Despidiendo el 2021.

Tiempo de música en aquel Carlos Paz

Por Aldo Parfeniuk.- Poeta, ensayista y periodista.
domingo, 2 de enero de 2022 · 00:00

Aldo Parfeniuk nació en Villa Carlos Paz en 1945. Es licenciado en Filosofía y Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea, ensayista, crítico literario y docente-investigador universitario en la Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional de Córdoba, en donde dictó clases de Antropología Cultural y de Teoría y Práctica de la Investigación. Autor de varios libros de poesía y de ensayos.

 

Fotografías aportadas por Aldo Parfeniuk a El Diario de Carlos Paz

 

Conocedor de algunas anécdotas personales en el mundo de la música, en el Carlos Paz de los años 50, 60 y 70, y como para terminar este año, tan oscurecido y agrietado, se me ocurrió que hablar un poco de algo tan democrático y universal como es la música puede ser apropiado.

Vengo de una familia de músicos (mi padre clarinetista, mi hermano el Ruso, baterista, y mi hermana Raquel pianista)   A pesar de mi formación pianística con Blanca Agote de Strikler -en el piano de Zunilda Pontarelli- a instancias de mi padre, que no quería para mí el clarinete para no esforzar los pulmones, me incliné por la quena, el charango y la guitarra. Aprendí en viajes que hice a Jujuy y obtuve experiencia actuando en peñas como Fogón Serrano; haciendo algunas giras y, en el verano, haciendo música bailable, sobre todo en la Confitería Oscar´s, donde formaba parte  del conjunto estable, con Raúl Monti al piano  (algunas temporadas estuvieron  Walter Suchard, Osvaldo Rofrano, Felipe Murolo o el Maestro Merino) Mario Arrieta, Toti Aranda y mi hermano Miguel: ese era mi ganapán de temporada, porque lo que me gustaba era el folklore, sobre todo el del norte, y con el cual anduvimos bastante en peñas y dando esporádicas clases de guitarra. De cualquier manera, con la música bolichera también tuve mis breves temporadas de gloria cuando actué durante dos  inviernos en los matineé de invierno que que hacía en su confitería de Salta y Libertad el inefable Angelito Cebrián: ahí fui Jhoony Peloseco y el repertorio era de baladas y rock. Para el folklore mi seudónimo fue Daniel Arjona y, como presentador del show de medianoche en el Oscar´s, Ezequiel Waldo Cúcaro.

La movida musical de la Villa turística tenía lugar en confiterías como Matilde, Munich,  Select, Cerro Luján, Desireé, donde la mayoría eran los visitantes. Los del pueblo ibamos a bailes populares como los del Bar Ocean; y después el Splendid, La Luciérnaga, Balalaika y el Italia o el Club de Pesca. Más cerca en el tiempo Orfeo , Zorba, el Club Sarmiento de Barrio Obrero… En los primeros bailes de la Confitería Ocean (actual Sarmiento y Colón) actuaba la agrupación “Carlos Paz”, que también era contratada por algunos hoteles y la Confitería “Carlos Paz”. La orquesta estaba formada por peluqueros: Baberián y Del Vechio (bandoneón), Román (violín), Parfeniuk (clarinete) Citadini (piano) y Giorgis (batería). El duo Plateroti- Barcia (bandoneón y guitarra) también era bastante popular.

En 1955 -cuando tenía 10 años- conocí a Don Esteban Callegari, como zapatero remendón en el Barrio Obrero y antes que se mudara en su quiosco a la costa del río, en el centro. Por las tardes el pintoresco personaje desenfundaba su mandolina o su multi instrumento  (mucho antes que Les Lutiers) y hacía música, en muchos casos de su autoría o compartida con alguno de los Gelfo, del naciente Cuarteto Leo. Ese mismo año, el otro artista que me impactó fue Atahualpa Yupanqui. Lo vi  por primera vez en la casa de los Capurro (suegros de Oscar Dreich) al final de la actual calle Catamarca, donde Yupanqui se había refugiado ( me contó Mirtha Makianich que Yupanqui también  estuvo  en la casa de Ismael Arguello, uno de los vecinos que habían gestionado su venida para participar en las actividades de la Quincena del Turismo) Después supe que el artista hacía poco que había renunciado al Partido Comunista, pero los peronistas (de  derecha) de la época todavía lo perseguían como tal. En aquella ocasión  las autoridades de turno (que dejarían de ser tales en setiembre, por la Revolución Libertadora) no le permitieron actuar en el Cine Yolanda. Una noche me llevó mi hermano Miguel  y ahí, en lo de Capurro, asistí al milagro de su música y su sabiduría y -entre otras cosas- al bautismo que hizo del dúo local “Los Serranos”, de García/Rosales. Para los dirigentes y vecinos de la época (eran vecinos que actuaban desde diferentes y pequeños grupos, ya que la municipalidad recién comenzaba) la música y los espectáculos eran muy importantes.

Los atractivos naturales de Carlos Paz fue determinante para que estuviésemos acompañados de artistas y escritores, algunos de los cuales establecieron en los alrededores sus chalets de veraneo. Más en la intimidad de la Villa, y en cuanto a expresiones populares, fue importante el protagonismo que tuvieron las agrupaciones gauchas, las academias de danzas folklóricas y las peñas. Tanto las academias de los Mieres, López Díaz, Rotundo, Silva; las peñas La Calandria, Pago Alegre, Fogón Serrano, La Amistad, Los Creadores y las distintas Agrupaciones Gauchas: semilleros de figuras locales que junto a  artistas invitados no solamente le pusieron música, arte y contenidos criollos a nuestras noches pueblerinas, sino que animaron inolvidables Fiestas Patronales que muchos extrañamos cada vez más. Con Nardo Spinelli -y su hermano Elvio- Horacio Acosta, Toti Aranda, José Luis Casas y Kelito Romero Cortéz (entre otrxs) en los años 70 armamos el Grupo Mediterráneo y el musical “Cuatro Rumbos” que pusimos un par de años en el cine teatro Yolanda y algunas presentaciones en Alta Gracia, Bialet Massé y Cosquín.

Siempre siguiendo el rumbo de mi memoria –o desmemoria- personal, quisiera mencionar también a una agrupación de la Villa que no solo fue relevante en lo musical: Amigos del Arte, de múltiples actividades, también, en plástica y literatura. Entre otros eventos memorables organizó un gran concierto de Witold Malcuzynski y puso las bases de los Festivales y Encuentros de Coros nacionales e internacionales; también participó en la formación de la orquesta de Cámara que dirigió el maestro Aguirre. A ello hay que sumarle  la sostenida labor cultural-educativa de instituciones como el Centro Italiano y la histórica Biblioteca José H. Porto. En síntesis: aquí funcionó una pequeña pero importante colonia artística-cultural y numerosos proyectos y realizaciones que vale la pena investigar y poner en valor: es una de las tantas tareas historiográficas serias que nos debemos, y no solamente por ser uno de los componentes identitarios fuertes de Carlos Paz.

Termino comentándoles que la música –lo mismo que la poesía, la literatura, la historia- realmente me ayudó a vivir “lo bueno, lo malo, lo lindo y lo feo”. En todos los ámbitos en los que circulé. Por ejemplo, en el 2010, trabajando en la Facultad de Lenguas, me enviaron en representación a Ucrania (mi otra patria), donde la Universidad “Iván Frankó” cumplía cuatrocientos años. Y ahí estuvimos con mi mujer Silvia: les canté unas zambas y unas milongas con letras de Borges, compartiendo ese lenguaje que nos permite comunicarnos entre todos, algo que hoy nos hace falta tanto: el del idioma universal de la música. 

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