La Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis

En los campos de Jezrael, los perros se la comen a Jezabel                   

Por Vidal Mario (Escritor, historiador y periodista)

Por Vidal Mario

(Escritor, historiador y periodista)

                           

El sucesor de Elías, Eliseo, era muy nervioso. Abundan los casos de las temperamentales reacciones de éste hombre que para los católicos es “San Eliseo”.

Cierta vez, un grupo de jóvenes se burló de su calvicie. El profeta, que iba a Betel, “se volvió hacia ellos, los miró y los maldijo en el nombre del Señor. Al instante, salieron dos osos del bosque y despedazaron a cuarenta y dos de ellos”.

En otra ocasión, insultó nada menos que a reyes de Israel, Judá y Edom porque fueron a pedirle ayuda para guerrear contra Moab, país que se negaba a seguir pagando a Israel un tributo anual de cien mil corderos y cien mil carneros.

“El Señor se posesionó de Eliseo”, quien, a pesar de su enojo, terminó aceptando dicho pedido de ayuda, con esta condición:

“Ustedes destruirán todas las ciudades amuralladas y ciudades importantes, y cortarán todos los árboles frutales, cegarán todos los manantiales de agua, y llenarán de piedras todos los terrenos de cultivo”.

Mesa, que así se llamaba el rey moabita, nada pudo hacer contra el fabuloso poder divino que debió enfrentar.

Quedó tan desequilibrado que “tomó a su hijo mayor, que había de reinar en su lugar, y lo ofreció en holocausto sobre las murallas”.

 

El poder de Eliseo

 

El poder de Eliseo tanto para el bien como para el mal infundía terror y admiración, al mismo tiempo.

Sanaba enfermos, alimentaba multitudes, daba hijos a mujeres viejas o estériles, y resucitaba muertos. Uno de estos resucitados fue un niño con el cual años antes había recompensado a una mujer estéril por construirle una pieza en la terraza de su casa, la cual usaba las veces que pasaba por esa ciudad.

La criatura murió repentinamente, víctima de un ataque. La desesperada madre montó en su mula y partió en busca del profeta, a quien ubicó en la cumbre del monte Carmelo.

“Cuando Eliseo entró en la casa, el niño ya estaba muerto, tendido sobre la cama. Entonces entró, y cerrando la puerta se puso a orar al Señor. Sólo él y el niño estaban dentro. Luego se subió a la cama y se acostó sobre el niño, colocando su boca, sus ojos y sus manos contra los del niño y estrechando su cuerpo contra el suyo. El cuerpo del niño empezó a entrar en calor. Eliseo se levantó entonces y anduvo de un lado a otro por la habitación; luego se subió otra vez a la cama y volvió a estrechar su cuerpo contra el niño. De pronto, el muchacho estornudó siete veces, y abrió los ojos”. Eliseo mandó llamar a la madre y, simplemente, le dijo “Aquí tienes a tu hijo”.

Tiempo después, el rey de Siria, Ben-adad, otra vez sitió a Samaria, hundiéndola en una espantosa hambruna. El rey de Israel responsabilizó a Eliseo del drama.

El siguiente episodio refleja la situación límite que la población atravesaba, por el hambre.

“Un día, el rey de Israel pasaba sobre la muralla y una mujer le gritó: ¡Majestad, ayúdeme! El rey respondió: Si el Señor no te ayuda, ¿cómo quieres que lo haga yo? ¿Acaso puedo darte trigo, o vino? ¿Qué es lo que te pasa? Ella contestó enseguida: Ésta mujer me dijo que entregara a mi hijo para que nos lo comiéramos hoy, y que mañana nos comeríamos el suyo. Entonces guisamos a mi hijo, y nos lo comimos. Al día siguiente yo le dije que entregara a su hijo para que nos lo comiéramos, pero ella lo ha escondido”.

Ben-adad reventó de furia ante tan espeluznante confesión. “¡Que Dios me castigue duramente si este mismo día no le corto la cabeza a Eliseo, el hijo de Safat!", juró.

Sin embargo, tal juramento era muy difícil de cumplir debido a que el sucesor de Elías poseía poderes sobrenaturales.

Incluso había dejado ciego a todo un ejército sirio que también lo buscaba para matarlo, y ahora el ingenuo rey de Israel mandaba solamente un hombre tras el histérico siervo de Jehová.

Ya varios kilómetros antes de que el solitario cazador llegara a destino, el profeta ya lo detectó. Eliseo también tenía el poder de captar hasta los pensamientos más íntimos que los reyes abrigaban en la intimidad de sus habitaciones.

“Vean cómo este asesino ha enviado a alguien a cortarme la cabeza”, dice a los ancianos que lo acompañaban.

El emisario fue condenado a muerte (al día siguiente sería atropellado por una turba hambrienta en la puerta de la ciudad) por Eliseo, pero antes de morir presentó a su rey éste mensaje de Eliseo:

“Mañana a estas horas, a la entrada de Samaria, se podrán comprar siete litros de harina por una sola moneda de plata, y también por una moneda de plata se podrán comprar quince litros de cebada”.

Para que esto fuera así, Jehová actuó esa misma noche. “Hizo que el ejército sirio oyera ruido de carros de combate, de caballería y de un gran ejército; los sirios pensaron entonces que el rey de Israel había contratado a los reyes hititas y a los reyes egipcios, para que los atacaran. Por eso se levantaron y huyeron al anochecer, abandonando sus tiendas de campaña, sus caballos y sus asnos, y dejando el campamento tal como estaba para escapar con vida”.

Igualmente, como ya lo señalamos en la nota anterior, Jehová había decidido que Ben-adad muriera.

Cayó enfermo y envió a un tal Hazael a Damasco con la misión de consultar a Eliseo si sanaría. El emisario llevó nada menos que cuarenta camellos cargados de regalo. Llegó donde estaba el terrible servidor del Señor.

“Ve y dile que sobrevivirá a su enfermedad, aunque el Señor me ha hecho saber que de todos modos va a morir”, fue la respuesta que Eliseo le dio al mensajero.

De pronto, el profeta se quedó mirando fijamente al emisario, y se puso a llorar.

“¿Por qué lloras, mi señor?”, preguntó el funcionario sirio, y Eliseo le respondió: “Porque sé que vas a causarles daño a los israelitas, pues vas a prender fuego a sus fortalezas, a matar a filo de espada a sus jóvenes, a asesinar a sus pequeñuelos y a abrirles el vientre a las mujeres embarazadas”.

Hazael, muy sorprendido, contestó: “¡Pero si yo no soy más que un pobre perro! ¿Cómo podría hacer tal cosa?”. Eliseo respondió: “El Señor me ha hecho saber que tú vas a ser rey de Siria”.

El mensajero regresó a su país con la respuesta de Eliseo. “Me ha dicho que vas a sobrevivir a tu enfermedad”, le dijo a su amo. “Pero al día siguiente, Hazael fue y tomó una manta, y luego de empaparla de agua, se la puso al rey sobre la cara, y el rey murió. Después de esto, Hazael reinó en su lugar”.

Así comenzaba a tomar forma lo anunciado por Jehová al desaparecido Elías, en el sentido de que un tal Hazael sería rey de Siria, para desgracia de Israel. “De esta manera, a quien escape de la espada de Hazael, lo matará Jehú, y a quien escape de la espada de Jehú, lo matará Eliseo”, había jurado el Señor, tiempo atrás.

 

Jehú, el exterminador

 

Hazael ya estaba sentado en el trono de Siria. Sólo faltaba que sucediera otro tanto con Jehú, un oscuro capitán del ejército israelí.

Eliseo envió a Ramot de Galaad a uno de sus ayudantes, con un frasco de aceite, para consagrarlo como nuevo rey. Mientras caía el aceite sobre la cabeza del militar, recibía éste mandato:

“El Señor, Dios de Israel, dice: “Yo te consagro como rey de Israel, mi pueblo. Tú acabarás con la descendencia de Acab, tu amo, y así vengarás la sangre de mis profetas y de todos mis siervos, derramada por Jezabel. Toda la familia de Acab será destruida; acabaré con todos sus varones de Israel, y ninguno quedará vivo. Voy a hacer con la descendencia de Acab lo mismo que hice con la de Jeroboam, hijo de Rabat, y con la de Baasa, hijo de Ahías. En cuanto a Jezabel, se la comerán los perros en el campo de Jezreel, y no habrá quien la entierre”.

Muy pronto, Jehú habría de demostrar que era un exterminador realmente formidable.

Empezó su carrera matando al rey israelí Joram, para apoderarse del trono. Después liquidó al rey de Judá, Ocozías, quien circunstancialmente se encontraba en Jezreel, visitando a su colega israelita, que en esos días estaba enfermo.

Su siguiente víctima fue la renombrada asesina Jezabel. Mandó a sus oficiales que la arrojaran desde lo alto de una ventana. “Ellos la echaron abajo, y parte de su sangre salpicó la pared y los caballos, los cuales pisotearon a Jezabel”. Horas después, “cuando fueron a enterrarla, sólo encontraron de ella el cráneo, los pies y las palmas de las manos”.

Informado de ese macabro espectáculo, Jehú comentó: “Ya el Señor había dicho por medio de su siervo Elías, el de Tisbe, que los perros se comerían el cuerpo de Jezabel en el campo de Jezreel, hasta tal punto de que nadie podría reconocer sus restos”.

El programa de asesinatos de Jehú continuó con la matanza de los descendientes de Acab, aquel de tan lamentable comportamiento en los tiempos de Elías.

Para ello, envió un despacho a las autoridades de Samaria, con éste mensaje: “Si ustedes están de mi parte y quieren obedecer mis órdenes, tomen las cabezas de los hijos de su señor, y mañana a estas horas vengan a verme a Jezreel”.

Setenta hijos varones de Acab “estaban con los grandes personajes de la ciudad, que los habían criado”. Al recibir la carta, “tomaron a los setenta varones y los mataron; luego echaron sus cabezas en unas canastas y los enviaron a Jezreel”.

Con todas esas setenta cabezas amontonadas al pie de la ciudad, como macabra muestra de que no bromeaba, Jehú habló al pueblo: “Sepan bien que nada de lo que el Señor habló contra la familia de Acab dejará de cumplirse. El Señor mismo ha hecho lo que anunció por medio de Elías, su siervo”.

Terminado su discurso, “dio muerte en Jezreel al resto de la familia de Acab, a todos sus hombres importantes y amigos íntimos y a sus sacerdotes. No dejó a nadie con vida”.

Jehú regresaba a Samaria cuando los hermanos del asesinado rey de Judá, Ocozías, tuvieron la mala suerte de tropezar con él por el camino. “Los seguidores de Jehú los atraparon vivos y los degollaron junto al pozo de Bet-equed de los Pastores. Eran cuarenta y dos hombres, y no dejaron a ninguno de ellos con vida”.

Más adelante, el eficiente carnicero se topó con un tal Jonadab, quien seguramente era un viejo conocido suyo porque lo saludó con mucha cortesía, le dio la mano, y lo invitó a subir a su carro. “Acompáñame y verás mi celo por Jehová”, le dijo.

“Así pues, lo llevó en su carro. Y al entrar en Samaria, Jehú mató a todos los descendientes de Acab que aún quedaban con vida. Los exterminó por completo, según el Señor se lo había anunciado a Elías”.

Por último, apelando a un engaño, reunió en un templo “a todos los profetas, adoradores y sacerdotes de Baal”.

Eligió a ochenta de sus mejores hombres, y los conminó: “Quien deje escapar a alguno de los hombres que he puesto en sus manos, lo pagará con su vida”. Seguidamente, gritó: “¡Entren y mátenlos! ¡Que no escape ninguno!”.

Así, “los hombres de Jehú los mataron a filo de espada, y luego los arrojaron de allí. Después entraron en el santuario del templo de Baal y sacaron los troncos sagrados y los quemaron. Derribaron también el altar y el templo de Baal, y lo convirtieron en un muladar, que existe hasta el presente”.

Jehová, orgulloso de la impecable gestión exterminadora de su siervo, le prometió: “Ya que ante mí has actuado bien y a mis ojos tus acciones han sido rectas, pues has hecho con la familia de Acab todo lo que yo me había propuesto, tus descendientes se sentarán en el trono de Israel hasta la cuarta generación”.

 

El muerto Eliseo resucita a otro muerto

 

Eliseo, contrariamente a su maestro, murió como cualquier otro mortal. Pero aún muerto su poder seguía vivo.

En cierta ocasión, unos israelíes se disponían a sepultar a un hombre, cuando fueron sorprendidos por ladrones moabitas. Asustados, arrojaron el cadáver dentro de una tumba, y huyeron.

La tumba recién abierta resultó ser el sepulcro de Eliseo. “Tan pronto el muerto rozó los restos de Eliseo, resucitó y se puso de pie”.

Todas estas historias transcurrían en un ciclo que se extinguía inexorablemente. Israel y Judá tenían los días contados.

Sentenciadas a muerte por Jehová, la destrucción de ambas naciones ya era sólo cuestión de tiempo.

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