La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

David al fondo del abismo

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)
domingo, 13 de febrero de 2022 · 02:34

Por Vidal Mario

(Escritor, historiador y periodista)

 

Los años que siguieron fueron años de intenso martirio para David. Sufría por el hijo muerto, pero también derramaba lágrimas por el otro hijo, el fugitivo.

“David lloraba todos los días por la muerte de Amnón”, pero a la vez “sentía un profundo deseo de ver a Absalón”.

Joab, amigo de David desde tiempos juveniles y jefe de su ejército, ofició de mediador para el retorno del príncipe.

Así fue como, a tres años de su fuga, Absalón vuelve a pisar la ciudad de Jerusalén.

“Pero el rey ordenó que se fuera directamente a su casa y no se presentara ante él; por tanto, Absalón se fue a su casa sin ver al rey”.

Pasan otros dos años más y el repatriado sigue encerrado en su casa porque el padre no lo quería recibir.

Para alguien de naturaleza violenta como Absalón, tal situación resultaba intolerable.

Varias veces pidió a Joab que oficiara de puente para que el rey lo reciba, pero el militar se negaba. Éste era dueño de un campo que en esos momentos estaba sembrado de cebada. “¡Vayan y préndanle fuego!”, ordenó el alterado príncipe a sus criados, y estos fueron a incendiar el plantío.

Joab acudió a reclamar explicaciones por el atentado. “Yo quiero ver al rey, y si soy culpable de algo, que me mate”, le respondió Absalón.

Días después, David finalmente lo recibió. Había pasado cinco años desde la última vez que viera a su hijo.

El príncipe descarriado no había cambiado nada. “En todo Israel no había un hombre tan bien parecido como Absalón, y tan alabado por ello. De pies a cabeza no tenía defecto alguno”.

Se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, en señal de sumisión. “El rey, por su parte, lo recibió con un beso”.

En ese momento de alegría por el reencuentro, David no percibía que el hijo pródigo en realidad ha cambiado, por adentro.

Y cuando se dio cuenta ya fue demasiado tarde.

 

David al fondo del abismo

 

El carismático Absalón consiguió un carro de combate, juntó caballos y organizó una guardia personal de cincuenta hombres. Pacientemente, con actitudes hipócritas y demagógicas, fue “robando el corazón a los israelitas”.

Un día, volvió a presentarse ante su padre. “Ruego a Su Majestad que me permita ir a Hebrón, a cumplir la promesa que hice al Señor. Cuando éste servidor de Su Majestad vivía en Gesur, en Siria, prometí a Jehová que, si él me concedía volver a Jerusalén, yo le rendiría culto”, le pidió. “Puedes ir tranquilo”, accedió el rey.

Fue la última vez que David vio con vida a su hijo. En la mente de su incorregible vástago ya flotaba una conspiración que, otra vez, iba a llenar de sangre a todo Israel.

Lo que menos le interesaba a Absalón era rendirle culto al Señor. Apenas llegó a Hebrón desparramó mensajeros hacia todas y cada una de las tribus de Israel con la noticia de que “Absalón había sido proclamado rey en Hebrón”.

Logró la adhesión de Ahitofel, sagaz asesor de David, e invitó a una reunión a otras doscientas personas notables de Jerusalén, convenientemente seleccionadas.

Estos “fueron con él de buena fe y sin saber nada del asunto”. La conspiración “iba tomando fuerza y seguían aumentando los seguidores de Absalón”.

El movimiento sedicioso de su hijo al final alcanzó tanta fuerza y magnitud que hasta el valiente y aguerrido David se asustó. “Huyamos ahora mismo o no podremos escapar de Absalón! ¡Vamos, dense prisa, no sea que nos alcance y nos cauce mucho daño y mate a filo de espada a todos en esta ciudad!”, gritó.

La historia se repetía. Como en aquellos tiempos juveniles en que Saúl lo perseguía para matarlo, ahora huía otra vez para salvar su vida. Pero ésta nueva fuga era inmensamente más dolorosa. Ahora el que lo quería matar era su propio hijo.

Ahora escapaba para que no lo mate uno de los seres que más amaba en el mundo.

El palacio totalmente desierto, quedó al cuidado de diez de las concubinas de David.

Más de mil personas lo acompañaban. “Todo el mundo lloraba amargamente”, camino al desierto. David iba “descalzo y llorando y con la cabeza cubierta en señal de dolor. Toda la gente que lo acompañaba llevaba también cubierta la cabeza y subía llorando”.

Su amargura no tenía fronteras. Su hijo preferido quería matarlo, gente que comió de sus manos, personas a quienes llenó de honores y privilegios, como Ahitofel, estaban con los sublevados.

Mientras mordía el polvo del desierto, llovía sobre él toda suerte de improperios y humillaciones. El glorioso rey escogido por Jehová sintió que valía menos que un perro muerto.

Hasta el ignoto Simei, descendiente de Saúl, “iba maldiciendo y tirando piedras contra David y contra todos sus oficiales”.

El tal Simei no cesaba de injuriar. “¡Largo de aquí, malvado asesino! – gritó -. ¡Jehová te ha castigado por todos los crímenes que cometiste contra la familia de Saúl para reinar en su lugar! ¡Ahora el Señor ha entregado el reino a tu hijo Absalón, y aquí estás, víctima de tu propia maldad, pues no eres otra cosa que un asesino!”.

Sorprendía a todos, la pasividad de David frente a los insultos del hombre, quien continuaba “caminando por la ladera del monte, paralelo a David, maldiciendo y arrojando piedras y levantando polvo”.

Una vez David había matado a tres hombres sólo porque le trajeron noticias desagradables. Asesinó a muchos habitantes de Sión sólo porque eran cojos o ciegos. Exterminó a miles de pobladores de Moab únicamente porque sus estaturas no eran de su agrado.

Ahora aguantaba estoicamente las maldiciones, el polvo y las piedras de Simei.

Sus colaboradores no entendían su falta de reacción. “¡Ahora mismo voy a cortarle la cabeza!”, amagó Abisaí, uno de sus oficiales, pero el rey lo detuvo con una rara explicación: “Éste no es asunto de ustedes, hijo de Sarvia. Si él me maldice, será porque Jehová se lo ha ordenado. Y en tal caso, ¿quién puede pedirle cuentas de lo que hace?”.

David guardaba un secreto que los demás ignoran: lo que estaba sucediendo era el cumplimiento de una sentencia divina.

Únicamente él, el profeta Natán (si es que aún vivía) y Jehová sabían cómo, cuándo y por qué comenzó todo.

“¡Déjenlo que me maldiga, pues el Señor se lo habrá ordenado!. Quizás cuando el Señor vea mi aflicción me envíe bendiciones en lugar de las maldiciones que hoy escucho” pidió.

Mientras tanto, su hijo entraba triunfalmente en Jerusalén, al frente de una gran multitud.

Se sentó en el ambicionado trono de su padre y preguntó a Ahitofel con qué medidas debe comenzar a gobernar. “En aquel tiempo, pedir un consejo a Ahitofel era como consultar la palabra de Dios. Tal era el prestigio de Ahitofel”.

El famoso asesor le sugirió una muy extraña manera de comenzar su reinado:

“Acuéstate con las concubinas de tu padre, las que él dejó para que cuidaran el palacio. Así todos en Israel comprenderán que te has hecho odioso a tu padre, y tendrán más ánimo todos los que están de tu parte”, fue su consejo.

El usurpador aceptó la sugerencia. “Pusieron para Absalón una tienda de campaña sobre la azotea, y allí se acostó Absalón con las concubinas de su padre, a la vista de todos los israelitas”.

Así se cumplió, treinta años después, la sentencia de Jehová contra David: “Yo, Jehová, declaro: Voy a hacer que el mal contra ti surja de tu propia familia, y en tu propia cara tomaré a tus mujeres y se las entregaré a uno de tu familia, el cual se acostará con ellas a plena luz del día. Si tú has actuado en secreto, yo voy a actuar en presencia de todo Israel y a plena luz del día”.

 

El final de la obra

 

Lo que Absalón no sabía es que también por decisión de Jehová sus días estaban contados. Con su victoriosa entrada a Jerusalén y el público festín sexual con las diez mujeres de su padre, el papel que le correspondía en el marco de aquella sentencia estaba cumplido.

Ya no era necesario, y debía desaparecer del escenario.

Su estrella comenzó a apagarse cuando Ahitofel le ofreció el siguiente consejo:

“Déjame escoger a doce mil hombres y esta misma noche saldré en persecución de David. Y cuando él esté débil y cansado, caeré sobre él y lo llenaré de miedo, y toda la gente que está con él huirá. No mataré más que al rey, y luego haré que todo el pueblo se reconcilie contigo, como cuando la recién casada se reconcilia con su esposo. Lo que tú buscas es la muerte de un hombre, y todo el pueblo quedará en paz”.

El planteo era correcto. Si lo hubieran hecho de ese modo efectivamente hubiera significado el fin de David.

Pero Jehová, que tenía otras intenciones en mente, saboteó el plan “para acarrear el desastre sobre Absalón”.

El Señor se valió para ello de Husai, otro asesor de Absalón pero que abrigaba secretas simpatías hacia David.

A Absalón se le ocurrió pedirle opinión sobre la idea de Ahitofel. Inspirado por Jehová, Husai convenció a todos de que el plan de su colega ni era correcta ni era conveniente; que Absalón debía dirigir personalmente la batalla.

“Yo te aconsejaría que se reúnan contigo todos los israelitas que hay desde Dan hasta Beerseba y que tú personalmente los dirijas en la batalla. Entonces atacaremos a tu padre en cualquier lugar donde se encuentre. Caeremos sobre él como el rocío sobre la tierra y no quedarán con vida ni él ni ninguno de sus hombres. Incluso si se refugia en alguna ciudad todos los israelitas llevaremos cuerdas y, piedra sobre piedra, arrastraremos esa ciudad hasta el arroyo, y no quedará allí ni una sola piedra”, fue el consejo de Husai.

Aprobada su sugerencia, el propio Husai fue a alertar secretamente a David. Siguiendo sus instrucciones éste cruzó el Jordán para evitar el ataque por sorpresa de su hijo.

Ahitofel, deprimido porque “su plan no había sido puesto en práctica” y sumamente ofendido, “aparejó su asno y se fue a su casa, en su pueblo natal, y después de arreglar sus asuntos familiares, se ahorcó”.

Padre e hijo se enfrentaron, finalmente, en el bosque de Efraín. Los respectivos ejércitos se alinearon frente a frente y tomaron posición de combate.

David pasó revista a sus hombres y distribuyó la tropa en grupos de mil y de cien soldados. A último momento, sus lugartenientes le pidieron que no interviniera en la batalla. Querían ahorrarle la amargura de luchar contra su propia sangre.

Aceptó la propuesta, a condición de que “en atención a él trataran con consideración al joven Absalón”.

El combate “tuvo lugar en el bosque de Efraín, y los de Israel fueron derrotados por los seguidores de David. Hubo una gran matanza aquel día, pues murieron veinte mil hombres. La lucha se había extendido por todo el territorio, y en esta ocasión el bosque mismo causó más muertes que la espada”.

Absalón intentó escapar montado en un mulo, pero sufrió un extraño accidente. “El mulo se metió debajo de una gran encina y a Absalón se le quedó trabada la cabeza en las ramas, por lo que quedó colgado en el aire, pues el mulo siguió de largo”.

Nadie se atrevía a tocarlo en atención al pedido de su padre. El comandante Joab sí lo hizo. Desobedeciendo a su rey, lo mató.

“Tomando tres dardos, los clavó en el corazón de Absalón, que aún estaba vivo en la encina”, y “diez asistentes de Joab rodearon a Absalón y lo remataron”. Luego “tomaron el cuerpo de Absalón, lo echaron en un gran hoyo que había en el bosque, y sobre él levantaron un enorme montón de piedras”.

Sentado a la entrada de la ciudad de Mahanaim, David aguardaba noticias de la batalla.

Cuando le informaron que se había aplastado al ejército de Absalón pero que el príncipe estaba muerto “el rey se conmovió, y subiendo al cuarto que estaba encima de la puerta, se echó a llorar. Y mientras caminaba, decía: “¡Absalón, hijo mío! ¡Absalón, hijo mío! ¡Ojalá yo hubiera muerto en tu lugar!”. ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!”.

Tan contagiosa era su aflicción que se extendió a todo el ejército. “Aquel día la victoria se convirtió en motivo de tristeza. El ejército mismo procuró disimular su entrada a la ciudad: avanzaban los soldados avergonzados, como si hubieran huido del campo de batalla”.

A David no le importaba nada. Cubriéndose la cara, seguía caminando de un lado a otro gritando a voz en cuello: “¡Absalón, hijo mío!, ¡Absalón, hijo mío!”.

Días después, su comandante Joab le pidió que se sentara a la puerta de la ciudad para que la gente viera que estaba bien.

Así lo hizo, aunque no había quedado bien, ni estaba bien.

Las heridas recibidas durante esos aciagos días jamás cicatrizarían. Hasta el día de su muerte, David no volvió a ser el mismo.  

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