"En algún lugar de las palabras" por la poeta Casilda Jáspez Diéguez

Casilda Jáspez Diéguez, poeta y psicóloga, trabaja con sus pacientes con la escritura y forma parte del grupo de Letraheridos del Hospital de Granada, España.
miércoles, 6 de abril de 2022 · 13:59

   Por Casilda Jáspez Diéguez

(Poeta-psicóloga)

En este último poemario de José María Cotarelo Asturias, publicado por la editorial Corprens en Argentina y presentado recientemente en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada, el poeta abandona parte de su lirismo habitual para adentrarse en una poesía a veces existencialista, otras metafísica. Plantea preguntas y da respuesta a otras a otras cuestiones esenciales. Busca la esencia, la razón de ser de las cosas, el interior, el encuentro con uno mismo, el origen hasta el último momento, con una búsqueda orientada hacia la luz, esa que siempre ha estado ahí y que iluminará al poeta a lo largo del libro en su incansable indagación.

  Para ello bucea en la palabra como origen, por el fondo en donde estaría la espiritualidad y también por la superficie  y encuentra en ella un infinito de cosas; el espacio, el tiempo, los lugares, los objetos,  los otros, los afectos, los temores, el amor... Entiende que estamos hechos de palabras, que tanto las certezas como las dudas, las inquietudes, son palabras, esas que se nombran y esas otras difíciles de nombrar y que el poeta es capaz de recoger desde esa mirada que va más allá, porque en la poesía se puede encontrar todo, nos dirá, pero no sólo es del poeta el mérito, lo es también de la palabra que lo sorprende, que lo constituye, esa que nace del inconsciente puro, de esa mirada que va más allá y de la que el poeta es capaz de empaparse. Tanto las alusiones a la mirada,  como al espejo que aparece en varios poemas en el capítulo III, La amargura de la identidad, recuerdan “El estadio del espejo”, un concepto de la teoría del psicoanalista francés Jacques Lacan que describe la formación del “Yo” a través del proceso de identificación  del ser humano con su propia imagen al verla por primera vez reflejada en el espejo, como una imagen completa que al ser observada por el niño produce júbilo, pero frustración a la vez porque aquello que se ve no es él  sino sólo una imagen, una forma, acariciada por el espejo nos dice el poeta, capaz de lanzarte hacia hondas oscuridades. Hay que buscar entonces en otro lado para encontrar la razón de ser, el interior, el centro.

  

  Nos habla también de las heridas del corazón, del desgarramiento del  alma, en  una realidad cruda, sin embargo, a la vez, ofrece el camino de la salvación en el encuentro con la palabra en donde aparece la verdadera identidad y con ella, la poesía como un misterio, que surge de preguntas, de silencios, de heridas, del vacío y que irrumpe “como un rayo que atraviesa el aire.” Confiesa haberse equivocado a veces, haber errado, pero llega la poesía a salvarlo de fracasos y  desengaños, a salvarlo incluso de sí mismo, “mas, llego el barro de las letras a salvarme” Hace de la poesía un credo, como dirá Álvaro Salvador catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Granada, en su  detallado y extraordinario prólogo de esta obra literaria. La poesía para el poeta “es una verdadera fe, un impulso que lo hace mejor persona, mejor hombre, mejor ciudadano.” La toma como un elemento capaz de cambiar el mundo, como una verdad, ya que nos habla de la verdad del ser humano, de su sentir que no es ni más ni menos que un sentir humano que nos iguala y humaniza, o debería hacerlo. El poema para él sería ese un lugar en el que es posible revivir cosas, tomar dimensiones, habla de la  inmortalidad en “el fragmento del misterio poético” un lugar también en donde queda plasmada, la  generosidad de la poesía, al dar algo de ti mismo en ella, el poeta se desprende  de lo más íntimo para ofrecerlo sin pedir nada a cambio, una generosidad a la que apela como una necesidad en el ser humano para construirse.

  El poemario comienza con la búsqueda del origen produciéndose el encuentro con la palabra, con la poesía y con uno mismo, como muy acertadamente señala el novelista y letraherido, Fernando Mesquida y a medida que avanza, en cada paso, en cada verso hay un encuentro, con lo humano, con lo grandioso de este y con lo decepcionante, aparece el error como certeza y la duda en cuanto a si se podría haber hecho otra cosa, lo perdido tomando fuerza con el paso de los años, demostrando que no hay olvido. Aparece el amor como salvación o destrucción, y la muerte en ese punto en el que ambos confluyen; el del no retorno.

  Pero a donde uno no será capaz de dejar de retornar es a este poemario que  despierta peguntas, que invita a la reflexión, donde

cohabitan el pensamiento y  la razón queriendo ser poesía y lo son, que encuentra un ser poético creador “por donde fluye la energía creadora, la intuición…la conexión.”

 

 

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