“La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis”

Jehová no tiene piedad ni de David ni de Israel

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)
domingo, 20 de febrero de 2022 · 01:27

Por Vidal Mario

(Escritor, periodista e historiador)

 

David regresó a su amada ciudad convertido en otra persona, más inclinado hacia el perdón que hacia la venganza, sin ánimo de revanchas, ni cobro de deudas.

“Nadie en Israel morirá en este día”, garantizó para tranquilidad de todos los que se habían levantado contra él.

No lo tocó ni siquiera a Simei, aquel que lo había llenado de maldiciones, insultos, y piedras. En cuanto lo vio, le juró “que no moriría”.

Seguía convencido que quienes conspiraron contra él, incluido Absalón, sólo habían hecho lo que por destino debían hacer.

Había una sentencia divina contra él que debía cumplirse inexorablemente, y les había tocado en suerte a ellos llevarla a cabo. Así que no les atribuyó responsabilidad alguna.

La medida más drástica que tomó fue echar a Joab de su cargo de comandante en jefe del ejército, por haber matado a Absalón, y reemplazarlo por Amasa.

Otra decisión tuvo que ver con sus diez concubinas, públicamente violadas por Absalón.

“Tomó a las diez concubinas que había dejado cuidando el palacio y las metió en una casa, bajo vigilancia. Allí siguió cuidando de ellas, pero no volvió a tener relaciones sexuales con ellas. Así, ellas se quedaron encerradas, viviendo como viudas hasta el día de su muerte”.

 

La violencia no duerme

 

Pero estaba escrito que la violencia ya jamás se apartaría de la casa de David, porque incluso su retorno triunfal a Jerusalén provocó más derramamiento de sangre.

Las tribus asentadas en territorio de Israel se pusieron celosas porque, alegaban, la tribu de Judá “se adueñó” del rey para escoltarlo durante su regreso.

“¿Por qué han de ser nuestros hermanos de Judá quienes se adueñen de Su Majestad, y quienes lo escolten a él, y a la familia real, y a todo su ejército, en el paso del Jordán?”, protestaron.

“Porque el rey es nuestro pariente cercano”, respondieron los de Judá. “Nosotros tenemos sobre el rey diez veces más derecho que ustedes”, replicaron los israelitas.

La discusión sobre quién tenía más derecho a acompañar a David en su vuelta a Jerusalén se hizo cada vez más virulenta, hasta desembocar en un nuevo alzamiento israelí, ahora liderado por Seba, “un malvado de la tribu de Benjamín”.

David convocó a su nuevo comandante en jefe, Amasa. “Seba nos va a causar más daño que Absalón. Así que toma el mando de mis tropas y persíguelo, no sea que encuentre algunas ciudades amuralladas y se nos escape”, le ordenó.

El destituido Joab también salió por su propia cuenta tras el rebelde, pero con otra intención: matar a Amasa.

Ofendido por haber sido despedido, decidió recuperar el cargo asesinando a su reemplazante.

Amasa salió a su encuentro y lo tomó alegremente de la barba con la mano derecha, para saludarlo con un beso, según era estilo.

“¿Te ha ido bien, hermano?” le preguntó Joab, mientras recibía el beso de saludo.

Amasa no advirtió que al mismo tiempo el otro iba sacando su espada con la mano izquierda. “De pronto Joab lo hirió con ella en el vientre, y todas sus entrañas se desparramaron por el suelo. Murió sin que Joab tuviera que rematarlo”.

La confusión entre la tropa era total. El general Amasa “seguía en medio del camino, revolcándose en su sangre; y viendo un soldado que toda la gente se detenía hizo a Amasa a un lado del camino y lo tapó con una capa, pues se dio cuenta que todos los que llegaban se quedaban parados junto a él”.

Recién entonces los soldados siguieron a Joab hacia la bien amurallada Abel-bet-maaca, donde Seba se había atrincherado.

Iniciado el sitio dela ciudad, una mujer pidió a Joab que acercara a la muralla para preguntarle por qué quería destruirlos. Joab le prometió retirarse si entregaban a Seba.

“Te echaremos su cabeza desde el muro”, dijo la mujer. “En seguida fue ella a convencer con su astucia a toda la gente de la ciudad, y le cortaron la cabeza a Seba y se la arrojaron a Joab”.

Esto terminó con la rebelión de los israelitas, quienes “regresaron cada cual a su casa”.

 

Siete ofrendas por el pueblo

 

Pero seguía estando escrito que ya no habría paz en este mundo para el maltratado David.

Sin darle a su siervo tiempo alguno de recuperación, Jehová envió una epidemia y una hambruna que azotó implacablemente a su país durante tres años.

David entendía que ya había expiado con creces aquellas faltas contra Urías su mujer. Estaba seguro que ahora la culpa no era suya. Preguntó entonces a Jehová por qué estaba castigando otra vez a Israel.

Grande fue su sorpresa cuando el Señor le informó que el motivo de la epidemia obedecía a un hecho sucedido cuarenta años atrás, en tiempos de Saúl.

“Se debe a los crímenes de Saúl y de su familia, porque asesinaron a los gabaonitas”, explicó el Señor.

David convocó a los líderes de los gabaonitas para preguntarles “qué podía hacer para reparar el daño que se les hizo”. El desagravio que estos exigieron fue apocalíptico:

“Del hombre que quiso destruirnos e hizo planes para eliminarnos y para que no permaneciéramos en todo el territorio de Israel, queremos que se nos entreguen siete de sus descendientes, y nosotros los colgaremos ante el Señor en Gabaa de Saúl, el escogido del Señor”.

David juzgó preferible siete muertos en lugar de un pueblo entero, y aceptó el reclamo. Únicamente se “compadeció” de Mefi-boset, hijo de Jonatán, porque era inválido y porque había jurado a su amigo que lo protegería de por vida.

“Apresó a los dos hijos que Rizpa había tenido con Saúl y a los cinco hijos que Merab, hija de Saúl, tuvo con Adriel”, y los envió a Gabaón, como ofrenda de paz.

Los gabaonitas recibieron alborozados a las infelices víctimas. “Fueron ahorcados en el monte, delante del Señor. Así murieron juntos los siete, en los primeros días de la cosecha de la cebada”. Sus cadáveres fueron tirados en lo alto de una peña, para que los pájaros y animales salvajes los comieran.

Rizpa, la ya anciana concubina de Saúl, no aguantó tanto dolor, y enloqueció.

“Se vistió con ropas ásperas en señal de luto y se tendió sobre la peña. Allí se quedó, desde el comienzo de la cosecha de cebada hasta que llegaron las lluvias, sin dejar que los pájaros se acercaran a los cadáveres, durante el día, ni los animales salvajes durante la noche”.

Informado David de lo que hacía la loca, “ordenó que recogieran los restos de los ahorcados”.

Dispuso que de paso trajeran lo que todavía quedara de los cuerpos de Saúl y de Jonatán, cuyos restos estaban en Jabes de Galaad. “Estos los habían robado de la plaza de Bet-sán, donde los filisteos los colgaron el día que derrotaron a Saúl en Gilboa”.

Todos fueron honorablemente sepultados, y recién entonces “Dios atendió las súplicas a favor de su país”.

Pero Jehová no dejaba en paz al ya infeliz monarca israelí. Siempre ideaba algo para martirizarlo.

Un día, le ordenó que censara la población para luego castigarlo a él y a todo el pueblo por eso.

El censo reveló que Judá e Israel reunían entre los dos un millón trescientos mil hombres aptos para la guerra.

“He cometido un grave pecado al hacer esto. Te ruego, Señor, que perdones ahora el pecado de este siervo tuyo, pues me he portado como un necio”, confesó David.

No se especifica la naturaleza de la nueva falta cometida por el rey, sólo quedó claro que Jehová no se mostraba dispuesto a perdonar nada, ni a él ni a nadie.

Así que por medio del profeta Gad le dio para que elija entre estas tres clases de castigo. “¿Qué prefieres: siete años de hambre en el país, tres meses huyendo tú de la persecución de tus enemigos, o tres días de peste en el país?”.

David dejó la elección en manos de Jehová, quien eligió su castigo favorito: la peste.

“Mandó el Señor una peste sobre Israel, desde aquella misma mañana hasta la fecha indicada, y desde Dan hasta Beerseba murieron setenta mil personas”.

En determinado momento, Jehová se dio cuenta de que se le había ido la mano, que el castigo era demasiado desproporcionado.

“Cuando el ángel estaba a punto de destruir Jerusalén, le pesó al Señor aquel daño y ordenó al ángel que estaba hiriendo al pueblo: “¡Basta ya, no sigas!”.

Mucho influyó, en la decisión divina de parar esa locura destructiva, una desesperada súplica del rey.

David, cuyo corazón ya no aguantaba más tantas calamidades padecidas a lo largo de su vida, no entendía por qué debían morir tantos inocentes por algún error cometido por él.

Al ver que el ángel ejecutor diezmaba sin piedad a su pueblo, clamó con todas sus fuerzas: “¡Yo soy quien ha pecado! ¡Yo soy el culpable! ¿Pero qué han hecho estos inocentes? ¡Yo te ruego que tu castigo caiga sobre mí y mi familia!”.

El ángel exterminador se detuvo entonces en el momento en que se hallaba “junto al lugar donde Arauna el jebuceo trillaba el trigo”.

David compró ese sitio, por orden de Jehová, para levantar un altar, invirtiendo en la operación cincuenta monedas de plata, monto que incluía los toros para el sacrificio.

“Allí construyó un altar al Señor y ofreció holocaustos y sacrificios de reconciliación”.

Jehová, por fin satisfecho, “atendió las súplicas a favor del país, y la peste se retiró de Israel”.

Comentarios