La Ochoa: juegos, fusilamientos y olor a muerte

La casa de piedra "María Teresa", otro secreto bien guardado del Ejército Argentino.

En 1987 viví en una casa llena de secretos. Lo que a mis nueve años no sabía, era que ese lugar sugestivo guardaba parte de los secretos más aberrantes de la historia de Argentina. Lo que no pude descifrar por años, se volvieron verdades reveladas con las investigaciones del Equipo Argentino de Antropología Forense en 2015.
domingo, 28 de marzo de 2021 · 01:58

Por Pía Cabral

(Gentileza Catamarca/12)

 

En 1987 viví en una casa llena de secretos. Lo que a mis nueve años no sabía, era que ese lugar sugestivo guardaba parte de los secretos más aberrantes de la historia de Argentina. Lo que no pude descifrar por años, se volvieron verdades reveladas con las investigaciones del Equipo Argentino de Antropología Forense en 2015.
Cuando nos mudamos desde Buenos Aires a La Ochoa, en Córdoba, lo primero que me impactó del lugar fueron los árboles. Ahí donde había habitado tanto horror, aunque yo no lo sabía, había miles de árboles. Olivos, sauces, algarrobos, nogales.
El camino era largo, quizás unos diez kilómetros entrando a mano derecha por la ruta que va a Carlos Paz, pero se hacía más largo por el mal estado y lo sinuoso del terreno. Había algunas estancias solitarias antes de llegar a La Ochoa. Dos paredones de piedra imponentes unos metros después de una cantera anunciaban la entrada.

En 1987, La Ochoa era un paraje con varios habitantes que se dedicaban a criar animales, había incluso una escuela. Aunque a mi hermano y a mí nos mandaban a la escuela Gabriela Mistral de Yocsina, en donde estaba la fábrica de cemento que envenenaba a todo el pueblo. Era imposible mantener un auto estacionado unos minutos sin que el polvo blanco lo cubriera por completo. Y era común que los vecinos de Yocsina sufrieran enfermedades respiratorias.
En La Ochoa también había una estancia: “La Ponderosa”, recuerdo que tenía un aljibe. También había una casa modesta pero nueva, que desentonaba con las construcciones campestres. Ahí vivía “La Viuda”, una mujer de no más de 30 años, con una hija de mi edad y un hijo. De la viuda se decía que su marido había sido un suboficial del Ejército que había muerto en Malvinas. Ya a los nueve años me despertaba curiosidad que tuvieran a la “La Viuda” del héroe y a su familia en un lugar tan escondido. Siguiendo por el camino que iba a la casa de “La Viuda”, llegabas al “Castillo”. Así le decían a la casa casi enteramente de piedra que hizo un arquitecto cordobés para que su familia la disfrutara los fines de semana. En honor a su esposa, el “Castillo” lleva el nombre de “María Teresa” en una de sus torres, junto a un escudo que bien podría ser una indicación genealógica.

En aquellos años oscuros, antes de que mi familia y yo fuéramos habitantes transitorios de la casa, la dictadura disfrazada de “Proceso de Reorganización Nacional” expropió la vivienda para convertirla en un castillo del horror. 

 

La Ochoa

Llegamos con mi familia a “La Ochoa” una tarde de enero. De esas tardes en que las sierras cordobesas huelen tan intensamente que los yuyitos aromáticos te entran por todos los poros.
Antes habíamos pasado brevemente por el Escuadrón de Caballería Aerotransportado 4, en La Perla, destino laboral del marido de mi mamá, teniente del Ejército. Antes Centro Clandestino de Detención (claro que no lo sabía). Hoy Museo de la Memoria. Veníamos directamente de otro lugar siniestro: el barrio militar de Villa Martelli, en donde había muchos militares de civil, y algunos tenían un Falcon verde como auto familiar. El mismo barrio en el que vivía una vecinita rubia a la que nunca dejaban salir a jugar, y de la que decían en secreto que seguramente la habían “traído”.

“Es un castillo paradisíaco con haras y pileta olímpica”, le habían descripto al marido de mi mamá, que entusiasmado llevaba a su familia a la nueva vivienda. Vivir en el campo fue una opción que recibimos con gusto.
El verano fue agradable. Recibíamos visitas de familiares y amigos militares que íbamos haciendo y que quedaban encantados con el Castillo. Una noche, volviendo de Carlos Paz, los adultos entraron en pánico. Apagaron el casette de Serrat que sonaba a todo volumen en el Peugeot y apagaron las luces. Yo, que había sido “movilizada" a Comodoro Rivadavia y había vivido en Bahía Blanca en época de Malvinas, entendía que era una mala señal. Alguien dijo ataque.¿Atacarnos? ¿Por qué iban a atacarnos a nosotros?… Fue tal el grado de pánico, que terminamos durmiendo en el escuadrón de La Perla. Bien atendidos por soldados y suboficiales que esa misma noche registraron la zona para que pudiéramos volver al día siguiente.

La casa tomó otro color. Durante el año hubo tiempo para hacer amistad con Norma y “Rosales”, el matrimonio que cuidaba la casa como si fuera de ellos. Por ahí habían pasado muchos generales, y ellos los asistieron a todos, contaban con orgullo. Norma y Rosales tenían varios hijos, todos varones. Pude entrar al “Castillo” años después, cuando ya los militares habían intentado invisibilizarlo, gracias a que me encontré con unos de sus hijos y me recordó.

“El general me encargó que no deje pasar a nadie o me echa, pero tratándose de usted no va a haber problemas”, me dijo el chico la tarde en que volví después de casi treinta años al lugar. Todavía no se habían encontrado víctimas, pero yo tenía algo adentro. Intuía cosas que no podía probar.
Rosales era amigo de las palabras tanto como del vino. Culpa de eso sufría de sus famosas “almorranas”, y a veces no podía ir a trabajar, pero cuando se quedaba a charlar después de cortar la leña para calentar la casa, contaba que “en esos años, cuando venían los Unimog cargados, no los dejaban acercarse por varios días al Castillo”.
“De la leñera salía humo negro, como si quemaran gomas o algo más, porque salía un olor extraño”, recordaba. A mis nueve años, no podía imaginar de qué podía tratarse ese “algo más”. Como una revelación, los recuerdos volvieron a mí cuando en los medios se empezó a hablar de La Perla como un centro de detención.

El Castillo, que aún existe y está bien conservado, tiene tres pisos: dos pasadizos extraños, un subsuelo enorme que abarcaba toda la extensión de la casa, un garaje más alejado con una glorieta en el techo, y una leñera. La pileta está más abajo de la casa; era tan grande que nunca se podía llenar. A veces sueño que hay cuerpos debajo, y que nadamos sobre ellos. Tenía un sistema de cascada. La idea era que se llenara con el agua del arroyo, pero cuando terminaba de llenarse, el agua ya estaba sucia. Las siestas pasaban entre la limpieza de la enorme pileta y el descubrimiento de la casa. Todo era nuevo, y después del episodio de la noche del supuesto ataque, también sugestivo.
Aunque el paisaje era hermoso, ni a mí ni a mis hermanos nos dejaban salir de la casa. Sólo un par de veces nos dejaron salir en sulky con los hijos de Rosales y Norma. A veces nos escapábamos a la siesta en invierno y recorríamos los campos de arriba. Una vez llegamos a un lugar que estaba lleno de balas enormes, esparcidas a lo largo de algo que parecía un paredón de piedra natural. Como yo tenía un padrastro militar conocía de balas y armas. Eran balas de fusil. Recogimos algunas y las llevamos de recuerdo: nunca más nos dejaron salir del Castillo, y mi hermano se enojó conmigo.

Cuando ya no hubo oportunidad de volver de visita a los campos de arriba, no quedó otra que jugar dentro de la casa, que también tenía una extensión enorme. La casa era en sí misma una invitación a explorarla. Aunque la verdadera revelación vendría recién en 2015, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense descubrió los cuerpos de tres desaparecidos escondidos en las paredes de la leñera.
Era una construcción de piedra, por lo tanto helada. Recuerdo a la leñera como el espacio más frío de todos. Pocas veces me animé a entrar sola. Lo hacía sólo para comprobar que la historia que contaba Rosales acerca de las grandes cantidades de humo que salían de la leñera cuando “ellos” venían, era cierta. Las paredes estaban completamente quemadas. Incluso el piso, que era de tierra, era de color negro igual que las paredes.

 

El olor de la muerte

 

La leñera no era el único lugar gélido de la casa. El subsuelo era sin dudas uno de los espacios más extraños. Era como una casa entera debajo de la casa misma, aunque con una disposición extraña de los espacios. Tenía dos habitaciones y en el medio un gran salón con nada más que un lavatorio. Al final del salón había un pasadizo, más largo aún que el otro pasadizo que estaba en el primer piso de la casa. Ninguno de los dos llevaba a ninguna parte. Me parecía demencial que alguien hiciera una casa con pasadizos. Aunque al principio intentábamos jugar escondiéndonos en ellos, los pasadizos nunca tuvieron suficiente aceptación como espacio de juegos entre nosotros.

Lo peor del subsuelo era el olor. El olor horrible, penetrante. Ese olor insoportable que nunca se me borró. Era imposible bajar al subsuelo sin subir invadidos por el olor.
Desde el subsuelo se podía subir directamente al interior de la casa por una escalera que daba a un hall con un gran espejo. Todas las habitaciones daban a ese hall, como si saliendo de cada habitación se pudiera bajar directamente al subsuelo. Tres habitaciones. Cada una decorada de un color diferente. La más curiosa era la que estaba decorada de color naranja, porque tenía su propio lavatorio y tres cerrojos. Una curiosidad más de la casa. Una pregunta más sin respuesta para mí.
¿Habían picaneado a gente en ésa habitación o en el subsuelo?, ¿habían tenido cuerpos en el subsuelo y el olor nunca se había ido?

Preguntas que comencé a hacerme desde que tomé conciencia de lo que significaba ése lugar. Los recuerdos de esa casa, “El Castillo María Teresa”, se convierten poco a poco en verdades reveladas.
Si la muerte oliera, creo que ese olor es el que conocí a los nueve años en el subsuelo del Castillo.

 

Los habitantes secretos

 

Lila Rosa Gómez Granja, Alfredo “Fredy" Sinópoli, Ricardo Saibene y Luis “Lucho" Santillán fueron encontrados en hornos de cal, muy cerca de la casa, en los campos donde jugábamos a escondidas. Observadores dormidos de nuestros juegos. Gritos silenciados de la época más horrorosa del país.

¿Habían fusilado a más víctimas en los campos en los que jugando sin querer encontramos esa cantidad de cartuchos de fusil?, ¿hay más gente enterrada en el Castillo o en los campos de La Ochoa? Respuestas que sólo pueden dar la continuidad de las investigaciones.
Un arriero describió hace unos años que vio a Menéndez (la casa era usada los fines de semana como lugar de descanso “del General”) ordenar fusilar a alrededor de cien personas con los ojos, manos y pies tapados allí. “Cayeron a un pozo que les habían hecho cavar", contó.
Hace poco leí algunos relatos del sótano. El sótano, hediondo y húmedo, donde mi mamá guardaba la ropa fuera de estación. Allí estuvo Salomón Gerchunoff, militante del partido comunista. Lo vio Piero Di Monte, otro secuestrado, una noche que lo llevaron para asistir al cheff en una cena del General y le pidieron que baje a llevar comida a los secuestrados. Di Monte estaba secuestrado en La Perla y contó todo en el libro “La Perla", y en su propia declaración judicial. Además aseguró haber visto en la casa a Osvaldo Pinchevski y Gustavo Contepomi. 

La Ochoa fue hasta ahora uno de los secretos mejores guardados del Ejército Argentino. Cuando volví en 2008, el ingreso al camino que lleva a La Ochoa estaba cerrado con candados. Pude ingresar de casualidad, porque había llovido mucho y la empresa de energía estaba haciendo arreglos y dejó el candado abierto.
El camino estaba casi invadido por la maleza. Se notaba que nadie transitaba ya por ahí. Varias veces me costó reconocer qué bifurcación tomar. Cuando llegué a los paredones estaba exaltada. Pero cuando iba avanzando la indignación me invadía. Lo que había sido un lugar lleno de vida, con una escuela, haciendas con animales: nada de eso existía. La Ochoa era literalmente un pueblo fantasma. Las casas vacías. La escuela en ruinas.

 

La verdad anestesiada 

 

Llamó mi atención que en medio de tanta desolación se alzaba una humilde aunque flamante casita amarilla recién construida. Como plantada en un barrio urbano pero en medio de las sierras. A pocos metros, no podía creer lo que veía: Rosales y uno de sus hijos se acercaban caminando. El hijo había crecido y Norma había muerto, pero Rosales no había perdido la costumbre de la palabra. Y del vino. Juntos recordamos viejas épocas y le indicó al hijo -que al principio se negaba -, que me acompañara al Castillo. La casa estaba saqueada. Los muebles antiguos ya no existían, viejas prácticas, pensé, aunque no sospeché ni un segundo de Rosales y su familia. Ellos tenían impresa la custodia de la casa, y la defendieron con la dignidad que su simpleza de gente de campo les señaló durante tantos años.

El Ejército alimentó durante décadas a la familia y la enfermedad de Rosales. Los echaron de la casa en la que vivieron toda la vida, en el último confín de La Ochoa, cerca del Castillo -quizás porque allí hay más secretos guardados-; pero a cambio les plantaron esta casa nueva y reluciente en medio de un pueblo vaciado. Los vecinos de Yocsina me contaron que cuando se declaró a La Perla como Sitio de la Memoria, el Ejército mandó a cerrar con candados la zona. El vaciamiento pudo haber comenzado antes.
Mientras que por un lado se hizo un vaciamiento sistemático de La Ochoa, por el otro mantuvieron a Rosales oculto. A él no lo dejaron salir. Le hicieron una casa nueva. Hasta la última vez que lo vi, Rosales me contó que cobraba un sueldo del Ejército. Ése hombre sencillo que reivindicaba a los militares que le llevaban bolsas enormes de comida para su familia, es otro secreto del Ejército. Un secreto que enfermaron con sus atrocidades y mantuvieron anestesiado. Alguien que sabe o sabía demasiado. El Castillo existe hoy en buenas condiciones, está reamoblado. Quienes lo visitaron secretamente hace pocos años cuentan que en el subsuelo se hicieron arreglos en las paredes, como si las hubiesen hecho de nuevo. Como toda la zona, sigue en propiedad del Ejército.

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