La ruta de San Martín
París, un exilio más largo, pero más relajado
por Mariano Saravia, Magister en Relaciones Internacionales.En esta Ruta del Exilio de San Martín, llegamos a nuestra última estación: París. Es el lugar donde don José Francisco (Pepe «Pancho», como le decían los más cercanos) pasó más tiempo de su exilio: 18 años. Pero también es donde vivió un poco más relajado, porque había mejorado su situación económica.
Lo primero que hay que decir es que, hacia fines de 1830, él puede finalmente dejar Bruselas e instalarse en París. Por dos motivos que en realidad son parte de un mismo fenómeno: la revolución liberal que se inicia en Francia y se extiende por gran parte de Europa. En Bruselas estalla el 25 de agosto de ese año, y va a terminar con la independencia de Bélgica, hasta ese momento parte del Reino de Países Bajos (Holanda). Pero un mes antes, todo se había iniciado en París, con la llamada Revolución de Julio, de carácter liberal y burguesa, que derrocó al absolutista Carlos X y lo reemplazó por Luis Felipe, conocido como el rey de las barricadas o el rey ciudadano. Recién entonces, ya sin el absolutismo monárquico que lo perseguía, San Martín pudo hacer los 300 kilómetros en diligencia.
En la capital francesa tuvo dos residencias principales, una en un departamento del centro de la ciudad, y otra en las afueras, en lo que hoy es la ciudad de Evry. Pero lo más importante es que por un lado, en Argentina ya gobierna Juan Manuel de Rosas, quien lo reivindica y empieza a pagarle los dineros adeudados. Por otro lado, se reencuentra con un antiguo camarada de armas del Ejército Español, Alejandro Aguado, convertido en un rico financista y en un hombre con muchas influencias políticas y culturales. Aguado no solo le presta plata y lo asesora en cómo invertir, sino que, además, lo introduce en la sociedad parisina y lo hace codearse con personajes de la talla del escritor Víctor Hugo y del compositor Giacomo Rossini. En una oportunidad, San Martín le agradece esos gestos y Aguado le responde: «No se confunda, son ellos los que querían conocerlo a usted».
Estando en París, San Martín se entera de que ha caído su gran enemigo: Rivadavia, y cree que es el momento de intentar volver a la Patria para ayudar a Dorrego, nuevo hombre fuerte de la provincia de Buenos Aires. Pero al llegar al Río de La Plata se da con la noticia del golpe de Estado de Lavalle y del fusilamiento de Dorrego. Indignado, no quiere ni siquiera desembarcar y vuelve a Europa.
En otra oportunidad, ante el bloqueo anglo-francés de 1838, él protesta por todos los medios disponibles y hasta se ofrece para ir a pelear si hiciera falta. Las dos principales potencias de la época bloquean (y más tarde invaden) la Argentina, levantando las banderas de la libertad de comercio, y con la complicidad de los liberales. Luego de la Batalla de la Vuelta de Obligado (1845) San Martín va a legar su sable a Rosas, por haber defendido la soberanía con dignidad.
Ya para esos años, San Martín está anciano, con problemas de salud, pero sigue viviendo aquí con su hija Mercedes que ya se ha casado con Mariano Balcarce y le ha dado dos nietas: María Mercedes y Josefa Dominga. En 1848 estalla una nueva revolución, esta vez va a sustituir la monarquía por la Segunda República. Entonces, San Martín decide trasladarse con toda su familia a Boulogne Sur Mer, donde morirá dos años más tarde.
«Es que uno es un exiliado hasta la muerte, no deja nunca de ser un exiliado»; me explica Laura Franchi, cofundadora de la Asamblea de Ciudadanos Argentinos en Francia y exiliada política de la última dictadura. Laura cayó presa en 1974, la separaron de su hija María Laura y parió a su otra hija Silvina en cautiverio. Su compañero Mario Stirnemann estuvo desaparecido hasta que el Equipo Argentino de Antropología Forense encontró su cuerpo en 1994 en una fosa común del cementerio de Lomas de Zamora. Ella fue separada de sus dos hijas, pasó casi siete años deambulando por distintos centros clandestinos y penales, hasta que en 1981 pudo salir y fue expulsada al exilio. «Un día me dijeron que tenía que elegir en ese mismo momento, entre Suecia, Estados Unidos y Francia, y elegí Francia por descarte»; cuenta Laura.
Llegó a esta ciudad maravillosa, que también puede ser muy ajena, fría y hostil. No conocía a nadie y sentía una sensación de desamparo parecida a la que habrá sentido «Pepe Pancho» en aquel lejano 1824. Pasan los años, las décadas, y los siglos, y el exilio es, lamentablemente una constante. Y no sólo el exilio, sino también el negacionismo. Hoy hay argentinos que siguen hablando de un supuesto autoexilio de San Martín, y probablemente son los mismos que siguen hablando de que los exiliados de la dictadura «se dan la gran vida en Europa».
Laura pudo asentarse, aprender el idioma, conseguir vivienda y trabajo, reencontrarse con sus hijas, volver a formar pareja y tener dos hijos más: Camila y Matías. Nunca olvidó, pero no se quedó atada al resentimiento, construyó una familia, una vida, un hogar lejos de la Patria. Pero, como ella dice, no deja de ser una exiliada, 43 años después de que los genocidas la subieron a un avión esposada. Como San Martín, que sigue siendo un exiliado.