Serie: La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis           

La enfermiza obsesión de Saúl: matar a David                    

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)

Por Vidal Mario

(Escritor, historiador y periodista)
                    

                    

Una cruel obsesión comenzó a martirizar a Saúl: matar a David. Matarlo se convirtió en la razón de su vida. Ese enfermizo deseo lo atormentará hasta su propia, trágica, muerte.

La primera señal de peligro para el muchacho se encendió así: “El espíritu maligno mandado por Dios se apoderó de Saúl, y éste se puso como loco dentro de su palacio. David estaba tocando el arpa, como de costumbre, y Saúl tenía su lanza en la mano. De pronto, Saúl levantó la lanza con la intención de clavar a David en la pared, pero David esquivó a Saúl dos veces”.

Tras éste fallido ataque, al rey se le ocurrió una idea mejor, en el sentido de que “no necesitaba matarlo él personalmente, sino que de ello se encargarían los filisteos”.

Le prometió a David la mano de una de sus hijas –que de todos modos ya le debía por haber liquidado a Goliat- y lo designó comandante de un batallón. A cambio de la dote, inalcanzable para el pastor de ovejas, le pidió “cien prepucios de filisteos, para vengarme de mis enemigos”. Esto lo hacía con la secreta aspiración de que los filisteos lo dejaran tendido en el campo de batalla.

El flamante oficial, sin embargo, volvió triunfante de la misión encomendada. “Tomó a sus hombres y fue y mató a doscientos filisteos; luego llevó los prepucios de éstos al rey, y se los entregó para poder ser su yerno”.

Saúl no tuvo más remedio que cumplir con lo prometido y le dio a su hija Mical. Aunque ahora David ya era también su yerno, igual lo mandaba una y otra vez al combate, con la esperanza de que alguna flecha, espada o lanza acabaran con su vida.

“Como el Señor ayudaba a David”, éste siempre volvía, y su fama aumentaba en la misma proporción que el odio de su suegro.

Un día, Saúl abandonó el carácter secreto de su intención. Liquidarlo, ya era para él una cuestión de Estado. Abiertamente, “ordenó a su hijo Jonatán y a todos los oficiales que mataran a David”.

Jonatán, que quería a David en la misma medida que su padre lo odiaba, lo puso sobre aviso. El muchacho, con su inocencia de pastor a cuestas, simplemente se fue a su casa.

“Saúl dio ordenes a sus hombres de que fueran a casa de David, para que lo vigilaran y lo mataran a la mañana siguiente”. Mical, su mujer, hija de Saúl, mintió a los soldados diciéndoles que su marido estaba muy enfermo, y cuando el rey vio que sus hombres regresaban tal como se habían ido, a los gritos ordenó: “¡Aunque esté en cama, sáquenlo de allí y tráiganmelo para que lo mate!”.

Ayudada por su esposa, David se descolgó por una ventana y huyó a Ramá, ciudad donde aún vivía el profeta Samuel, a quien contó su desesperante situación. De alguna manera, Saúl se enteró dónde estaba su yerno, y envió otro pelotón tras él.

Ahora sí parecía que el fin de David había llegado, pero, Jehová acudió en su ayuda. “El espíritu de Dios se apoderó de los hombres de Saúl, y cayeron en trance profético”.

El rey mandó tres expediciones más; a todas Jehová hizo caer “en trance profético”. Enloquecido por tantas malas noticias, decidió ir él mismo tras David.

En cuanto pisó con su ejército tierra de Ramá “el espíritu de Dios también se apoderó de él”. “Se quitó la ropa y, así, desnudo, permaneció en trance delante de Samuel todo el día y toda la noche”.

David aprovechó que Saúl se encontraba mentalmente fuera de combate para huir y pedir ayuda a su amigo Jonatán.

 

Un pacto de amistad

 

El príncipe y David sellaron un pacto de amistad (que nunca se rompería), luego de lo cual el fugitivo se escondió en un sitio secreto que sólo ellos conocían.

Ambos acordaron que Jonatán siempre estaría listo para alertar al perseguido de todo peligro. David se definió a sí mismo como “pobre e insignificante, un perro muerto”. No entendía la obstinación de Saúl en matarlo.

Jonatán,

que tampoco lo entendía, un día le pidió explicaciones a su padre, imprudencia que de nuevo casi le costó la vida. “¡Hijo de mala madre! –lo insultó Saúl-. ¿Acaso no sé que tú eres el amigo íntimo del hijo de Isaí, para vergüenza tuya y de tu madre? Mientras él esté vivo en esta tierra ni tú ni tu reino estarán seguros. ¡Así que manda a buscarlo y tráemelo, porque merece la muerte!”.

Jonatán insistió en la inocencia del pastor. Tanta insistencia por tercera vez casi lo mandó al otro mundo.

Ello ocurrió una noche en que Saúl, en plena cena de la fiesta de la luna nueva, “levantó su lanza para herirlo”.

Jonatán ya no tenía duda alguna de que la cruzada de su padre contra David ya no tenía retorno, por lo que fue adonde su amigo se ocultaba a pedirle que se esfumara. “Se besaron y lloraron juntos, hasta que David se desahogó”.

Tras la emotiva despedida, David corrió hacia Nob para esconderse en cierto templo dirigido por el sacerdote Ahimelec, lugar donde aún se exhibía la famosa espada con que tiempo atrás David había dejado sin cabeza a Goliat.

Pero su presencia en dicho santuario acarrearía una brutal masacre, por cuanto después caerían bajo la espada de Saúl el mencionado Ahimelec, otros ochenta religiosos y todos los pobladores de Nob, denominada “la ciudad de los sacerdotes”.

Lamentablemente para todos ellos, justo en ese momento también se encontraba allí el jefe de los pastores de Saúl, un edomita llamado Doeg. David tomó la espada de Goliat y, como ni Israel ni Judá le ofrecían seguridad, enfiló hacia Gat, donde ofreció sus servicios al rey Aquis, declarado enemigo de Saúl.

Pero, en Gat, el precio de la fama se volvió contra él. Lo reconocieron y corrió una voz de alerta: “¡Él es de quien cantaban en las danzas: “¡Mil hombres mató Saúl, y diez mil mató David!”.

David fingió estar loco para hacerles creer que era inofensivo. “Delante de ellos cambió su conducta normal y fingiéndose loco escribía garabatos en las puertas y dejaba que la saliva le corriera por la barba”.

Evidentemente no fue muy convincente en su papel de loco, porque seguían desconfiando de él. No le quedó más alternativa que alejarse y esconderse en las cuevas de Adulam.

“Cuando sus hermanos y todos sus parientes lo supieron, fueron a reunirse con él. También se le unieron todos los oprimidos, todos los que tenían deudas y todos los descontentos, y David llegó a ser su capitán”.

La cueva resultó pequeña para albergar a los cuatrocientos hombres que llegaron y que se pusieron a sus órdenes, de modo que fueron a internarse en el bosque de Horeb.

Desde éste bosque, convertido en guerrillero, inició su carrera hacia el trono de Israel.

 

Muerte en el santuario

 

Mientras tanto, en Gabaa, lanza en mano, Saúl interrogaba a Ahimelec y a otros sacerdotes de Nob, acusados de alta traición. Resultó que Doeg le había informado sobre lo que vio en el santuario, y ahora aquel religioso debía explicar por qué recibió a David.

“Tú le has dado pan y una espada, y has consultado a Jehová acerca de David, para que se ponga en contra mía y me tienda emboscadas”, fueron los cargos que le hizo Saúl.

El acusado le dio a entender que lo que le decía era una estupidez, al preguntarle: “¿Quién entre todos los oficiales de Su Majestad es tan fiel como David, que además es yerno de Su Majestad y jefe de la guardia real, y tan digno de honra en palacio?”.

Saúl, otra vez fuera de sí, gritó: “¡Ten por seguro, Ahimelec, que tú y toda tu parentela morirán!”.

Los soldados no podían creer la orden que a continuación recibieron: “¡Maten a los sacerdotes de Jehová! ¡También ellos están de parte de David!”. Nadie se atrevía a levantar la mano contra los religiosos.

Definitivamente ciego de ira, el delirante monarca se volvió al edomita delator y le ordenó: “¡Mátalos tú!”.

Doeg no se hizo rogar. “Se lanzó contra los sacerdotes, y en aquella ocasión mató a ochenta y cinco hombres que vestían efod de lino”. Más tarde, cebado por la sangre e ilusionado con alguna generosa recompensa, “entró en Nob, la ciudad de los sacerdotes, y a filo de espada mató a hombres, mujeres, niños y hasta a recién nacidos. También mató bueyes, asnos y ovejas”.

Uno de los hijos de Ahimelec escapó de la matanza y corrió hacia el bosque donde se ocultaba David. El sobreviviente, llamado Abiatar, relató que “Saúl había asesinado a los sacerdotes de Jehová”. Una inmensa pena invadió a David.

“Ya sabía yo aquel día que, estando allí Doeg, sin duda se lo contaría a Saúl”, respondió. “Yo tengo la culpa de que hayan muerto todos los miembros de tu familia”, se disculpó.

 

Un asesor muy especial

 

Afortunadamente, David tenía un aliado muy especial: el mismísimo Jehová. El Señor lo guiaba permanentemente, y respondía, sin intermediarios, sus consultas.

Así ocurrió cuando tropas filisteas atacaron Keila para robar el trigo recién trillado. “¿Me permites ir a luchar contra éstos filisteos?”, preguntó a su Dios. “Si, combátelos y libera la ciudad de Keila”, contestó el fundador del Universo.

Sin embargo, David dudaba. “¡Ponte en marcha hacia Keila – lo acicateó el Señor -, yo pondré en tus manos a los filisteos!”.  

Se equivocó Jehová en éste asesoramiento. Liberar a Keila le trajo a David problemas, no soluciones, porque le permitió a su obsesivo perseguidor localizar su ubicación. “Ahora Dios lo ha puesto en mis manos – gritó Saúl de alegría -, porque al haberse metido en la ciudad ha quedado encerrado tras sus puertas y cerrojos”.

Puso en pie de guerra a casi todo su ejército y marchó hacia Keila “para sitiar a David y sus hombres”. Desesperado, David le preguntó a Jehová: “¿vendrá Saúl a buscarme?”. “Saúl vendrá”, fue la respuesta. “¿Nos entregarán los habitantes de Keila a mí y a mis hombres en poder de Saúl?”, volvió a preguntar. Jehová respondió que sí.

En efecto, los de Keila, a quienes David había ayudado echando al invasor filisteo de sus tierras, ahora planeaban traicionarlo. El futuro padre de Salomón, cuyo destino parecía ser pasarse la vida corriendo, emprendió veloz huida.

“Anduvieron sin rumbo fijo” hasta meterse en el único lugar que les ofrecía alguna seguridad, el desierto de Zif. Pero incluso hasta allí llegó Saúl en su persecución.

David y su gente se desplazaron aún más al sur para introducirse en el desierto de Maón, donde dos veces tuvo la vida del perseguidor en sus manos, pero no lo mató. “¡El Señor me libre de alzar mi mano contra mi señor el rey! ¡Si él es rey, es porque el Señor lo ha escogido!” pensó el pastor de Belén, pese a que ese hombre había convertido su vida en una pesadilla.

Una noche, en el mencionado desierto, “Jehová hizo que tanto Saúl como la totalidad de su tropa cayeran en un profundo sueño”.

David y uno de sus lugartenientes, escurriéndose entre las sombras, llegaron hasta el lecho donde el rey dormía profundamente. “Jehová ha puesto hoy en tus manos a tu enemigo –le dijo Abisaí a su jefe-. Déjame que lo mate ahora y que lo clave en tierra con su propia lanza. Un solo golpe será suficiente”.

David lo frenó secamente: “Nadie que intente matar al rey escogido quedará sin castigo”. Se limitaron a llevarse la lanza y la jarra de agua que estaban en la cabecera de la cama. Al día siguiente, desde prudente distancia, David mostró dichos elementos a Saúl como prueba de que había estado a su lado estando él indefenso, durmiendo, y sin embargo había respetado su vida.

El rey no lo podía creer. Admitió que se había portado “como un necio”, que había cometido un gran error, e invitó a su ex arpista a regresar con él, bajo palabra de no volver a buscar su mal.

Pero algo le decía a David que “tarde o temprano” Saúl lo iba a matar. Así que lejos de aceptar su invitación corrió a refugiarse nada menos que en territorio filisteo.

“David y los seiscientos hombres que lo acompañaban se pusieron en camino para ponerse al servicio de Aquis, hijo de Maoc y rey de Gat. David y sus hombres vivieron en Gat, con Aquis, cada cual con su familia”.

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