La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

   Siguen los fracasos para Jehová: ahora, Salomón

  Por Vidal Mario (Escritor, periodista e historiador)
domingo, 27 de febrero de 2022 · 10:41

Por Vidal Mario

(Escritor, periodista e historiador)
                  

                         

“Voy a emprender el último viaje, como todo el mundo” dijo un día el ya anciano David a su hijo Salomón. Presentía que la muerte ya venía a buscarlo.

Pidió a su heredero mantenerse siempre fiel al Señor, pero también que se cobrara en su nombre cuentas pendientes que tenía con cierta gente, entre ellos Joab.

Éste militar, así le dijo a su hijo, “mató en tiempo de paz para vengar la sangre derramada en guerra, haciéndome responsable de ese asesinato”. Además, David nunca se olvidó que Joab había liquidado bárbaramente a Absalón.

Nunca lo castigó ni por ese ni por otros crímenes, tal vez porque estaban juntos desde que eran casi niños.

Pero ahora le pedía a su sabio hijo: “No lo dejes tener una muerte tranquila”.

En sus últimos instantes de su vida, David alcanzó a recordar también aquellas pedradas y maldiciones de Simei de décadas atrás, cuando huía de Absalón.

“No lo perdones. Procura que su muerte sea violenta” pidió, respecto de éste.

Mientras tanto, el también ya anciano Joab apuntalaba la ilegal proclamación de Adonías, otro de los hijos de David, como rey del reino unificado de Judá e Israel.

 

Un campeón de la sabiduría

 

Salomón, en cuanto asumió como nuevo monarca de Israel y de Judá, cumplió con los deseos de su padre, muerto y enterrado en la Ciudad de David.

Mandó al otro mundo a Joab y a Simei, encargándose de que ninguno de los dos tuviera “una muerte tranquila”. También liquidó a su hermano Adonías, por coronarse rey.

Fueron los únicos actos de violencia de Salomón, que era la otra cara de su padre.

Odiaba la guerra con la misma fuerza que amaba la paz y las mujeres. Como gobernante le dijo no al derramamiento de sangre, y sí a las ciencias y la cultura.

Al sentarse en el trono, prometió que su mandato se apoyaría en la sabiduría, no en la espada. Así lo hizo, con resultados realmente espectaculares.

Una noche, en Gabaón, Jehová se le presentó en sueños para decirle que pidiera lo que quisiera, que él se lo daría.

El nuevo rey le pidió “un corazón atento para gobernar tu pueblo, y para distinguir entre lo bueno y lo malo”.

Complacido, el Señor juró: “Porque me has pedido esto y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino inteligencia para saber oír y gobernar, voy a hacer lo que me has pedido: yo te concedo sabiduría e inteligencia como nadie las ha tenido antes que tú ni las tendrá después de ti”.

Así surgió una de las mentalidades más brillantes que haya producido alguna vez el suelo israelí.

“Fue más sabio que ningún hombre”, y “pronunció tres mil proverbios y compuso mil cinco poemas”.

Además, adquirió profundos conocimientos acerca de los árboles y de las plantas, “desde el cedro del Líbano hasta la hierba que crece en las paredes”.

Tampoco había secretos para él en el reino de los animales, las aves, los reptiles y los peces. Su fama de genio inigualable se extendía por todas partes, “y de todas las naciones y reinos de la tierra donde habían oído hablar de la inteligencia de Salomón, venía gente a escucharlo”.

Terminó elevando a Israel a la cima, a fantásticos niveles de esplendor y prosperidad.

"Superaba a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría. Todo el mundo quería verlo y escuchar la sabiduría que Dios le había dado y todos le llevaban cada año un regalo: objetos de plata y de oro, capas, armas, sustancias aromáticas, caballos y mulas". 

 

Hasta la reina de Saba lo visitó y le regaló oro, perfumes y piedras preciosas.

 

“El oro que Salomón recibía cada año llegaba a unos veintidós mil kilos, sin contar el tributo que le pagaban los comerciantes, los negociantes y todos los reyes de Arabia y gobernadores del país”.

Tanta opulencia le permitió monumentales obras arquitectónicas como el templo de Jerusalén, durante cuya consagración sacrificaron en honor a Jehová “veintidós mil toros y ciento veinte mil ovejas”.

Raudales de roja y espumosa sangre animal empaparon ese día la madre tierra en homenaje al “Dios de Amor”.

 

Salomón, otro fracaso para Jehová

 

El mágico derroche de riquezas le permitió también excentricidades como éstos:

“Mandó hacer doscientos escudos grandes de oro batido, empleando en cada uno seis kilos de oro. Mandó hacer también trescientos escudos más pequeños, empleando en cada uno poco más de un kilo y medio de oro batido, y los puso en el palacio llamado “Bosque del Líbano”. Mandó hacer también un gran trono de marfil y ordenó que lo recubrieran de oro puro. El trono tenía seis escalones, su respaldo tenía un dosel redondo y brazos a cada lado del asiento, junto a los cuales había dos leones de pie. Había también doce leones de pie, uno a cada lado de los seis escalones. ¡Jamás se había construido en ningún otro reino nada semejante! Además, todas las copas del rey eran de oro, lo mismo que toda la vajilla del palacio “Bosque del Líbano".

Sin embargo, pese a tan maravilloso despliegue de inteligencia y sabiduría, Salomón resultó ser otro fracaso para Jehová.

El problema de éste rey era que no podía controlar su apetito por las mujeres extranjeras.

Coleccionó mujeres egipcias, moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas, “mujeres de las naciones con las cuales Jehová había prohibido a los israelitas formalizar relaciones matrimoniales, porque seguramente harían que sus corazones se desviaran hacia sus dioses”.

En números redondos, “Salomón tuvo setecientas esposas de rango real, y trescientas concubinas, las cuales desviaron su corazón”.

Influenciado por su ejército de esposas y concubinas no judías, la vejez lo sorprendió adorando y construyendo templos para “dioses repugnantes” como Astarté, Milcom, Quemos, y Moloc.

La reacción de Jehová fue previsible. “Ya que te has comportado así, y no has cumplido mi pacto y las leyes que te ordené –lo condenó -, voy a quitarte el reino para dárselo a uno de los que te sirven”.

En memoria de David, le dijo que “no lo haré mientras vivas, pero se lo quitaré a tu hijo”. A título de consuelo, le prometió que a su sucesor no le sacaría la totalidad del reino. “Le dejaré una tribu, por consideración a tu padre y a Jerusalén, la ciudad que he escogido”.

El Señor comenzó a levantar una serie de enemigos contra él.

 

El reino del desaliento

 

En sus últimos días de vida, el rey más sabio de la tierra llegó a la conclusión de que siempre había vivido equivocado.

Al hacer un balance de su vida, llegó a la conclusión de que todo cuanto había hecho no servía para nada, y que hasta la portentosa sabiduría con que Jehová lo había dotado había sido “una vana ilusión, un querer correr tras el viento”.

Preso de la depresión y el pesimismo, el viejo gobernante hizo el siguiente repaso de su vida:

“Yo, el Predicador, fui rey de Israel en Jerusalén, y me entregué de lleno a investigar y estudiar con sabiduría todo lo que se hace en este mundo. ¡Vaya carga que ha puesto Dios sobre los hombres para humillarlos con ella! Y pude darme cuenta de que todo lo que se hace en éste mundo es vana ilusión, es querer atrapar el viento. ¡Ni se puede enderezar lo torcido, ni hacer cuentas con lo que no se tiene! Entonces me dije a mí mismo: “Aquí me tienen, hecho un gran personaje, más sabio que todos los que antes de mí reinaron en Jerusalén, entregado por completo a profundizar en la sabiduría y el conocimiento, y también en la estupidez y la necedad, tan sólo para darme cuenta de que también esto es querer atrapar el viento. En realidad, a mayor sabiduría, mayores molestias; cuanto más se sabe, más se sufre.

También me dije a mí mismo: “Ahora voy a hacer la prueba divirtiéndome; voy a darme buena vida”. ¡Pero hasta eso resultó vana ilusión! Y concluí que la risa es locura y que el placer de nada sirve. Con mi mente bajo el control de la sabiduría, quise probar el estímulo del vino, y me entregué a él para saber si es lo que más le conviene al hombre durante sus contados días en este mundo. Realicé grandes obras; me construí palacios, tuve mis propios viñedos. Cultivé mis propios huertos y jardines, y en ellos planté toda clase de árboles frutales. Construí represas de agua para regar los árboles plantados; compré esclavos y esclavas, y aún tuve criados nacidos en mi casa; también tuve más ovejas y vacas que cualquiera otro antes de mí en Jerusalén.

Junté montones de oro y plata, tesoros que antes fueron de otros reyes y de otras provincias. Tuve cantores y cantoras, placeres humanos y concubina tras concubina.

Fui un gran personaje y llegué a tener más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén, Además de eso, la sabiduría no me abandonaba. Nunca me negué ningún deseo; jamás me negué ninguna diversión. Gocé de corazón con todos mis trabajos, y ese gozo fue mi recompensa. Me puse luego a considerar mis propias obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y me di cuenta de que todo era vana ilusión, un querer atrapar el viento, y de que no hay nada de provecho en este mundo.

Después me puse a reflexionar sobre la sabiduría, la estupidez y la necedad: ¿Qué más podrá hacer el que venga a reinar después de mí, sino lo que ya antes ha sido hecho? Y encontré que es más provechosa la sabiduría que la necedad, así como es más provechosa la luz que la oscuridad. El sabio usa bien los ojos, pero el necio anda a oscuras. Sin embargo, me di cuenta de que a todos les espera lo mismo, y me dije: “Lo que le espera al necio también me espera a mí, así que de nada me sirve tanta sabiduría”. ¡Hasta eso es vana ilusión! Porque nunca nadie se acordará ni del sabio ni del necio; con el correr del tiempo todo se olvida, y sabios y necios mueren por igual.

Llegué a odiar la vida, pues todo lo que se hace en este mundo resultaba en contra mía. Realmente todo es vana ilusión, ¡es querer atrapar el viento! Llegué a odiar también todo el trabajo que había realizado en este mundo, pues todo ello tendría que dejárselo a mi sucesor. Y una cosa era segura: que mi sucesor, ya fuera sabio o necio, se adueñaría de todo lo que con tanto trabajo y sabiduría logré alcanzar en este mundo. ¡Y esto también es vana ilusión!

Al ver lo que yo había hecho en este mundo, lamenté haber trabajado tanto, pues hay quien pone sabiduría, conocimientos y experiencia en su trabajo, tan sólo para dejárselo a quien no trabajó para obtenerlo. ¡Y esto también es vana ilusión, y una gran injusticia!

¿Qué saca el hombre de tanto trabajar y de tanto preocuparse en este mundo? Toda su vida es de sufrimientos, es una carga molesta; ni siquiera de noche descansa su mente.

Lo mejor que puede hacer el hombre es comer y beber, y disfrutar del fruto de su trabajo, pues he encontrado que también esto viene de parte de Dios. Porque, ¿quién puede comer, o gozar, si no es por él? De hecho, Dios da sabiduría, conocimiento y alegría a quien él mira con buenos ojos; pero al que peca le deja la carga de prosperar y amontonar tesoros para luego dárselos a quien él mira con buenos ojos. ¡También esto es vana ilusión y querer atrapar el viento!”.

La cuestión es que cuarenta años duró el reinado de Salomón, quien murió hecho un símbolo de la frustración y el desencanto.

Menos mal que el Señor le ahorró la amargura de ver que todo cuanto había construido se evaporaba en el aire.

De haber visto cómo se derrumbaba su imperio, habría corroborado que todo cuanto había hecho y toda su magnificencia efectivamente habían sido sólo ilusiones, “un querer atrapar el viento”.

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