La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

Elías y Eliseo: dos santos con licencia para matar   

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)

Por Vidal Mario

(Escritor, historiador y periodista)

 

Elías y Eliseo, dos fantásticas figuras del Viejo Testamento, no son profetas en la tierra del cristianismo. Sus nombres poco significan para los cristianos, a pesar de que los dos son santos, es decir, integran el santoral católico.

Dicen que sus milagros fueron tan prodigiosos como los que supuestamente desplegaría Jesús nueve siglos después.

Según las Escrituras, aquellos dos también sanaban enfermos y resucitaban muertos. Como supuestamente después Jesús lo haría con algunos peces y algunos panes, ellos también alimentaban a una multitud con un puñado de harina y aceite.

Purificaban ríos envenenados, abrían callejones en medio de los ríos para cruzarlos, provocaban por igual lluvias o sequías, e incluso poseían poderes telepáticos.

También tenían licencia para matar. Eran exterminadores enviados por Jehová ante la idolatría que se institucionalizaba cada vez más en el desguazado reino de Israel.

Elías, como vimos en una nota anterior, había degollado a nada menos que ochocientos profetas adoradores de Baal, durante una portentosa exhibición de poder de parte de Jehová.

Pero dicha matanza de nada le sirvió al Señor. Los israelitas le seguían mostrando la misma indiferencia de siempre. Hiciera lo que hiciera, a Jehová nadie lo tenía en cuenta.

Ni siquiera lo tomaban como fuente de consulta, según lo demuestra el siguiente episodio.

El reemplazante de Acab en el trono fue Ocozías, otro que no estaba entre los admiradores de Jehová.

Un día se cayó al vacío desde una de las ventanas de su palacio y quedó muy herido.

Desesperado, mandó gente a Ecrón para consultar al dios Baal-zebud si curaría de sus heridas.

Jehová se valió de un ángel para encomendar a Elías que interceptara a dichos emisarios.

“Pregúntales si acaso no hay Dios en Israel para que tengas que consultar a Baal-zebud. Y diles también que yo, Jehová, digo a Ocozías: “Ya no te levantarás de la cama, sino que vas a morir”, ordenó el Señor a su profeta, y éste así lo hizo.

Aquellos mensajeros pegaron entonces la vuelta a Samaria, trayéndole al rey la ingrata novedad de lo que se les había dicho por el camino. Por la descripción que le dieron, Ocozías identificó a quien los había interceptado como Elías.

Mandó cincuenta hombres al mando de un capitán para que lo trajeran preso y encadenado.

Lo encontraron sentado en la cima de un monte, y le gritaron: “¡Profeta, el rey ordena que bajes!”. Elías respondió: “Que caiga fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta soldados”. Al instante, “cayó fuego y los consumió” a todos.

Ocozías despachó otros cincuenta hombres al mando de otro capitán. De nuevo llovió fuego, y ni uno de ellos quedó vivo.

Los muertos ya sumaban ciento dos, y Elías seguía sentado en la cumbre del monte.

Por tercera vez el monarca mandó una partida de cincuenta soldados para traerlo. El jefe de ésta expedición prefirió apelar a la diplomacia antes que a la fuerza.

Se arrodilló ante quien debía detener, le suplicó que lo acompañara, y un ángel susurró al profeta que así lo hiciera, sin miedo.

Así fue como Elías entró al palacio de Samaria, y entregó personalmente al rey éste mensaje de Jehová:

“Puesto que enviaste mensajeros a consultar a Baal-zebud, el dios de Ecrón, como si en Israel no hubiera Dios a quien consultar, ya no te levantarás de tu cama. Vas a morir”.

Al poco tiempo Ocozías murió, “tal como el Señor lo había dicho por medio de Elías”.

 

El carro de fuego

 

Según la Torah, conocido en el mundo cristiano como Viejo o Antiguo Testamento, sólo dos hombres han tenido el honor de no morir como mueren los mortales.

Uno fue Enoc, hijo de Adán, de quien se dice que “vivió de acuerdo con la voluntad de Dios”, hasta que un buen día “desapareció, porque Dios se lo llevó”.

El otro fue el mencionado profeta Elías, a quien Jehová “transportó al cielo en un torbellino”.

El día de su misteriosa desaparición, Elías y Eliseo, el discípulo que Jehová le había dado, llegaron a orillas del Jordán.

Se dirigieron al sitio fijado para abordar el “carro de fuego” que transportaría a Elías al cielo.

“Elías tomó su capa, la enrolló y golpeó el agua, y el agua se hizo a uno y otro lado, y los dos cruzaron el río como por terreno seco”.

Eliseo pidió a su maestro que le transfiriera su poder. “No es poco lo que pides –le respondió -. Pero si logras verme cuando sea yo separado de ti, te será concedido”.

De pronto, mientras iban caminando y hablando, “apareció un carro de fuego, con caballos también de fuego, que los separó, y Elías subió al cielo en un torbellino”.

Eliseo recogió la mágica capa de su maestro, que había quedado tirada en el suelo, y regresó a orillas del Jordán.

Quería comprobar si el poder de Elías ahora era suyo. Golpeó el agua con la capa, al mismo tiempo que exclamó “¿dónde está Jehová, el Dios de Israel?”.

Comprobó que el poder de su maestro había pasado a él cuando “apenas había golpeado el agua, ésta se hizo a uno y otro lado, y Eliseo volvió a cruzar el río”.

Durante tres días todo el mundo buscó vanamente, por valles y montañas, el cuerpo del desaparecido profeta.

No lo encontraron. Desde entonces, una creencia se hizo carne en el pueblo judío: algún día, Elías volverá a la tierra.

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