Historias Mínimas

¡Al diablo con ese cura! El párroco de Olavarría que asesinó a su esposa y su hija

domingo, 1 de diciembre de 2024 · 02:46

Por Luis Hernán López
Escritor y periodista

 

Pedro Nolasco Castro Rodríguez fue un cura de origen español que nació en 1844 en la región de Galicia, en la provincia de La Coruña, pero fue criado en Santiago de Compostela. De familia extremadamente católica, el niño fue bautizado a los pocos días de su nacimiento y las primeras letras las aprendió en las escuelas católicas.

No se sabe a ciencia cierta si concurría al seminario para estudiar o a saciar la hambruna que castigaba a los habitantes de la región por aquellos años. Lo cierto es que a poco de hacer su primera comunión y confirmar su fe en el catolicismo se recibió de cura siendo muy joven.

Desilusionado de los líderes católicos, abandonó la religión para sumarse como pastor de la Iglesia Anglicana. Tras intentar asesinar a su líder en Uruguay, se refugió en Buenos Aires donde fue perdonado por el obispo, quien le volvió a entregar los sacramentos, sin saber que meses antes Pedro Nolasco Castro Rodríguez se había casado y a los años con esa mujer iba a tener su única hija.

En adelante, nada hizo suponer ni nadie pudo percibir aquellos destellos de locura que lo acompañaron hasta que su vida se convirtiera en una película terrorífica, escribiendo en la pulcritud inmaculada de la sotana que lo cubría a diario uno de los capítulos más sanguinarios y repugnantes por la crueldad del acto y la frialdad para ejecutarlo.

Sospechando que el cura tenía una amante, su esposa amenazó con desenmascararlo ante las autoridades esclesiásticas, pero el representante del mismo satán en esta tierra ejecutó un torpe plan hasta deshacerse de su esposa y su pequeña hija de 8 años.

Ocurrió en Olavarría, la noche del 5 de junio de 1888, hace 136 años.

La tragedia cometida por un ambicioso párroco aún enluta a la iglesia de Olavarría, que carga consigo la triste y cruel historia de su primer párroco.

 

Un hombre ambivalente en un mundo conservador

 

Nadie puede dudar que el catolicismo ha marcado generaciones de hombres en un mundo que ha ido evolucionado permanentemente, menos los acerados preceptos de una iglesia que ha retrocedido con el correr de los siglos.

En una porción importante de Europa y en gran parte de la América colombina que había borrado las culturas nativas, cada familia encumbrada tenía en seminarios y conventos hijos e hijas dispuestas a entregar su vida al sacrificio de los más necesitados, tal como lo había hecho Jesús sobre esta tierra.

Este fue el caso de Pedro Nolasco Castro Rodríguez, que antes de ser un femicida y un filicida, se ordenó como sacerdote. Al menos eso esgrimieron sus certificados eclesiásticos cuando se embarcó al Nuevo Mundo, al otro lado del Atlántico. El cura consagrado, vino a América atraído por los relatos que destacaban que en esta parte del mundo no tan sólo nada podía faltarle, sino que además podía dejar atrás todas sus carencias materiales.

En su paso por la curia de la Madre Patria ya había tenido algunas diferencias con la plana mayor eclesiástica, por lo que su viaje al nuevo continente no fue una traba para los altos mandos católicos, quienes vieron como un alivio la partida de este cura rebelde de ideas pocas pero molestas.

 

Uruguay y Argentina en el horizonte

 

En un barco repleto de soñadores y saqueadores, Pedro Nolasco Castro Rodríguez desembarcó en Uruguay como sacerdote.

Los aires americanos tampoco cambiaron su rebeldía y no tardó en bucear en alguna alternativa que en este caso se la ofreció el pastor de la Iglesia Anglicana, Mr. Thompson.

Para el Siervo de Dios, lo importante no era de qué lado del río se predicaba y se salvaban almas; sino cómo continuar con la prédica desde una óptica mucho más evolucionada y que contara con algunos preceptos mucho más liberales, que le permitieran entre otras cosas saciar su sed de hombre de carne y hueso.

Así como desembarcó en América, desembarcó en la Iglesia Anglicana, liderada por Mr. Thompson.

Castro Rodríguez se liberó de la pesada sotana que lo inhibía, renunció al sacerdocio y al catolicismo, se adhirió al anglicanismo, una de las formas del protestantismo que en la Europa del siglo XVI había movilizado y segregado la religión cristiana.

Más tarde se conocería que Mr. Thompson se deslumbró por su fuerte personalidad a la vez que lo describió como un hombre “simpático, culto, de buen trato”.

Ambos rebeldes del catolicismo no tardaron en hacerse grandes amigos, sin que el hombre de apellido inglés jamás sospechara que el español buscaba en estas tierras el mismo pecado que los antepasados de ambos: “prosperidad, estabilidad y riquezas sin importar caminos ni  atajos”. 

 

Argentina tierra de puertas abiertas y negocios fáciles

 

Obnubilado con su nuevo amigo, Mr. Thompson pensó que Uruguay era muy pequeño para una mente tan abierta y decidió traer a Argentina a Castro Rodríguez, con el objeto de presentarlo ante el Dr. Real, un cura converso que batallaba a diario con el más encumbrado obispado porteño para arrebatarle fieles a un catolicismo muy consolidado.

Real también era español y ex sacerdote como Castro Rodríguez, aunque valenciano y doctor en teología.

En esta parte de la historia los caminos de bifurcan entre aquellos autores que aseguran que Castro Rodríguez se alejó de las cementadas exigencias del anglicano y aquellos que señalan que fue su primer asesinato.

Lo cierto es que documentos de la época indican que Castro Rodríguez envenenó a Real con bicloruro de mercurio o intentó envenenarlo y matarlo. Los relatos coinciden en el desenlace: Castro Rodríguez no fue denunciado ni investigado, pero sí debió alejarse -expulsado u obligado- de la iglesia anglicana.

 

Sin religión, sin rumbo… sin celibato

 

Luego de muchos años enclaustrado en una vida de silencio y de autocastigo Castro Rodríguez volvió a ser en Buenos Aires un hombre libre y sediento de dinero.

Su lúcida juventud no tardó en conquistar miradas femeninas, aunque su falta de práctica en un tema que sabía espinoso, lo hizo claudicar ante algunos ensayos con mujeres bellas. No tardó en frustrarse, pero tampoco se resignó a los intentos.

Muy pronto Rufina Padín y Chiclano, hija de un encumbrado jefe militar le acorraló el corazón y sació su sed masculina.

Por esos años Buenos Aires estaba acorralada por la “Fiebre Amarilla” (enfermedad transmitida por el mosquito Aedes aegypti). Estas epidemias tuvieron lugar en los años 1852, 1858, 1870 y 1871.? La suscitada en este último año fue un desastre que mató aproximadamente al 8 % de los porteños. Hubo días en los que murieron más de 500 personas? y se pudo contabilizar un total aproximado de 14.000 muertos por esa causa.

Rufina Padín y Chiclano había cuidado por meses a su madre, que claudicó ante la alta mortalidad de fiebre amarilla.

Aprovechando sus dotes de consejero, Castro Rodríguez brindó consuelo a la joven mujer y también sirvió de sostén anímico. Finalmente, un 10 de noviembre de 1873 y dos años después de haberse conocido, se casaron en la Iglesia Episcopal Metodista.

Durante los trámites el ex amigo y guía dentro de los Metodistas Mr. Thompson, se negó a entregar los sacramentos sosteniendo que el español sólo quería montar una fachada detrás del matrimonio, que finalmente consiguió.

 

Época de vacas flacas y reflexiones

 

La luna de miel entre los enamorados no iba a durar mucho tiempo, ya que la economía familiar comenzaba a apretar el cinturón y la falta de alimentos para poner en la olla era cada día más frecuente. Castro Rodríguez trabajó en  varios lugares, sin embargo, nunca estuvo acostumbrado a hacerlo con su físico, por lo que las tareas manuales eran un verdadero sufrimiento.

Por su lado, la aristocrática esposa, extraída de un círculo social donde las necesidades no era justamente lo habitual, debió resignar su posición y su orgullo para ponerse a trabajar como sirvienta en casa de gente adinerada que conocía y muy bien. La mujer sólo tenía dos caminos, o trabajaba o se moría de hambre. 

En su libro “Buenos Aires Misteriosa”, el periodista Diego Zigotto coloca al matrimonio fundando una escuela en La Boca, principal acceso de la migración al país.

 

 

Por ese entonces la cultura popular no veía a la educación como una puerta de salida hacia un mundo mejor y el hombre rural hacía trabajar a sus hijos a la par como una manera rudimentaria de educación y supervivencia.

El noble emprendimiento claudicó ante la falta de alumnos que abonaran su cuota, por lo que el fresco matrimonio de bolsillos flacos mudó sus esperanzas al pueblo de Ranchos.

Castro Rodríguez fue rehén desde muy niño de las urgencias económicas y de las carencias materiales, por lo que la idea fija de poseer bienes era casi una obsesión.

Ranchos tampoco era “La América” que soñó y le contaron y la pobreza volvió una vez más a golpearle la puerta.

 

Un ruego, una mentira, un objetivo

 

Cuando fue expulsado de la Iglesia Anglicana, Pedro Nolasco Castro Rodríguez había experimentado una liberación única y por primera vez en mucho tiempo caminaba por las calles sintiéndose un hombre que acaba de ser liberado tras décadas de estar preso. Fue en ese momento que se prometió no volver a tener nada que ver con la religión ni con los claustros, ni con sermones espurios, ni mucho menos con el cumplimiento estricto de reglas eclesiásticas que odiaba desde muy niño.

Sin embargo, había experimentado que su cuerpo no era lo suficiente fuerte para tareas rurales y si había algo exigente en esa época era justamente eso: “o trabajabas o te morías de hambre”.

Viendo a su amada rebajarse a una escala impensada como hacer trabajos domésticos para poder comer, Pedro Nolasco Castro Rodríguez tomó una determinación que le iba a cambiar la vida para siempre: “le solicitó al cura párroco de Nuestra Señora de La Merced, Mariano Antonio Espinosa, ser readmitido en la Iglesia Católica”.

Las súplicas del pobre infeliz, famélico, calaron el corazón del monarca católico que decidió admitirlo, luego de rogar de rodillas perdón por aquellas faltas graves. Sin embargo, en sus relatos, Castro Rodríguez jamás dijo que era un hombre casado y menos que su idea era mantener a Rufina a su lado.

Su vuelta a la institución católica tuvo su primer paso: “El arzobispo lo envió a la Casa de Ejercicios Espirituales para lavar sus pecados. Finalmente, terminó rehabilitándolo como sacerdote católico”.

Corría el año 1877 y ya con su alma purificada, Pedro Nolasco Castro Rodríguez volvía a dar misa y fue enviado como teniente cura al pueblo de Azul. En ese tiempo no tuvo el mínimo arrepentimiento de ocultar su matrimonio y los primeros meses viajaba sólo para atender los quehaceres de la parroquia, pero tiempo después y con toda la discreción que le demandaba, instaló a su esposa en una vivienda cercana.

El 24 de julio de 1878 el cura y Rufina Padín y Chiclano, tuvieron a su hija que bautizaron como María Petrona.

Su vida ya no era de miseria y apuros económicos, más bien había ingresado en un canal mucho más acorde a sus expectativas y no estaba dispuesto a sacrificar su cargo ni su bienestar. Obligó a su esposa y su hija regresar a Buenos Aires con la promesa de visitarlas asiduamente y girarles dinero.

El buen desempeño que el hombre tenía con sus fieles y la correcta administración de la parroquia de Azul, terminó siendo el trampolín para que en 1880, el monseñor León Federico Aneiros, lo ascendiera nombrándolo párroco de la iglesia de Olavarría. Su primer bautismo se celebró once días después.

El edificio aún se mantiene en pie, donde hoy se levanta el Teatro Municipal.

Castro Rodríguez se convirtió en el primer cura párroco de Olavarría.

El autor del libro “Crímenes, leyendas y fantasmas de Buenos Aires” hace la siguiente descripción de su llegada a Olavarría: “Se instaló junto a la iglesia San José, frente a la plaza principal, en una casita sencilla, con techos de madera y zinc. Según cuentan, el hombre era muy estimado por los feligreses por su carácter jovial, su cultura y sus modales. Por entonces, muchos habitantes de las estancias cercanas a la ciudad paraban a almorzar en la casa del cura, o incluso, si a alguien le sorprendía la noche, sabía que podía contar allí con un lugar donde dormir”.

Todos tenían ese privilegio menos su esposa y su hija, que tan sólo viajaban al lugar para hacerle visitas discretas o él lo hacía hacia Buenos Aires.

La distancia entre los esposos ya no tan sólo era física, sino además era fría, por lo que la mujer guiada por su instinto natural, comenzó a sospechar que “el cura” tenía otra mujer.

Su hija ya contaba con 8 años, cuando decidió tomar un tren rumbo a Olavarría y llegar de sorpresa.

Su hija crecía y su mujer demandaba más atención. Las visitas eran esporádicas y conflictivas.

 

Un día fatídico en una vida marcada por la mentira

 

Era un día gélido ese 5 de junio de 1888, cuando Rufina y su hija arribaron a Constitución para embarcarse rumbo a Olavarría. Ambas estaban completamente abrigadas.

Rufina, siempre respetó las decisiones de su esposo, pero ella tenía en claro que nunca estuvo en su mente desarmar la familia y menos aún solicitar el divorcio para armar una nueva.

Los preceptos religiosos de la mujer, en una época donde cualquier detalle la condenaba, la llevó a vender la casa heredada de sus padres y depositar el dinero en la cuenta de Pedro en la sucursal de Azul del Banco Provincia. Su proyecto era comprar una casa en el pueblo, instalarse y rearmar la familia.

Sin embargo, no era el proyecto del sacerdote que intentaba por todos los medios deshacerse de ella.

Pedro Nolasco Castro Rodríguez no quería complicaciones en su vida eclesiástica y llevó a su esposa y su hija a la casa donde vivía. Allí fue visto por el monaguillo que lo asistía, pero para él nada fue raro ya que estaba acostumbrado a ver parroquianos entrar y salir de su vivienda y en muchos casos pernoctar.

Sin tantos preámbulos ni disimulos, el matrimonio comenzó a discutir acaloradamente ya que era muy difícil para el cura hacerle entender que era imposible que retomaran la vida matrimonial, al menos en Olavarría, donde confesaba, casaba, bautizaba y daba la misa diaria.

En la cena, las cosas tampoco se calmaron y Castro Rodríguez llevó adelante el voto de silencio hasta que su mujer se calmó y junto a su hija se fue a dormir.

Cuando creyó a la mujer dormida, comenzó a ejecutar un plan que seguramente estaba diseñado de antemano: “se escapó hacia la “Farmacia del Siglo” de Ventura Esteves, donde en un descuido de los empleados robó un frasco de sulfato de atropina. Cuando volvió a su casa, Rufina se despertó y lo acusó de haber tenido una cita romántica. Su esposo se lo negó y le argumentó que había ido a comprarle un calmante a la farmacia. Se lo enseñó y se lo suministró a través de una rodaja de pan.

 

 

Uno de los pecados capitales: no matarás

 

El siervo de la fe cristiana nunca se imaginó que su improvisado plan podía tener algunas complicaciones que a la postre lo terminarían por sentenciar.

Luego que la infeliz mujer comiera el pan untado con el letal veneno, convulsionó, se llevó las manos al cuello y sintiéndose morir, comenzó a dar gritos desgarradores que podían ser oídos desde cualquier lugar en una madrugada serena y silenciosa.

Los gritos se transformaron en alaridos ahogados por el intento de vomitar aquella pócima letal. El cura, desesperado de que su plan sea descubierto, se dirigió a uno de los cuartos de servicio donde había algunas herramientas y tras tomar un martillo comenzó a dar alocados golpes en la cabeza de la mujer, que ante el primer impacto claudicó en su intento de pedir ayuda.

Ese hombre, que había cruzado los mares en busca de prosperidad y que había ensayado algunas maniobras para desafiar a su destino y lograr una posición económica más saludable, acababa de sumar a su legajo espiritual una de las más tremendas faltas: ser un asesino.

Pedro Nolasco Castro Rodríguez tenía puesta la sotana y llevaba el martillo ensangrentado en su mano derecha, cuando afiebrado por la dantesca escena, hizo dos pasos para atrás para intentar entender ese momento. El hombre jadeaba, cuando escuchó un ruido, miró asustado hacia todos lados, recordó que su hija María Petrona, estaba en la habitación contigua. Entró y la vió parada al costado de su cama llorando; la abrazó le dijo que se tranquilizara que todo era solo una confusión y que le daría algo para que se calmara.

No recordó dónde había dejado el frasco que minutos antes le había robado al farmacéutico; lo encontró e inmediatamente obligó a beberlo a la fiel e indefensa niña, que a los pocos minutos convulsionó para más tarde ser rematada de un certero martillazo.

El frasco de sulfato de atropina quedó tirado en el piso como ambas mujeres, que había pasado a un mejor plano. Por primera vez después de tanto tiempo sintió el miedo que los cobardes llevan consigo y arrastró a ambas hacia un lugar más seguro de la casa parroquial.

 

Una madrugada eterna para un plan casi perfecto

 

El resto de esa madrugada gélida, Pedro Nolasco Castro Rodríguez no pegó un ojo. Tomó alguna botella de grapa y de vino de misa y bebió del frasco. Intentaba que los nervios no le nublaran sus pensamientos para poder llevar adelante la otra etapa del plan, pero sin tantas torpezas como la anterior. Pensó y pensó.

El sol tardío intentaba lidiar con la cruda helada cuando el cura se dirigió a la municipalidad, donde solicitó permiso de inhumación. Nadie podía desconfiar de la investidura del sacerdote del pueblo. Presentó documentación adulterada que informaba la llegada del cadáver de una tal Indalecia Burgos y que debían hacerle un certificado de defunción porque en donde había muerto no había médicos. Y al carpintero le ordenó con urgencia la construcción de un féretro grande porque el cadáver era el de una mujer obesa, que ya venía hinchado por la putrefacción.

“A la noche llevó el cajón a la iglesia y luego se dirigió a su casa a buscar los cuerpos -narró Zigotto-. No tuvo fuerzas para cargar el de Rufina, por lo que fue necesario arrastrarlo hasta el templo. Se dio cuenta de que la sangre seguía manando de las heridas en el cráneo de su mujer. Envolvió entonces la cabeza con una toalla, pero notó que la sangre rápidamente manchaba el género y dejaba un reguero en el piso. Más tarde volvió por el cuerpo de su hija”.

El voluminoso cajón no fue suficiente para el tamaño de su mujer y de la niña, por lo que el párroco en el mismo escenario brindaba misa cada día, presionó los cuerpos hasta que finalmente pudo sellar la tapa. Nunca tampoco advirtió, que la presión hizo sangrar aún más la cabeza de Rufina Padín y Chiclano.

 A la mañana siguiente, el servicio fúnebre que llegó a la iglesia también notó que el féretro chorreaba sangre. Pero Castro Rodríguez se mantuvo inerte en su montaje y argumentó una razón suficientemente sólida para que nadie sospechara. Luego acompañó el entierro para cerciorarse de que su macabra faena se haya cumplido con éxito. En el templo debía borrar las huellas del doble asesinato: limpió los pisos, las gotas, el reguero de sangre y se deshizo de todo elemento que lo comprometiera. Lo único que no reparó el sacerdote fue en la integridad del sacristán de la parroquia, Don Ernesto Perín.

En una época donde no se preguntaba nada, el asistente del sacerdote había visto en más de una oportunidad a las mujeres en la casa del párroco. También le pareció sospechoso el proceso de inhumación.

La torpeza de Castro Rodríguez le hizo dejar evidencia por todos lados. Todas y cada una de ellas fueron advertidas por Perín, que sin dudarlo encaró al cura: “¿Qué son esas manchas de sangre? ¿Dónde están las mujeres que estaban acá?”

Las preguntas desorientaron el alma perturbada del cura que lejos de improvisar una respuesta coherente, lanzó una letal amenaza. El silencio primero y la reconciliación después, fueron parte de lo que seguiría por dos meses. Para el cura todo parecía haberse transformado en un plan perfecto.

 

La confesión

 

Ernesto Perín conocía los mandamientos religiosos tanto como el propio cura. Su trayectoria social y su lealtad hacia la fe que profesaba, se veían perturbadas por aquel secreto que ya no lo dejaba orar con la misma fe que siempre lo hizo.

No se animó a recurrir a las autoridades locales por temor a que no le creyeran o que el cura aprovechara las relaciones con aquellos que confesaba con frecuencia.

Habían pasado dos meses del hecho, cuando Perín viajó a La Plata para denunciar el caso ante el comisario Carlos Costa, a cargo de la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

En el libro Crímenes sorprendentes de la historia argentina, su autor Ricardo Canaletti cuenta en el capítulo “El extraordinario caso del cura asesino” el diálogo que tuvo el sacristán con el comisario: “Vine a verlo personalmente porque estoy en conocimiento de un hecho de una gravedad inusitada, y como advierto que en Olavarría, pues es allí donde ha ocurrido, nadie hace nada y ya pronto se cumplirán dos meses de estos terribles hechos, me decidí a relatarle a usted personalmente lo sucedido. Señor Costa, yo soy un simple sacristán. Este… lo que vengo a decirle es que el cura párroco de Olavarría, Pedro Castro Rodríguez, envenenó a su mujer y a su hija de diez años en la propia iglesia”.

Costa le creyó y diagramó una visita al pueblo junto al médico Marcelino Aravena, el comisario inspector Adolfo Massot y un grupo de agentes de policía. “Al llegar a la estación de Azul, llamó telegráficamente al comisario del pueblo donde habían acontecido los crímenes y le ordenó la inmediata detención de Castro Rodríguez. Cuando recibieron la noticia, los policías olavarrienses no podían dejar de mirarse sorprendidos... ¿Tenían que detener a Castro Rodríguez? ¿Había matado a su esposa y a su hija? ¿Pedro Nolasco Castro Rodríguez? La noticia corrió como reguero de pólvora. ¡Nadie podía creerlo!

El sacerdote lo negó. Hasta que el comisario lo acorraló: el 29 de julio decidió proceder a la exhumación del cadáver de la supuesta Indalecia Burgos. La maniobra destruyó la coartada del asesino, que confesó entre lágrimas el crimen de su esposa y su hija. Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, llevaron al detenido hacia La Plata en tren. Le quitaron el hábito y lo vistieron como una persona de campo, con sombrero y poncho. Cuando el ferrocarril paró en la estación de Azul, Pedro Nolasco Castro Rodríguez fue blanco de insultos y escupitajos. El cura asesino que había corrompido el celibato desató la furia de vecinos y fieles.

Más tarde, algunos amigos del poder evitaron que fuera ejecutado, y fue sentenciado a prisión perpetua. Murió en la celda trece en el Penal de Sierra Chica la mañana del 27 de enero de 1896. Tiempo después, el doctor Juan Basílides de Peñalba y Aranda, gobernador de Salta, pidió exhumar su cuerpo y extraer su cráneo para ser estudiado. En esos momentos se creía que en la cabeza podía descubrir el gen de la maldad.

 

 

Fuentes

Ricardo Canaletti

TN.COM

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