quenitas a tomar distancia de los amalecitas “para que no los destruya a ustedes junto con ellos, pues ustedes se portaron bien con los israelitas cuando ellos venían de Egipto”.

Y atacó, abriendo un frente de batalla que se extendió desde Hábila hasta la entrada de Shur, en la frontera con Egipto. “Tomó prisionero a Agag, su rey, y mató a filo de espada a todo su ejército”.

Pero cometió un error que Jehová juzgó imperdonable: “Dejó con vida a Agag y no mataron las mejores ovejas, ni los toros, ni los becerros más gordos, ni los carneros, ni destruyeron las cosas de valor”.

Jehová, reiteró ante Samuel su arrepentimiento por “haber hecho rey a Saúl, porque se ha apartado de mí y no ha cumplido mis órdenes”, y mandó a Samuel a pedirle explicaciones.

La entrevista se realizó en proximidades de Gilgal, y no fue para nada amistoso.

“Si el Señor te envió con la orden estricta de destruir a esos pecadores amalecitas y de atacarlos hasta acabar con ellos ¿por qué desobedeciste sus órdenes y no te lanzaste sobre lo que se le quitó al enemigo, actuando mal ante los ojos de Jehová?”, le preguntó.

Saúl, sin embargo, no veía falla alguna en su accionar. “Yo obedecí las órdenes de Jehová y cumplí la misión que él me encomendó: he traído prisionero a Agag, rey de Amalec, y he destruido a los amalecitas. Pero la tropa se quedó con las ovejas y toros, lo mejor de lo que estaba destinado a la destrucción, para sacrificarlos en honor del Señor tu Dios, en Gilgal”, respondió.

Sus excusas no fueron aceptadas. Con severidad, Samuel replicó en tono de sentencia: “Como tú has rechazado los mandatos del Señor, ahora él te rechaza como rey”.

Saúl imploró a gritos el perdón del profeta y de su Dios. Se abrazó a Samuel como si fuese un niño abandonado. Lo hizo con tanta desesperación que incluso desgarró la capa del anciano. Éste, entonces, pronunció su fallo: “De esta misma manera el Señor ha desgarrado hoy de ti el reino de Israel. Te lo ha quitado para entregárselo a un compatriota tuyo, que es mejor que tú”.

El viejo servidor de Jehová ordenó seguidamente que le trajeran al rey de Amalec. “Con tu espada dejaste sin hijos a muchas mujeres. Igual que ellas quedará tu madre”, lo sentenció. Y “Samuel lo descuartizó en Gilgal, ante el Señor”.

Tras la ejecución, Samuel regresó a su casa, en Ramá. Nunca más volvió a ver a Saúl, aunque tiempo después, ya en forma de espíritu, volvería a hablar con él.

“Pero le causó mucha tristeza que Jehová se hubiera arrepentido de haber hecho a Saúl rey de Israel”.

 

Nuevo candidato al trono

 

Tiempo después de estos sucesos, Jehová informó a Samuel que ya tenía a otro candidato para el trono. Lo definió como “un chico de piel sonrosada, agradable y bien parecido”.

Se refería a un cuidador de ovejas de Belén, que era, además, un excelente arpista.

El profeta llenó de aceite su cuerno y fue a esa localidad a consagrar al sucesor de Saúl. Como ocurría con los elegidos, “el espíritu del Señor se apoderó” del muchacho, llamado David.

Al mismo tiempo, otro espíritu “maligno, enviado por el Señor” empezó a atormentar a Saúl.

A medida que pasaban los días, éste se alteraba cada vez más, tanto que un consejero sugirió contratar los servicios de algún arpista para calmarlo. Otro recordó que el hijo menor de un tal Isaí, de Belén, era un virtuoso ejecutante del arpa.

Así fue como, por la puerta de su talento musical, el futuro rey de Israel pisó por primera vez las baldosas del palacio real. Su trabajo era sencillo. “Cuando el espíritu maligno de parte de Dios atacaba a Saúl, David tomaba el arpa y se ponía a tocar”.

Pero el apacible empleo del pastor terminó abruptamente un día en que sus padres lo mandaron al campo de batalla a llevar comida a sus hermanos, que estaban en el ejército.

Otra vez estaban frente a frente, israelíes y filisteos. Uno de éstos, de colosal estatura, tenía a raya a los israelitas y los desafiaba a una pelea cuerpo a cuerpo.

Hacía cuarenta días que se mantenía ésta situación, y Saúl destinó una fuerte recompensa económica y la mano de una de sus hijas para quien lo matara.

Pero ni esas tentadoras ofertas lograron que alguien se atreviera a acercarse al descomunal filisteo, llamado Goliat.

David, el chico de los mandados, el que había venido solamente para traer comida a sus hermanos, se preguntó: “¿Quién es éste filisteo pagano para desafiar así al ejército del Dios viviente?”.

Acostumbrado a matar a hondazos osos y leones que acosaban a sus ovejas, concluyó que Goliat era igual que esas bestias, y que por lo tanto también podía matarlo.

Para sorpresa de propios y extraños, se ofreció como voluntario para enfrentar al gigante que aterrorizaba a todo un ejército.

Goliat, que calzaba una coraza de bronce de cincuenta y cinco kilos y tenía armas entre las que figuraba una lanza cuya punta pesaba seis kilos, no daba crédito a lo que veía: se acercaba a él un muchacho sin más arma que una honda.

“¿Acaso soy un perro, para que vengas a atacarme con un palo?”, gritó en voz alta, ofendido. “Ven aquí –añadió– que voy a dar tu carne como alimento a las aves del cielo y a las fieras!”.

El pastor - arpista no se acobardó. “Ahora Jehová te entregará a mis manos y hoy mismo te mataré y te cortaré la cabeza, y los cadáveres del ejército filisteo se los daré a las aves del cielo y a las fieras. Así todo el mundo sabrá que hay un Dios en Israel”, respondió.

Segundos después, una piedra disparada con maestría desde su honda se estrelló en la cabeza del coloso, quien se derrumbó, atontado. No tuvo tiempo de recuperarse. David “corrió a ponerse del lado del filisteo y, apoderándose de su espada, la desenvainó y con ella lo remató. Después le cortó la cabeza”. Su hazaña abrió el camino hacia una aplastante victoria israelí.

Regresó a Jerusalén con la cabeza de su poderoso adversario, y en cuestión de horas ya era héroe nacional. Las mujeres salían a las calles a bailar al ritmo de panderos y platillos y entonaban un estribillo que con el tiempo se haría sumamente popular: “Mil hombres mató Saúl, y diez mil mató David”.

Esto no le causaba ninguna gracia a Saúl, quien no veía con buenos ojos la popularidad alcanzada por su, hasta horas antes, desconocido arpista. “¡Ya sólo falta que lo hagan rey!”, se quejó.

El pastor aún no se daba cuenta de que su popularidad era una trampa mortal en la cual había caído.

 

  

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