La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

  Jehová encierra a Israel y a su rey en un triángulo mortal

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)

 Por Vidal Mario

(Escritor, historiador y periodista)

 

Habíamos concluido la nota anterior relatando una formidable demostración de poder que Jehová hizo, en lo alto de una solitaria montaña, ante su profeta Elías.

Terminada dicha exhibición, preguntó a su asustado servidor qué estaba haciendo ahí.

Tapándose la cara con su capa, Elías le respondió que él era el único profeta sobreviviente de la masacre de profetas de Jehová ordenada por Jezabel, en represalia porque él había masacrado a los profetas de Baal, protegidos por esa reina.

Estaba sumamente asustado porque, dijo, “me andan buscando para quitarme la vida”.

El Señor, luego de tranquilizarlo, le ordenó que se trasladara a Damasco, la capital de Siria, con ésta misión:

“Consagra a Hazael como rey de Siria, y a Jehú como rey de Israel. A Eliseo, hijo de Safat, del pueblo de Abel-mehola, conságralo como profeta en lugar tuyo”.

Jehová planeaba armar un triángulo mortal para atrapar a los israelitas desobedientes. "De éste modo – dijo – a quien escape de la espada de Hazael, lo matará Jehú, y a quien escape de la espada de Jehú, lo matará Eliseo”.

Además, anunció, dejaría en Israel únicamente siete mil sobrevivientes. “Siete mil personas que no se han arrodillado ante Baal ni lo han besado”, aclaró.

Para que Hazael pudiera ser rey de Siria, Jehová primero tenía que liquidar a Ben-adad, el rey de ese país.

Inspiró a éste a buscar pelea, y se alió con otros treinta y dos reyes contra Acab. Éste, a su vez tenía que ser eliminado para dejar su trono a Jehú, el rey ungido por el Señor.

Los treinta y tres aliados pusieron sitio a Samaria y mandaron a Acab éste mensaje: “Ben-adad dice: tus riquezas me pertenecen, lo mismo que tus mujeres y tus mejores hijos”.

Sintiéndose perdido, el rey israelí respondió: “Yo y todo lo que tengo es tuyo”.

Al otro día, el monarca sirio envió otro emisario para decirle a Acab: “Mañana a estas horas enviaré a mis oficiales a que registren tu palacio y las casas de tus funcionarios”. Le avisó que “todo lo que les guste lo tomarán para sí”.

Siguiendo el consejo de los ancianos de Israel, Acab respondió que estaba listo y dispuesto a entregar sus riquezas, sus mujeres y sus hijos, pero que no toleraría una humillante requisa a su palacio y a las casas de sus funcionarios.

Muy enojado, Ben-adad juró: “Que los dioses me castiguen duramente si de Samaria queda polvo suficiente para darle un puñado a cada uno de mis seguidores!”.

Seguros de su triunfo, el sirio y los otros treinta y dos reyes estaban “emborrachándose en las enramadas que habían improvisado”, pero Acab recibió la tranquilizadora visita de un profeta no identificado.

“Aunque veas a esa gran multitud de enemigos – le dijo de parte de Jehová -, yo la voy a entregar hoy en tus manos, para que sepas que yo soy el Señor”.

Efectivamente, con ayuda del Señor, los israelitas aplastaron como insectos a los invasores. Luego, el mismo profeta no identificado volvió a presentarse ante el rey Acab para avisarle que al término de un año Siria, volvería a atacarlo.

Había sucedido que los sirios habían afirmado que su derrota se había debido a que “los dioses de los israelitas son dioses de las montañas”, pero que si la batalla se desarrollara en la llanura “con toda seguridad venceremos”.

Jehová se enteró de lo que decían los sirios. Se ofendió tanto que al cabo de un año envió a otro profeta ante Acab, con éste mensaje: “Puesto que los sirios han dicho que yo soy un dios de las montañas y no un dios de los valles, voy a entregar en tus manos a toda esa gran multitud. Así sabrán que yo soy Jehová”.

Así lo hizo, y siete días después se registró una espantosa carnicería en las llanuras de Afec.

En ésta batalla, frente a sus adversarios los israelíes parecían “apenas dos rebaños de cabras”. Sin embargo, igual mataron “a cien mil soldados sirios de infantería”.

Los sobrevivientes intentaron refugiarse en Afec, “pero la muralla de la ciudad cayó sobre los veintisiete mil hombres que habían logrado escapar”, y los mató a todos.

Ben-adad se entregó tras permanecer oculto durante un tiempo. Acab, magnánimo, lo liberó.

Jehová tomó éste gesto humanitario suyo como excusa para sentenciarlo a muerte.

Al día siguiente, se presentó ante su trono otro profeta trayendo ésta muy mala noticia: “Así dice el Señor: como tú dejaste escapar al hombre que él había condenado a morir, con tu vida pagarás por la suya, y con tu pueblo por el suyo”.

 

Muerte en los campos de Jezreel

 

La sentencia contra el rey Acab comenzó a cumplirse cuando a éste se le antojó comprar un viñedo que se extendía al costado de uno de sus palacios.

Nabot, el dueño, le dijo que su propiedad no estaba en venta. Triste, malhumorado y deprimido, el rey “se acostó de cara a la pared y no quiso comer”.

Jezabel le preguntó la razón de su depresión, y cuando él le reveló el motivo, ella respondió: “Anda, come y tranquilízate. ¡Yo voy a conseguirte el viñedo de Nabot!”.

Jezabel redactó notas a nombre y en nombre de Acab, les puso el sello real, y las remitió a los ancianos y jefes del pueblo donde vivía el que no quería vender el viñedo.

En esas cartas falsificadas, el rey israelí supuestamente ordenaba a las autoridades: “Anuncien ayuno y sienten a Nabot delante del pueblo. Luego sienten a dos testigos falsos delante de él y háganles declarar en contra suya, afirmando que ha maldecido a Dios y al rey. Después, sáquenlo y mátenlo a pedradas”.

Cuando Jezabel fue informada del cumplimiento de la orden, fue a decirle a su marido:

“Ve y toma posesión del viñedo de Nabot, el de Jezreel, que no te lo quería vender. Nabot ya no vive, ahora está muerto”.

Pero éste episodio no pasó inadvertido para Jehová, quien envió a Elías a decirle al rey:

“Así dice el Señor: Puesto que mataste a Nabot y le quitaste lo que era suyo, en el mismo lugar donde los perros lamieron su sangre, lamerán también la tuya”.

Continuó diciéndole: “Voy a traer sobre ti la desgracia, y voy a acabar con toda tu descendencia: destruiré a todos los varones descendientes tuyos que haya en Israel”.

Respecto de su mujer, gestora intelectual del asesinato, el vaticinio fue igualmente horrible: “Los perros se comerán a Jezabel en los campos de Jezreel”.

Tan estremecedora sentencia derrumbó al rey. Se rasgó la ropa, se puso vestimentas ásperas y comenzó a ayunar como era costumbre cuando se recibían malas noticias.

“Dormía con pocas ropas y andaba muy triste”. Tanta tristeza hasta a Jehová conmovió. “¿Has visto cómo Acab se ha humillado ante mí? le comentó el Señor a Elías.

Dispuso entonces que “por haberse humillado ante mí no traeré el mal sobre su familia mientras él viva, sino en vida de su hijo”. Le concedió tres años más de vida.

Pero todo terminó para Acab durante un nuevo conflicto con los sirios, cuando en el fragor de una de las habituales batallas, “un soldado disparó su arco al azar e hirió de muerte al rey de Israel por entre las juntas de su armadura”.

Aunque herido de gravedad, pidió a sus soldados que lo mantuvieran de pie en el carro y siguió dirigiendo el combate mientras se desangraba. “Pero a la tarde murió, pues la sangre de su herida corría por la plataforma del carro”.

Mientras unos llevaban su cadáver, otros lavaron el carro en el estanque de Samaria, donde se bañaban las prostitutas.

“Los perros lamieron la sangre de Acab, conforme a lo que el Señor había anunciado”.

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