La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis  

El primer holocausto judío está consumado

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)

                                              

El holocausto judío estaba consumado. Incluso el fabuloso templo de Salomón quedó reducido a escombros. La gloriosa Sión, por cuya geografía se suponía que la leche y la miel debían correr como agua, ahora causaba terror y espanto.

Los sobrevivientes fueron esparcidos hacia los cuatro vientos, y otros sometidos a esclavitud.

Nada quedó en pie de la milenaria tierra prometida. Ardieron las ciudades como si fuesen pajas resecas. Primero Israel y después Judá, quedaron reducidos a la nada.

Pero ni siquiera su sufrido pueblo convertido en cenizas calmó la furia del Señor:

“Por la ira de Jehová, el Todopoderoso, el país está incendiado, el fuego destruye al pueblo; se comen la carne de sus propios hijos, y no tienen compasión de sus hermanos. Aquí hay uno que engulle y queda con hambre, allá hay otro que come y no se siente satisfecho. Manasés destruye a Efraín, Efraín a Manasés, y ambos se lanzan contra Judá. Y, sin embargo, la ira de Jehová no se ha calmado, él sigue amenazando todavía”, relata el libro de Isaías.

La indignación del Dios de Israel obedecía a que la desintegración de la nación que había elegido para ser su pueblo implicaba otra dura derrota para él.

Nunca, ni por las buenas ni por las malas, había conseguido conquistar el corazón judío.

 Los israelitas siempre vivían codiciando los brazos de otros dioses. Tanto que aún hundidas en el desastre, las mujeres sobrevivientes del holocausto continuaban prefiriendo hacer tortas a la Reina del Cielo antes que rendir culto a Jehová.

Todo cuanto éste Dios anhelaba era: que sólo a él lo adoraran, y respetaran sus leyes. Aunque jamás lo logró, manifestó que no estaba dispuesto a darse por vencido.

Apeló a una solución extrema, desesperada: mandar a su propio hijo a intentar que la gente regrese a él.

“La joven está encinta –anunció por medio de Isaías- y va a tener un hijo, al que pondrá por nombre Emanuel”.

Según Jehová, su próximo enviado recibiría los títulos de “Admirable en sus planes, Dios Invisible, Padre Eterno y Príncipe de la Paz”, y se lo conocería también por el nombre Miguel.

A diferencia de sus anteriores enviados, la misión de éste hijo no se limitaría a Israel, sino que abarcaría a todo el planeta. “Anunciará paz a las naciones y gobernará de mar a mar, del Éufrates al último rincón del mundo”, anunció el Señor.

Las instrucciones para su hijo eran claras y precisas: “No basta con que seas mi siervo sólo para restablecer las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo haré que seas la luz de las naciones, para que lleves mi salvación hasta las partes más lejanas de la tierra”.

 

La destrucción de Asiria

 

Pero volvamos atrás, ochocientos años antes del nacimiento del “Príncipe de la Paz”.

La furia de Jehová, decíamos más arriba, seguía intacta. Fue por esa razón que, tras hacer estallar en pedazos a su propio pueblo, descargó su ira hacia las potencias que había utilizado como ejecutores de su sentencia contra Judá e Israel.

“A las naciones que hayan luchado contra Jerusalén, Jehová las castigará duramente: a su gente se le pudrirá la carne en vida, y se le pudrirán los ojos en sus cuencas y la lengua en la boca”, anunció a través del profeta Zacarías.

Comenzó con los asirios. “¡El rey de Asiria! Él es el palo con que yo en mi ira castigo, la vara que uso cuando me enojo. Lo mando a un pueblo impío, a una nación que me ofende, para que la robe y le quite sus riquezas, para que la pisotee como el barro de las calles”, enfatizó.

El rey asirio, célebre por su crueldad para con los prisioneros, cayó en desgracia cuando cometió un error fatal: creerse más importante que el Dios que lo usaba.

“Pero, ¿acaso puede el hacha creerse más importante que el que la maneja –se preguntó Jehová-, ¿la sierra más que el que la mueve? ¡Como si el bastón, que no es más que un palo, fuera el que moviera al hombre que lo lleva!”.

Así que condenó a muerte a Asiria. “Sin duda alguna, lo que yo he decidido, se hará; lo que yo he resuelto, se cumplirá. Destruiré al pueblo asirio en mi país, lo aplastaré en mis montañas. Su yugo dejará de oprimir a mi pueblo, su tiranía no pesará más sobre sus hombres”, juró, con gran energía.

La suerte de Asiria estaba echada, y así lo anunciaba repetidamente el profeta Isaías:

“Jehová dejará oír su voz majestuosa y mostrará su poder, que actuará con ira terrible, con las llamas de un fuego devorador, con rayos, aguaceros y granizo. Al oír la voz de Jehová y recibir su castigo, Asiria se llenará de terror, y a cada golpe que descargue Jehová sobre ella, sonarán tambores y arpas. Jehová le hará una guerra terrible. Desde hace mucho tiempo está preparado para Asiria y para su rey el lugar del tormento ancho y profundo, una hoguera encendida con leña abundante. La encenderá el soplo de Jehová como un torrente de azufre”.

La hora final de Asiria llegó cuando Nabopolasar, rey de Babilonia, y Ciaxares, rey de Media, atacaron artera y sorpresivamente a su capital, Nínive.

El profeta Nahún, inspirado por el Señor, escribió en lengua hebrea ésta suerte de himno de alegría por su destrucción:

“Jehová el todopoderoso afirma: “Aquí estoy contra ti; voy a quemar tus carros de guerra y a convertirlos en humo; voy a matar a tus cachorros; acabaré con el robo que hay en tu tierra, y no se oirá más la voz de tus mensajeros”.

Después, seguía diciendo: “¡Ay de ti, ciudad sangrienta, llena de mentira y violencia; tu rapiña no tiene fin! ¡Chasquido de látigo, estruendo de ruedas! ¡Galopar de caballos, carros que saltan! ¡Carga de caballería! ¡Brillo de espada, resplandor de lanzas! ¡Miles de heridos, montones de muertos! ¡Cadáveres sin fin! ¡La gente tropieza con ellos! Y todo por culpa de esa ramera llena de gracia y hermosura, maestra en brujerías, que con sus prostituciones y hechizos embaucaba a pueblos y naciones. Jehová el Todopoderoso, afirma: “Aquí estoy contra ti; te voy a levantar el vestido hasta la cara, para que las naciones te vean desnuda y los reinos vean tu vergüenza. Y echaré suciedad sobre ti; te cubriré de deshonra y haré de ti un espectáculo. Todos los que te vean huirán de ti, diciendo: ¡Nínive está destruida!”.

Tan destruida quedó, que el lugar donde alguna vez estuvo permaneció oculto bajo tierra por casi dos mil años.

 

Ahora, Babilonia

 

Babilonia, la otra condenada a muerte, surgió a continuación como nueva potencia imperialista.

Doscientos años atrás, Jehová ya había elegido como verdugo del país de los jardines colgantes a un hombre que todavía no existía: Ciro. “Jehová consagró a Ciro como rey, lo tomó de la mano para que dominara las naciones y desarmara a los reyes”, anunció Isaías.

Dos siglos antes de nacer el fundador del imperio persa, Jehová ya tenía trabajo para él: “Yo le digo a Ciro: Tú eres mi pastor, tú harás lo que yo quiero”.

Y una de las cosas que quería el Señor era convertir a Babilonia en otro montón de escombros.

Aunque Jehová reconocía que Babilonia había sido en su momento uno de sus mejores instrumentos bélicos.

“¡Babilonia, tú eres mi mazo, mi arma de guerra! Contigo destrozo naciones y destruyo reinos. Contigo destrozo caballos y jinetes, carros y cocheros. Contigo destrozo hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, muchachos y muchachas. Contigo destrozo pastores y rebaños, labradores y bueyes, gobernadores y funcionarios”, dijo.

Inclusive calificó generosamente al rey babilonio Nabucodonosor como “mi siervo”.

Olvidando que había sido él quien había inducido a Babilonia a destruir Judá, la sentenció a muerte por eso. “Pagaré a Babilonia y a todos los caldeos como merecen, por el mal que le hicieron a Sión”, juró.

Así que ordenó: “¡Ataquen la región de Meratain y a los habitantes de Pecod! ¡Persíganlos, destrúyanlos por completo! ¡Cumplan mis órdenes en todo! Yo, Jehová, lo ordeno!”.

Para concretar su objetivo, “hizo despertar en los reyes de Media el sentimiento de destruir a Babilonia”.  

Y así como Nahún cantó de alegría por la destrucción de Nínive, doscientos años antes de cumplirse así Isaías exteriorizó su júbilo por el futuro colapso de Babilonia:

“Jehová abrió el depósito de sus armas y sacó las armas de la ira. Porque Jehová el Todopoderoso tiene una tarea que llevar a cabo en la nación de los caldeos. ¡Atáquenla por todas partes! ¡Abran sus graneros! ¡Amontonen a la gente y destrúyanla! ¡Que no quede nadie con vida! ¡Maten a todos sus soldados, envíenlos al matadero!”.

En cumplimiento de estas órdenes impartidas siglos atrás fue que Ciro cayó sobre Babilonia, borrándola de la tierra.

Como Nínive, permaneció sepultada por milenios bajo las ardientes arenas del desierto.

 

Promesa incumplida

 

Luego de estas intensas actividades destructoras, Jehová esperó el momento de enviar a su Hijo a la Tierra.

“Ahora Jehová deja a los suyos, pero sólo hasta que dé a luz la mujer que está esperando un hijo”, dijo Miqueas. Según lo afirmado con ocho siglos de anticipación por éste profeta, el bebé nacería en el pequeño pueblo de Belén de Éfrata.

Pero, como arrepentido de todo el daño que había causado, el Señor dejó flotando en el aire la promesa de que algún día el pueblo judío volvería a su tierra.

“Te reconstruiré, Israel –prometió solemnemente-. De nuevo vendrás con panderetas a bailar alegremente. Volverás a plantar viñedos en las colinas de Samaria. Voy a hacerlos volver del país del norte y a reunirlos del último rincón del mundo. Con ellos vendrán los ciegos y los cojos, las mujeres embarazadas y las que ya dieron a luz, ¡volverá una enorme multitud!”.

Sucedía que, pese a sus repetidas infidelidades, Jehová seguía amando a Jerusalén, la “Ciudad Santa”. En virtud de ese amor, juró a través de sus profetas Joel y Zacarías que “jamás volverán a conquistarla los extranjeros”.

Pero Jehová no cumplió con ésta promesa: cuando se produjo el nacimiento de “Emanuel”, Jerusalén no era otra cosa que un apéndice del Imperio Romano.

Más extraña aún resulta aquella promesa de Jehová cuando uno recuerda que cuarenta años después de la crucifixión de Jesús las águilas de Roma la destruyeron, y “la novia del Dios de Israel” quedó de nuevo reducida a ruina.

 

Un Cordero va rumbo al matadero

 

Ochocientos años antes de su nacimiento ya era sabido, por éstas palabras de Isaías, que la vida de ese nuevo enviado especial de Jehová no sería ni fácil ni placentera.

“¿Quién va a creer lo que hemos oído? ¿A quién ha revelado Jehová su poder? El Señor quiso que su siervo creciera como planta tierna que hunde sus raíces en la tierra seca. No tenía belleza ni esplendor, su aspecto no tenía nada atrayente, los hombres lo despreciaban y lo rechazaban. Era un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. Como a alguien que no merece ser visto, lo despreciamos, no lo tuvimos en cuenta. Y, sin embargo, él estaba cargado con nuestros sufrimientos, estaba soportando nuestros dolores. Nosotros pensamos que Dios lo había herido, que lo había castigado y humillado. Pero fue traspasado a causa de nuestra rebeldía, fue atormentado a causa de nuestras maldades; el castigo que sufrió nos trajo la paz, por sus heridas alcanzamos la salud. Fue maltratado, pero se sometió humildemente, y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan.

Se lo llevaron injustamente, y no hubo quien lo defendiera; nadie se preocupó de su destino. Lo arrancaron de esta tierra. Le dieron muerte por los pecados de mi pueblo. Lo enterraron al lado de hombres malvados, lo sepultaron con gente perversa, aunque nunca cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca. Jehová quiso oprimirlo con el sufrimiento. Y puesto que él se entregó en sacrificio por el pecado, tendrá larga vida y llegará a ver a sus descendientes.

Después de tanta aflicción, verá la luz, y quedará satisfecho al saberlo: el justo siervo del Señor liberará a muchos, pues cargará con la maldad de ellos. Por eso Dios le dará un lugar entre los grandes, y con los poderosos participará del triunfo. Porque se entregó a la muerte y fue contado entre los malvados cuando en realidad cargó con los pecados de muchos, e intercedió por los pecadores”. 

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