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La violación de Tamar sacude la casa de David

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)
domingo, 6 de febrero de 2022 · 10:04

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)
              

Los años seguían pasando. David tenía hijos ya adultos. Varones fuertes y valientes. Hijas hermosas. Su reino estaba consolidado. En paz consigo mismo y con los demás, disfrutaba de la serenidad que conceden la edad y la prosperidad.

Pero, de pronto, la desgracia lo asaltó como ladrón en la noche. Su vida, su reino, todo se vino abajo. Hasta el hijo más querido y los sirvientes más leales lo traicionaron.

“Jamás se apartará de tu casa la violencia” le había prometido Jehová a través del profeta Natán. Tantos años pasaron que quizás el Señor se había olvidado ya de aquella sentencia que le impusiera por matar a Urías y quedarse con su mujer, Betsabé.

Pero cuando su hijo mayor violó a su propia hermana y otro de sus hijos vengó el ultraje matando al hermano violador, David supo que el Señor no había perdido la memoria.

Que la hora de pagar había llegado.

 

La violación de Tamar

 

Todo comenzó cuando Amnón empezó a sentir una perversa atracción hacia una de sus hermanas, la princesa Tamar.

“Se enamoró a tal grado de ella que acabó por enfermarse de angustia, pues como su hermana Tamar no había tenido aún relaciones con ningún hombre, él encontraba muy difícil hacerle algo”.

El príncipe le confesó a “un amigo muy astuto” la causa por la cual andaba tan deteriorado.

Jonadab, así se llamaba éste amigo astuto, le dio el siguiente consejo: “Métete en la cama y hazte el enfermo. Y cuando vaya a verte tu padre dile que, por favor, mande a tu hermana Tamar para que te dé de comer y prepare alguna comida allí mismo, para que tú la veas y comas lo que ella te dé”.

Así lo hizo el loco de amor, y logró autorización del padre para que su hermana fuera a su casa a atenderlo.

Ya lista la comida, Amnón despidió a todos los criados y se quedó a solas con la joven.

“Trae la comida a mi habitación y sírveme tú misma”, le pidió. Y cuando ella acercó la comida a su boca, él la sujetó con fuerza. “Ven, hermana mía, acuéstate conmigo”, le dijo.

La muchacha, sabiendo que perder su virginidad siendo soltera significaría su perdición, resistió hasta donde pudo. “Hermano mío, no me deshonres, porque esto no se hace en Israel – le imploró -. ¡No cometas tal infamia! ¿Dónde iré yo con mi vergüenza? Y por lo que a ti toca, serías considerado en Israel como un necio”.

En desesperado intento por zafar de la situación, le rogó que fuera a hablar con el padre de ambos, David. “Él no se opondrá a que yo sea tuya”, le aseguró.

Pero el hombre no atendía ni entendía razones, “y como era más fuerte que Tamar, la forzó y se acostó con ella”. Saciados sus instintos, otra extraña transformación se produjo en la mente del degenerado. “Fue tal el odio que Amnón sintió después hacia ella que terminó aborreciéndola más de lo que la había amado”. Le ordenó que se fuera de inmediato.

“¡No, hermano mío – suplicó a los gritos la princesa violada -, porque echarme ahora de aquí sería una maldad peor que la que has cometido conmigo!”.

Por toda respuesta, el hermano llamó al criado que vigilaba afuera y le ordenó, también a los gritos: “¡Echa de aquí a esta mujer, y luego cierra bien la puerta!”. El sirviente “la echó fuera de la casa y luego cerró bien la puerta”.

Arrojada a la calle cual perra abandonada, “se echó ceniza en la cabeza, rasgó la túnica que llevaba puesta y, con las manos sobre la cabeza, se fue llorando por el camino”. Así la encontró su hermano Absalón, a quien le contó el martirio que acababa de padecer.

“Guarda silencio, hermana mía, pues es tu hermano. No te preocupes demasiado por éste asunto”, fue la respuesta que recibió de éste otro hermano.

Tamar se sintió aun más perdida ante la indiferencia de Absalón, pero por lo menos consiguió, a fuerza de ruegos, que éste le permitiera quedarse en su casa. No tenía valor para regresar al palacio y contarle lo sucedido a su padre. David igual se enteró. “Se puso muy furioso, pero no reprendió a su hijo Amnón porque, como era su hijo mayor, lo quería mucho”. Absalón, mientras tanto, también iba experimentando una lenta, extraña, metamorfosis mental. Ese que al principio no le había dado importancia al episodio, de pronto empezó a odiar más y más a su hermano, “por haber deshonrado a su hermana Tamar”.

 

La hora de la venganza

 

Pasaron dos años, desde entonces. “La gente de Absalón estaba trasquilando sus ovejas en Baal-hazor, cerca del pueblo de Efraín”, cuando Absalón pensó que era hora un momento propicio para la venganza. Se presentó ante su padre para invitarlo, a él y a sus oficiales, a una gran comilona donde trasquilaba sus ovejas.

David declinó la invitación de su hijo. “Si eso no es posible, permita al menos Su Majestad que nos acompañe mi hermano Amnón”, respondió el príncipe.

Una luz de desconfianza se encendió en la mente de David, conocedor de las tensas relaciones entre ambos hermanos. “¿Y por qué quieres que te acompañe Amnón?”, preguntó.

Pero tanto insistió el otro que David terminó accediendo, aunque a condición de que también fueran sus otros hijos varones.

Absalón organizó “un banquete digno de un rey” en el campo donde trasquilaba sus ovejas.

Cuando todo el mundo estaba bebiendo y comiendo, ordenó a sus criados: “Fíjense bien cuando a Amnón ya se le haya subido el vino, y cuando yo les diga que lo maten, mátenlo. No tengan miedo de hacerlo. Tengan ánimo y valor”.

Cumpliendo con su mandato, “los criados mataron a Amnón”, y los demás hermanos, aterrorizados, “se levantaron y montando en sus mulas, huyeron”. David recibió la explosiva noticia mientras descansaba plácidamente en su palacio. “Le llegó el rumor de que Absalón había matado a todos sus hijos, y que ninguno de ellos había quedado vivo”. Una infinita angustia lo quebró. “Se levantó, se rasgó la ropa en señal de dolor y se tendió en el suelo”.

Así lo encontró un oficial que vino a rectificar la primera información. “No piense Su Majestad que han matado a todos sus hijos. Sólo han matado a Amnón, pues así lo había decidido Absalón desde el día que Amnón violó a su hermana Tamar. Por lo tanto, no crea Su Majestad que todos los príncipes han muerto. El único que ha muerto es Amnón”, informó a su rey.

Después llegaron los hijos sobrevivientes. “Los hijos del rey se pusieron a llorar a voz en cuello. También el rey y todos sus oficiales lloraron muchísimo”.

Para entonces, Absalón ya estaba refugiado en Gesur, protegido por el hijo del rey de ese país.

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