El vuelo de Coqui Di Raddo
Desde Resistencia al mundo.
Por COQUI DI RADDO
(Escritor, profesor de enchamigadas, propietario del mítico bar restó "La vaca atada")

"Cuando cruce los tres cuartos de siglo, sin previo aviso, me encendieron las balisas de la pista de aterrizaje.
“Mi otro yo del Dr. Merengue“ (Divito), que siempre reacciona al toque, me dijo… Sucu que vamos a bajar!!! Metele para la oscuridad, que esta luz mata.
El tema es que en estos últimos tiempos me caché una especie de viejera y tristalgia, que está envirulando mi “caja negra”.
Mis noches se hicieron más largas, y mis sueños, son sueños que ni en sueños, se pueden soñar. Noble tierra o fuego infernal.
Recuerdo que en una oportunidad, le pregunté sutilmente a mi azafata personal, ¿qué opinas sobre la muerte y el entierro?, me contestó aterrada… Ni loca bajo la tierra!!! De solo pensarlo, me asfixio. Me imagino el escándalo si le hablaba de crematorio, seguro se me muere de un ataque antes de morirse.
Tal vez, mis pesares se deban al incremento de mis viejos dolores, sumado a los nuevos que van apareciendo, no creo.
Tal vez me afectó el proceder de la cajera del super, que sacando el cogote, me gritó: “¡Señor, pase usted adelante, que tiene prioridad!!”. El cartelito mostraba un anciano con bastón, una silla de ruedas y una mujer embarazada. El guacho de mi Fulgencio, tocándome la panza, me susurró: “Tranqui… creerá que estás embarazado”. Los que estaban delante mío, sonreían bonachonamente. No creo que tampoco sea por esto.
Será que al cruzar distraídamente la calle a mitad de cuadra, frenaron autos, bicis, motos, dándome paso amablemente. Hasta hace muy poco, si no saltaba como una langosta, me pisaban los talones. Pensé… Beneficios de las desventajas. No, tampoco es esto."
"Busco nuevos motivos de mi noble mal carácter, falta de paciencia, arranques explosivos. Recordé entonces que hace poco tiempo, volví a mi amada Angelville, buscando una lamida a mi alma. Caminé por la vereda del bar internacional de Anita y Juan Trubba. No tenía más el aire, ese penetrante y exquisito aroma a café colombiano, no se escuchaban los gritos de los truqueros, ni las palmas y aplausos, vivando a “Bobina” que trepado sobre una mesa de billar, bailaba “Zorba el Griego”, con tanta destreza, que el mismísimo Anthony Quinn, lo hubiera envidiado. Solo cortinas metálicas cerradas de gris perla.
Seguí hasta la esquina del Cine Cervantes, donde en el kiosco de la entrada, Patri, la hermana de Carancho, tejía los amoríos, y solo nos enterábamos que terminó la película del familiar, cuando encendían las luces de la sala… Más cortinas grises.
Cruce la calle, como yendo para el viejo Correo, y en la ochava de enfrente, me pareció verlo a Lolo, ese turco tan querido en Villa Angela, que me decía “Me enteré que vas a casarte, fijate lo que necesitas de mi negocio (atrás de él brillaban heladeras, cocinas, lavarropas), lleva lo que te falte, se que apenas puedas, me vas a pagar, mi mejor garantía, es la portación de tu apellido”.
Creo que comenzó a lloviznar. Habían pasado más de cincuenta años de esta charla.
A mitad de cuadra, el amado Arai, enfrente, el Buho y el Cristal, las tres confiterías. Los sábados se cortaba la cuadra, y se bailaba en la calle entre mesas y sillas. En un improvisado escenario, Fancho Encinas, guitarra y segunda voz, el paraguayo Baez en bajo, Huguito Davidovich en batería y yo, algo de armónica y primera voz, destrozábamos a The Beatles, a Los Teen Tops, Fancho cantando en inglés “Hay una especie de silencio”, yo “Il Mondo” o “Aline”.
Cada vez llueve más fuerte. Crucé en dirección a la plaza, subí a la glorieta cubierta de Santa Ritas, donde tantas veces la banda municipal llenaba de música y flores toda la manzana.
Mirando la fachada de mi querido Colegio Nacional, recordé a Charles Chaplin, “Me gusta caminar bajo la lluvia, porque nadie puede ver mis lágrimas”.
Regresé a Resistencia, pensando en el imbécil que dijo “Los verdaderos amigos se pueden contar con los dedos de una sola mano”, suerte que no vio mi derecha, si no, hubiese marchitado sin un mísero amigo.
Fui a tomar un café al barcito de siempre. Ni el mismo nombre, ni el mismo dueño, ni el mismo mozo. Mientras borro de mis contactos, hermanos y amigos, siento que se alisan las señas digitales de mi índice izquierdo. Mandé a papelera un reciente WhatsApp que decía “No creo que Pardal pase de esta noche”. Como decía mi profe Enriquez “Ahora no llueve, catáratea chamigo”.
Escucho por encima de mi cabeza a Fulgencio, ya no tan irónico, “¡Afloja, carajo!!, no creí que arrugarías ante el primer cumulus ninbus. Cada minuto de aquí en adelante es hermoso, sublime y aún quedan amigos, risas, amores y abrazos para empacharse.
Cuando no quede más una gota de gasolina y se clave la hélice, nuestro último sapukay, va a ser ¡¡¡Gracias vida por todo lo que me diste!!!!
De fondo, suena “La balada del diablo y la muerte”.