San Martín

Un 17 de agosto en Boulogne sur Mer

por Mariano Saravia, magister en Relaciones Internacionales.
domingo, 17 de agosto de 2025 · 09:44

El viernes pasado fue feriado en la Argentina, pero habría que ver quién lo resignificó, o qué acto escolar dimensionó lo que significa para alguien morir en el exilio. Cuando fue expulsado de las Provincias Unidas del Río de La Plata él se fue con la esperanza de volver pronto, pero las vicisitudes políticas se lo impidieron, y ese hombre exiliado no pudo pisar nunca más su tierra. En 10 años había liberado tres países (entre 1812 y 1822 a la Argentina, Chile y el Perú), pero le quedarían 26 años de exilio.

Boulogne Sur Mer era, a mediados del siglo XIX, el puerto principal para conectar con Inglaterra, y al mismo tiempo la playa más importante de la zona del Canal de la Mancha. Por ese motivo, tenía comunicación ferroviaria con París, adonde vivía San Martín con su hija Mercedes, que para entonces ya se había casado y le había dado dos nietas.

Por eso, cuando estalló la Revolución de 1848 que destituyó al rey Luis Felipe e instauró la Segunda República Francesa, él pensó en poner a salvo a su familia en esta ciudad. Si con el tiempo todo se calmaba, volverían a París, y si la violencia aumentaba, cruzarían a Inglaterra. Pero no sucedió ni una cosa, ni la otra. Por eso alquilaron una casa en la Grand Rue 113, propiedad de un tal Alphonse Gerard, abogado y encargado de la biblioteca municipal.

Ya había llegado con algunos problemas de salud y cataratas en los ojos. Con el tiempo, se fue agravando su estado general y quedó prácticamente ciego. Los primeros días de agosto estuvo enfermo, pero ese 17 se levantó un poco mejor y pidió levantarse para da unos pasos. Después del mediodía se volvió a sentir mal y lo llevaron al dormitorio de su hija, donde finalmente murió. Como era tradición, el reloj quedó detenido a la hora de su muerte. Eran las tres de la tarde.

El país estaba en pleno proceso de organización nacional, bajo el proyecto de los mismo que lo habían mandado al exilio, y por eso, una nueva ingratitud fue que su cuerpo tuviera que deambular por sepulturas extrañas. Recién en 1880 (¡30 años más tarde!) sus restos fueron repatriados.

Luego se levantó un monumento ecuestre en la costanera de Boulogne Sur Mer, cerca de la playa. Pasó el tiempo, y durante la Segunda Guerra Mundial, Francia fue ocupada rápidamente por los nazis. La Normandía tenía un valor estratégico especial para Hitler, que desde aquí planeaba invadir Inglaterra. En Boulogne Sur Mer había una base de submarinos alemanes, y por eso fue blanco de los bombardeos aliados. Pero sucedió algo increíble, y es que aquí no quedó ladrillos sobre ladrillo, todo fue destruido, salvo… el monumento de San Martín.

Hoy se pueden ver unos pocos agujeros producidos por las esquirlas en la base de cemento y en las esculturas de bronce, pero el monumento sigue intacto. La gente del lugar comenzó a hablar de un milagro y a considerar a San Martín como un protector, que hizo que se salvara lo poco que pudo salvarse de esta ciudad mártir.

Me quedo mirando este atardecer sobre el Canal de La Mancha, por detrás del monumento, y pienso en este hombre que liberó tres países, y que entendió que esa libertad que estaba conquistando nunca sería una libertad individual sino colectiva, una libertad acompañada de igualdad, de justicia social. Algo que chocaba con el proyecto de quienes embanderaban como única libertad la de mercado y por eso lo persiguieron implacablemente. Por eso hablamos de San Martín el exiliado, el que pagó el alto precio de vivir, pero también de morir lejos de su Patria. Por eso, esta ruta no es solo una ruta geográfica, sino también histórica, política, emotiva, y sobre todo, humana.

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