Uno de los grandes diálogos argentinos

Por Roberto López

Por Roberto López

 

—¿Le ayudo a cruzar?

—Sí, por favor.

—Usted es Borges, ¿no?

—Sí, momentáneamente.

—¿Sabe? Yo soy peronista.

—No se preocupe. Como puede apreciar, supongo, yo también soy ciego.

—Tranquilo, maestro, no pensaba dejarlo en el medio de la calle. Además, muchos peronistas como yo adoran su escritura.

—¿En serio?

—Usted escondió sus dos primeros libros de poemas que exaltaban el nacionalismo (Fervor de Buenos Aires y Cuaderno San Martín) a pedido de Victoria Ocampo y demases gorilas del grupo Florida.

—¿Cómo lo supo?

—Porque, como usted dijo, no soy ni bueno ni malo, soy incorregible, como todos los peronistas. Y me gusta la Historia completa. No sólo la de Mitre.

—¿Como a Marechal?

—Más o menos.

—Era bueno Marechal. Se lo dije.

—Lo sé, maestro. Usted no es tonto. Por eso me gusta.

—¿De veras?

—Claro que sí.

—Llegamos, Borges ¿Puede seguir solo?

—Claro. Siempre estoy solo, incluso cuando estoy feliz.

—Hágase peronista, entonces. Es feo ser feliz en soledad. Me lo dijo Leonardo Favio. ¿Lo conoce?

 

 

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