La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

El grito de dolor de Jeremías por la destrucción de Jerusalén                      

  Por Vidal Mario (Escritor, periodista e historiador)                   

 Por Vidal Mario
(Escritor, periodista e historiador)
            

 

A pesar de todos los martirios a los que lo sometió Jehová, detallados en la nota anterior, Ezequiel cumplió lealmente su papel de transmisor de mensajes apocalípticos.

Fue a través suyo que Jerusalén se enteró de la catástrofe que se le venía encima:

“Dentro de ti habrá padres que se coman a sus hijos, e hijos que se coman a sus padres. Ejecutaré la sentencia contra ti, y a los que sobrevivan los dispersaré a los cuatro vientos. Yo, el Señor, lo juro por mi vida: como ustedes han profanado mi santo templo con sus ídolos inmundos y sus acciones detestables, también yo los voy a destrozar sin misericordia; no tendré compasión de ustedes. Una tercera parte de tus habitantes morirá de peste y de hambre dentro de ti, otra tercera parte caerá asesinada por los enemigos en los alrededores, y a la tercera parte restante la dispersaré a los cuatro vientos. Yo iré detrás de ellos con una espada en la mano. Entonces descargaré mi furor; haré que mi ira contra ellos quede satisfecha, y me calmaré. Y cuando haya descargado mi ira contra ellos, sabrán que yo, Jehová, fui quien lo dijo en el ardor de mis celos”.

Todo esto lo dijo el Señor en su primer mensaje.

Su segundo mensaje, ahora destinado a todo el pueblo de Israel, proclamaba:

“Me declaro tu enemigo. Voy a sacar mi espada, y mataré lo mismo a justos que a pecadores. Si, voy a sacar mi espada para matar a todos por igual, a justos y a pecadores, desde el norte hasta el sur. Y todo el mundo sabrá que yo, Jehová, he sacado la espada, y no la voy a guardar”.

El Señor no daba respiros a su pobre servidor porque, inmediatamente después, insistió:

“Tú, hombre, habla en nombre mío y di que yo, Jehová, te he ordenado decir: “¡La espada, la espada! Ya está afilada y pulida. Afilada para hacer una matanza, pulida para lanzar rayos. La hicieron pulir para que uno la empuñe. La espada está afilada y pulida, para ponerla en la mano del asesino”.

Jehová le mostró además a Ezequiel visiones tan terroríficas como los mensajes que le dictaba.

Así describió, el profeta, una de esas visiones:

“Oí una voz muy fuerte, que me gritó al oído: “¡Ya llegan los que van a castigar la ciudad, cada uno con su arma de destrucción en la mano!”. Vi entonces que seis hombres entraban por la puerta superior que da al norte, cada uno con un mazo en la mano. En medio de ellos venía un hombre vestido de lino, que llevaba a la cintura instrumentos de escribir. Entraron y se detuvieron junto al altar de bronce. Entonces la gloria del Dios de Israel se elevó de encima de los seres alados, donde había estado, y se dirigió a la entrada del templo. El Señor llamó al hombre vestido de lino que llevaba a la cintura instrumentos de escribir, y le dijo: “Recorre la ciudad de Jerusalén, y pon una señal en la frente de los que sientan tristeza y pesar por todas las cosas detestables que se hacen en ella”.

Luego oí que les decía a los otros hombres: “Vayan tras él a recorrer la ciudad y, comenzando por mi templo, maten sin ninguna compasión a ancianos, jóvenes, muchachas, niños y mujeres. Pero no toquen a nadie que tenga la señal. Ellos entonces comenzaron por los ancianos que estaban delante del templo. Después les dijo: "Vayan al templo, y profánenlo: y llenen de cadáveres sus atrios”. Ellos salieron y comenzaron a matar gente en la ciudad”.

 

Llega el holocausto

 

El holocausto prometido por Jehová a través de sus profetas comenzó con Israel, el reino del norte.

Salmanasar, rey de Asiria, no tuvo piedad con Israel. Fueron tres años de asedio, crueles sufrimientos de los sitiados, destrucción y muerte. Los escasos sobrevivientes fueron encadenados y llevados cautivos a aquel país.

Todo el territorio de Israel quedó convertido “en algo que causa terror y espanto”.

A continuación, le tocó el turno a Judá, el reino del sur, y a su altiva capital Jerusalén.

Judá anteriormente ya había sufrido un ataque, que no prosperó porque el rey de turno, Ezequías, le caía bien a Jehová, y porque el Señor estaba enojado por algunas expresiones irrespetuosas que un oficial asirio vertió sobre él.

Ofendido por las palabras de dicho oficial asirio, avisó a Ezequías por medio de Isaías que haría volver a su país a Senaquerib. “Allí lo haré morir asesinado”, dijo Jehová.

Dicho y hecho, esa misma noche “el ángel del Señor fue y mató a ciento ochenta mil hombres del campamento asirio; al día siguiente todos amanecieron muertos”.

Senaquerib logró regresar a Nínive, capital de Asiria, pero allí se cumplió lo prometido por Jehová: dos de sus hijos lo asesinaron.

Pero Judá ya no pudo soportar otra invasión, ahora comandada por Nabucodonosor, rey de Babilonia.

En el mes décimo del año noveno del reinado de Sedequías, un gran ejército de la gran potencia militar de la época apareció a las puertas de Jerusalén.

“Cuando el rey Sedequías y sus soldados vieron lo que pasaba, huyeron de la ciudad. Salieron de noche por el camino de los jardines reales, por la puerta situada entre las dos murallas, y tomaron el camino del valle del Jordán. Pero los soldados caldeos los persiguieron, y alcanzaron en la llanura de Jericó. Lo capturaron y lo llevaron ante el rey Nabucodonosor, que estaba en Ribla, en el territorio de Namat. Allí Nabucodonosor dictó sentencia: hizo degollar a los hijos de Sedequías en presencia de éste, y también a todos los nobles de Judá. En cuanto a Sedequías, mandó que le sacaran los ojos y que lo encadenaran para llevarlo a Babilonia. Los caldeos prendieron fuego al palacio real y a las casas de la ciudad, y derribaron las murallas de Jerusalén. Por último, Nabuzaradán, comandante de la guardia real, llevó desterrados a Babilonia tanto a los habitantes de la ciudad que aún quedaban como a los que se habían pasado a los caldeos; en fin, a todo el pueblo. Sólo dejó en el territorio de Judá a algunos de los más pobres, de los que no tenían nada, y ese día les dio viñedos y campos de cultivo”.

 

Un grito de dolor

 

El grito de dolor de Jeremías por el triste final de la maravillosa Jerusalén sigue resonando hasta nuestros días a través de sus conmovedoras Lamentaciones.

“El llanto acaba con mis ojos, y siento que el pecho me revienta; mi ánimo se ha venido al suelo al ver destruida la ciudad de mi gente, al ver que hasta los niños de pecho mueren de hambre por las calles. Decían los niños a sus madres: ¡ya no tenemos pan ni vino! Y caían como heridos de muerte por las calles de la ciudad, exhalando su último suspiro en brazos de sus madres”, escribió en uno de sus poemas.

En otra estrofa, recordó éste otro cuadro: “Tendidos por las calles se ven jóvenes y ancianos; mis jóvenes y jovencitas cayeron a filo de espada. En el día de tu ira, heriste de muerte, ¡mataste sin miramientos! Has hecho venir peligros de todos lados, como si acudieran a una fiesta; en el día de tu ira, Señor, no hubo nadie que escapara. A los que crié y eduqué, el enemigo los mató”.

En el último de sus cinco poemas, Jeremías reveló, preso de una infinita angustia:

“La piel nos arde como un horno, por la fiebre que el hambre nos causa. En Sión y en las ciudades de Judá, mujeres y niñas han sido violadas. Nuestros jefes fueron colgados de las manos, los ancianos no fueron respetados. Ya no hay ancianos a las puertas de la ciudad; ya no se escuchan canciones juveniles. Ya no tenemos alegría en el corazón; nuestras danzas de alegría acabaron en tristeza”.

Pero, increíblemente, con el corazón destrozado por tanto dolor, el autor de los Lamentos seguía afirmando: "El amor de Jehová no tiene fin, ni se han agotado sus bondades".

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